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El tesoro de Safi

19:00. Cafetería Bahía. Plaza de la Independencia de Safi

Bebo los últimos sorbos de té con menta, con mucho azúcar y muy caliente, bajo la sombra calurosa de una sombrilla con derecho a jubilarse. Las sillas de esta cafetería, encaradas hacia la plaza, permiten ser espectador de lujo del bullicio de gente, paraditas y coches que cada tarde aparece puntual en las calles alrededor de la antigua medina de Safi. Aquí hay un poco de todo, ropa, zapatos, trastos para casa, utensilios sin utilidad aparente, juguetes, teléfonos…todo aliñado con esa música marroquí que me provoca indicios de epilepsia proveniente de las paraditas de cd’s piratas y con vendedores con micro gritando sus ofertas cada cual más alto.

Mercado de Safi
Mercado de Safi

Unos metros más allá, el tesoro de Safi. Camino el centenar de metros que separan el café Bahía de los acantilados de la ciudad, donde el mar aparece de golpe, inmenso y posesivo, salvaje. Por el camino me encuentro con alguno de mis nuevos amigos, el viejo marinero que cada día quiere venderme trastos cada vez más raros, el alto y seco que me sigue en silencio hasta que, por alguna razón desconocida, decide marcharse sin avisar, el viejo hippie que me invitó a tomar té a su casa para mostrarme las fotos de su viaje a Lanjarón, o cualquiera del grupo que siempre andan por esta zona haciendo algo y caminando hacia algún lado. Algún día les seguiré yo, a ver qué pasa.

Acantilados de Safi
Acantilados de Safi

Busco un lugar donde sentarme cerca del acantilado, donde pueda ver las olas del Atlántico golpear testarudas las paredes inestables de roca. Como más bravo y ruidoso esté, más atracción y respeto me provoca. Unos metros más allá, una fila de pequeños restaurantes mantienen todo el día encendidas unas viejas y eclécticas barbacoas donde cocinar el pescado fresco que llega, puntual, dos veces al día. Y justo detrás, poco antes de la entrada principal de la antigua medina, un castillo construido por los portugueses en el siglo XVI, en pleno proceso de derrumbe por el retroceso imparable del acantilado, como si el mar hubiera decidido borrar de Safi cualquier símbolo de colonización europea.

Puesta de sol en Safi
Puesta de sol en Safi

Un grupo de chicas con hijab negro observan el horizonte en silencio, un par de amigos andan por el paseo cogidos de la mano mirando de reojo a las muchachas, un matrimonio carga dos bolsas llenas de naranjas, ella con burka violeta y él con cara de pocos amigos, el vendedor de palomitas busca clientes con cara de aburrimiento. La vida detiene su velocidad al ocaso en Safi, y se muestra relajada y dulce. El ajetreo de coches, gritos y ruido de la Plaza de la Independencia parece detenerse en seco aquí, agachar la cabeza y sumarse en un respeto silencioso y amable a quien asiste a contemplar una de las puestas de sol más bonitas que recuerdo.

Puesta de sol desde el acantilado de Safi
Puesta de sol desde el acantilado de Safi

El sol desaparece perezoso en el vacío del horizonte. Huele a mar y a sardinas a la brasa. Quizá me anime a comer algunas, o quizá siga mi paseo hasta la medina, o más allá. No tengo prisa. Es aquí y ahora cuando Safi más me gusta.

Ksar Ouled Soltane

Llego a Ksar Ouled Soltane por la tarde, tras un largo día de coche. Me he despertado en Ksar Ghilane, un bonito oasis en el desierto, y tengo la intención de desayunar mañana en Túnez capital. El camino hasta aquí ha sido precioso: la salida del sol entre las dunas de arena fina del desierto, horas solitarias de carretera entre arbustos secos y arena rojiza, de vez en cuando acompañado por camellos que cruzan sin prisas o, incluso, por personas caminando sin un rumbo claro para quien no entiende los secretos del desierto. Matmata, Medenine y Tataouine, ciudades en las que apenas paro para descansar o tomar un te observando el habitual caos tunecino de cualquier ciudad.

De camino a Ksar Ouled Soltane ando preocupado por dos cosas: llegar a tiempo para devolver el coche de alquiler en Gabès antes de las 8 y por una de las ruedas del coche que parece deshinchada. La verdad, no se me ocurre nada peor que pinchar una rueda aquí, entre paisajes sin movimiento ni tiempo para encontrarlo. Y así, distraído pensando en qué hacer si nada sale bien, llego sin darme cuenta a un pequeño grupo de casas blancas que rodean el minarete de una sencilla mezquita. “Aquí debe ser”, pienso, más por la ausencia de otro grupo de casas similares en muchos kilómetros a la redonda que por la impresión de haber llegado a algún sitio importante. A la derecha de la carretera, casi de casualidad, encuentro el Ksar, humilde, sin indicación alguna ni parafernalias turísticas.

Es finales de diciembre y por aquí no hay nadie más que un chico aburrido sentado en una silla de plástico y dos hombres tomando el te en una esquina de la calle, bajo la sombra de un balcón, en silencio. El chico se acerca con dibujos del Ksar pintados con acuarela. Me explica que con lo que gana vendiéndolos se paga los estudios. Lo dice distraído, con cierta desgana, como si ni él mismo se lo creyese.

Ksar Ouled Soltane
Ksar Ouled Soltane

Los Ksar son graneros fortificados bereberes en los que  los diferentes graneros, llamados gorfas, se distribuyen en patios y suelen tener más de un piso. Suelen estar ubicados en emplazamientos defensivos naturales ya que uno de los objetivos era proteger la cosecha de cereal. Bien pensado. Dado el clima del sur de Túnez y las condiciones en las que vivían los bereberes, una buena cosecha bien merecía ser defendida. Cerca de Tataouine hay un buen número de Ksar visitables, algunos reconstruidos y otros sólo sombras de lo que fueron. El Ksar Ouled Soltane es el más bien restaurado y famoso, ya sea por su belleza o por haber sido la residencia de Anakin Skywalker en alguna de las películas de Star Wars.

Ksar Ouled Soltane
Ksar Ouled Soltane

Doy un paseo sin demasiada calma, tomo algunas fotografías, pienso en la rueda y en si pincharé en el camino de regreso. Me siento en una de las escaleras. Maldita rueda. Pasa un rato, doy otro vuelta, tomo alguna fotografía y me vuelvo a sentar. Cae el sol en Tataouine, y aún tengo camino que recorrer. “En Gabès debo devolver el coche y tomar el tren nocturno hasta Túnez. Y antes tengo que revisar esa rueda, claro. Me voy”, pienso. En la entrada, el chico de los dibujos mira al horizonte, sentado en su silla de plástico, dejando pasar el tiempo. Me repite que los vende para pagarse los estudios. Y lo repite distraído, con la misma desgana que antes, creyéndolo un poco menos. Esta vez le compro uno.

Ksar Ouled Soltane croquis
Dibujo del Ksar Ouled Soltane que le compré al chico

De regreso de Tataouine paro, al fin, a revisar la rueda. Está deshinchada pero no hay pinchazo. Ningún problema. A veces uno se obsesiona tanto con algo que hasta le impide disfrutar del camino como éste se merece. Y cuando te das cuenta ya es demasiado tarde, porqué esa rueda nunca estuvo pinchada y el Ksar Ouled Soltane se merecía algo más que un par de paseos nerviosos y algunas fotos impacientes. Y ahora, algunos años después, en mi mente hay más espacio para esa rueda deshinchada que por haber disfrutado de un lugar maravilloso con calma, como se merecía.

Llego a Gabès 15 minutos antes de las 8. La oficina de alquiler de coches está cerrada, aunque un cartel bien grande en la entrada indica que cierran a las 8. Me desespera pensar en perder un día entero en esta ciudad de la que poco me atrae y en la que no tenía ninguna intención de quedarme. En el interior de la oficina todo está oscuro y sin movimiento. Sin tiempo para blasfemias alguien me toca el brazo y me hace señas para que lo siga mientras me sonríe soltando palabras en árabe. Unos metros más allá me invita a entrar a una peluquería. En el interior, con la cabeza cubierta de espuma de afeitar, un sonriente dependiente de la oficina de coches de alquiler me saluda y me pide que me siente a esperar a que le afeiten la cabeza. “Tranquilo, siéntate y espera un momento. El horario dice que  cerramos a las 8, pero eso en Túnez es relativo”.

El Djem

Las tropas del emir Hasan se refugian del implacable sol en las cercanías del monumental coliseo de El Djem. Cansados y aburridos, observan pacientemente los muros impenetrables de tal maravilla, exageradamente alta y sólida respecto cualquier edificio que hayan encontrado desde la lejana Cartago. Piedra y ceniza, olivos y arena. Todo es calma en esta mañana del año 701. Allí donde gladiadores ganaron la vida y la muerte a merced del capricho de unos pocos 200 años atrás, hoy se refugia la princesa bereber Kahena y su pueblo guerrero. Luchan contra la invasión árabe del norte de África, dejan tras de si campos quemados, batallas, muerte y toda esperanza de victoria.

Coliseo El Djem
Coliseo El Djem

Más de 1300 años después, pongo el pie en la estación de louage de El Djem. Polvo y ruido, decenas de furgonetas mal aparcadas y gritos y empujones en cada rincón: el caos habitual de las estaciones de louage tunecinas. Llego a El Djem casi de casualidad, sin grandes esperanzas de encontrar sorpresas, tras unos días agradables en Kairouan. Al norte de la majestuosidad sobrecogedora del desierto y de la esperanza cinéfila de los oasis, cerca de salares y ciudades sagradas, entre campos de olivos y vías de tren se encuentra el municipio de El Djem, parada obligatoria para aquellos amantes de la arquitectura romana, y muy recomendable para los que, como yo, simplificamos o nos obsesionamos de vez en cuando por vivir un paisaje que, aun siendo sobrecogedor, no merece ocultar las demás bellezas del camino.

Coliseo de El Djem
Coliseo de El Djem

La estación de tren está casi desierta, nadie en las oficinas ni en las puertas, solo un par de chavales fumando sentados con los pies en las vías. Diálogo de besugos y comunicación por señas, algunas risas y gesticulaciones nerviosas, las costumbres primitivas que siempre funcionan. La seguridad de los chavales en las vías está más que justificada, no se espera ningún tren hasta dentro de dos días. Aunque en varias ocasiones me han recomendado viajar en tren por Túnez, ya sea por comodidad o velocidad, no hay duda de que la rigidez de los horarios y la poca frecuencia de paso hacen que viajar en louage o autobús sea mucho más recomendable.

Coliseo El Djem
Coliseo El Djem

Todas las calles llevan al coliseo. Así, al menos, parece haber sido diseñada esta ciudad de casas bajas y blancas, calles abarrotadas de mercados y gente por todas partes. No, no es una ciudad bonita en realidad. La calle principal termina en la entrada del coliseo, una pequeña explanada donde un par de camellos pacientes esperan que algún turista le apetezca pagar por una foto. Ni tan siquiera me miran, ni ellos ni los vendedores ambulantes, quizá tan perezosos que ni la esperanza de vender un collar les anima a levantarse de la silla. Quizá ya me haya mimetizado en bereber y esa camisa y zapatos extraños solo sean una frivolidad de quien ha tenido que emigrar a Europa para ganarse la vida, o quizá no se animen a vender a un solo turista a primera hora de la mañana. Ya vendrán los grupos, deben pensar.

Vista panorámica de la arena de El Djem
Vista panorámica de la arena de El Djem

Es 24 de diciembre por la mañana. Los pocos grupos de turistas que llegan al coliseo lo hacen casi 40 minutos después que yo, por lo que tengo tiempo de disfrutar de esta maravilla con el silencio y tranquilidad que se merece. Aunque más pequeño que el de Roma, este coliseo está mucho mejor conservado. Entrar a la arena por una de las puertas laterales y dejar volar la imaginación, soñar que la estructura desaparecida renace y que los 4 niveles de gradas se llenan de gente famélica de sangre y muerte, el griterío y el olor del miedo, los gladiadores, las fieras y las carreras de carros. Sin duda no tiene el pedigrí de otros templos, pero en pocos lugares uno siente tan de cerca el aliento de la historia.

Detalle de El Djem
Detalle de El Djem

La leyenda cuenta que un túnel secreto unía el coliseo con el mar, 30 Km. al este, por lo que los bereberes pudieron sobrevivir los 4 años de asedio pescando en el mar. No está claro cómo terminó la guerra, hay quien dice que la princesa Kahena fue asesinada por su amante, otros dicen que se suicidó con veneno al ver inminente la derrota. La gente de El Djem incluso sostiene que la princesa vivió más de 120 años y que era muy hermosa. Fuera de leyendas bereberes, quien viaje a Túnez buscando vestigios de las Guerras Púnicas y se decepcione con las pocas ruinas de Cartago, es muy recomendable viajar unas horas al sur, donde la arquitectura romana alcanza su mayor resplandor en el continente africano, donde el ruido de espadas y leones aún resuena en las gradas vacías del coliseo, pronto por la mañana, cuando los camellos y los vendedores ambulantes aún descansan, cuando pisar la arena te transporta en el tiempo a una época de sangre y guerras. Quizá, con suerte, incluso se pueda ver a Kahena y sus tropas bereberes siglos después, encerradas en el coliseo casi 4 años, viajando en ese misterioso túnel que los conectaba con el mar, resistiendo frente a las tropas del emir Hasan, en una de las últimas batallas por el control del norte de África.

Vista panorámica de El Djem (autor: Mahmoud Mensi)
Vista panorámica de El Djem (autor: Mahmoud Mensi)

De Marrakech a Essaouira, un viaje revelador

“Hola amigo, hola mujer”. Así nos recibe en Marrakech el hombre que nos acompaña hasta el riad por los callejones oscuros de la medina. “Yo no cobro dinero, solo acompaño” nos decía mientras insistíamos que no era necesario que nos guiara por aquel immenso laberinto en el cual estábamos perdidos desde hacía rato. Y es que quien no se ha perdido alguna vez por una medina marroquina es que no ha estado de verdad. Al llegar al riad, el chico de recepción nos indica que debemos pagar a nuestro amigo 3 euros por los servicios. Y esto es solo un pequeño ejemplo de como funciona todo en Marruecos.

Un hombre muy viejo me observa haciendo fotos, se acerca y me invita a entrar en las atarazanas de Essaouira para mostrarme como construyen los barcos, como cortan la madera y hacen los moldes. Es un espectáculo ver el esqueleto de madera hecho a mano de esos barcos que unos meses después acabarán llenos de pescado como todos los demás. Al acabar la explicación pone la mano esperando unos cuantos Dirhams. Un chico raquítico nos acompaña esperándonos en las esquinas del barrio judío de Marrakech mientras nos invita a pasar por callejuelas estrechas hasta llegar a las calles más anchas y llenas de tiendas. Nos comenta que le gusta hablar en castellano para practicarlo, pero que no quiere nada a cambio por habernos acompañado. Al llegar a su trabajo nos invita a hablar con el vendedor de especies justo enfrente a ver si nos animamos a deshacer alguna de las pirámides perfectas de azafrán, curry o aditivos del cous-cous.

Marruecos es una experiencia inolvidable, una borrachera de nuevas sensaciones con solo abrir los ojos y despertarse en un pequeño oasis de silencio en medio de la gran urbe caótica, sucia, ruidosa y a la vez mística, fabulosa, de cuento. Cada calle te transporta en el tiempo hasta una época en la que la ciudad se transforma en un enorme mercado en la calle, donde los burros dominan el espacio vial y donde los turistas somos asaltados por vendedores de todo tipo y personajes con intenciones sospechosas. El diseño de sus palacios, el color de los mosaicos, las cenefas de fusta hechas a mano….todo evoca a un pasado glorioso producto de la venta de especies, cuando el azúcar costaba tanto que los palacios se cubrían de oro y mármol y cuando la tierra de los saadies era codiciada y no rechazada por Europa. De esa época gloriosa no queda más que una decadencia fabulosa.

Marruecos es esto y mucho más. También es un país donde las mujeres sufren una discriminación terrible en derechos, donde los niños llenan las calles en horas de escuela y los analfabetos superan a los que no lo son. No, no es el paraíso. En los barrios viejos de las ciudades, las medinas, las condiciones de vida son medievales y no todos tienen la suerte de venderse el riad a algún europeo bohemio. Dicen que las cosas poco a poco van cambiando, que las condiciones de vida de los marroquís y las marroquíes mejoran a buen ritmo, que los derechos de unos y otros se van equiparando. Estaremos atentos. Mientras tanto, seguiré disfrutando siempre que pueda de esta maravilla que tenemos al lado de casa, de este salto fabuloso en el tiempo, recomendable, casi imprescindible. Cae el sol en Essaouira, me viene a la cabeza esa canción de Ismael Serrano:

“Ríos de humanidad huyendo
del frío y del hambre
sueñan con llegar muy lejos,
quizás solo hasta mañana.
Ya no recuerdas los trenes
que partían de aquí
cargados con tu esperanza
hacia la vieja Alemania.

Se rompen las cáscaras
de nuez contra tus costas.
Y el estrecho es un abismo
que salva a la vieja Europa.
¿De qué? ¿Ya no recuerdas?
Pueblo emigrante,
enfermo de amnesia.”

Quizá sea así, quizá no. Quizá eso sea pintarlo todo de un rosa demasiado pegajoso, quizá no es más que el sentimiento humano de querer ayudar a quien pide ayuda y la necesita. Quizá nadie tiene la razón, quizá lo mejor sea que nos demos cuenta de una vez por todas que no todo el mundo puede vivir como nosotros, y que si queremos vivir cada vez mejor alguien siempre vivirá peor. Reclamar los bienes y después rechazar las personas es hipócrita, pero quien más hipócrita que nosotros, que disfrutamos de los placeres del mundo durante el agosto, volviendo al nido donde nos sentimos seguros durante el resto del año y donde no queremos que venga nadie más que los que salimos.

Primavera Árabe

“La revolución de los jazmines”: el milagro tunecino del mártir Mohamed Bouazizi

17 de Diciembre de 2010. Sidi Bouzid, un tranquilo pueblo del interior de Túnez. Los niños corren por la avenida Mohamed V en dirección al colegio mientras algunos hombres toman té tras la visita a la mezquita Abu Bakr Assedik. Parece un viernes normal. Un hombre y una niña pequeña salen de su casa. Él, Mohamed Bouazizi, 26 años, ingeniero informático y ella, su hermana pequeña que va al colegio. Mohamed es el mayor de 7 hermanos y el único que trae dinero a casa tras la muerte de su padre cuando él tenía 10 años. Ha estudiado informática, pero como para la mayoría de jóvenes tunecinos eso no significa absolutamente nada. A diario docenas de jóvenes de Sidi Bouzid acuden a los centros de gobernación con sus títulos en mano para pedir un empleo que nunca llega, así que Mohamed vive de la venta ambulante de frutas y verduras. Parece un viernes normal.

Sidi Bouzid (Demotix Images)
Sidi Bouzid (Demotix Images)

Túnez ha sido gobernado desde 1987 por Zine El Abidine Ben Ali. Tras un inicio en el que limitó el número de mandatos y ejerció una política social basada en la creación de un fondo destinado a los más pobres y de un sistema de seguridad social, con el paso de los años su poder ha ido en aumento hasta no conocer límites. La prohibición de los partidos de izquierda y de los no afines al régimen ponen en duda los resultados electorales obtenidos hasta la fecha, en los que Ben Ali roza o supera siempre el 90% de los votos. Aumento del precio de los alimentos básicos, subida del paro que mantiene muchas familias con ingresos casi inexistentes, arrestos multitudinarios a los críticos con el régimen, perpetuidad en el cargo, dominio sobre la prensa y los sindicatos…la dictadura tunecina.

Mohamed coloca su puesto de venta. Sitúa las verduras y limpia la fruta para que reluzca. Los ingresos apenas dan para mantener a toda su familia, pero no hay otra cosa que hacer más que acudir día tras día a la cita con su carrito y sus frutas y verduras. Parece un viernes normal. Aún así, el día se empieza a torcer con la llegada de dos policías, quieren saber si Mohamed tiene licencia para la venta ambulante. No la tiene. Tras una fuerte discusión en la calle, la policía confisca el carro. Mohamed sabe que sin su carro no hay dinero para su familia, así que decide presentarse en el ayuntamiento para reclamar que le devuelvan sus pertenencias. Ante la negativa, Mohemed Bouazizi, harto de vivir en un país sin trabajo, sin justicia y sin libertad, en un país gobernado por una dictadura corrupta que no ofrece futuro a los jóvenes, y desesperado por haberse sentido humillado, decide quemarse públicamente frente al Ayuntamiento. Convertido en antorcha humana, da unos pocos pasos antes de caer de rodillas, apoyando sus manos en el suelo. Finalmente, se desploma.

Mohamed Bouzazizi quemándose "a la gonzo"
Mohamed Bouzazizi quemándose “a la gonzo”

Mientras es trasladado al hospital decenas de vecinos protestan en las calles en solidaridad con Mohamed. Aquí podría haber terminado la historia, pero la verdad es que precisamente aquí es donde todo empieza. Ese 17 de Diciembre de 2010, ese viernes normal en Sidi Bouzid empezó a cambiar la historia de Túnez y de todo el mundo árabe. La Primavera Árabe ha llegado.

Primavera Árabe
Primavera Árabe (de www.madrilonia.org)

(añadido en enero de 2012)

Viajo a Túnez en diciembre de 2011. Mohamed Bouazizi es venerado en eslógans, pintadas y banderas por todo el país. Compro unas postales. La cara de Mohamed y su carrito de frutas y verduras son los protagonistas de los sellos, con el título de “Revolución de la Dignidad”. No hay y nunca habrá sellos suficientes para homenajear a todos los sacrificados de esta revolución. Gracias a todos ellos y a ellas hoy millones de tunecinos y tunecinas disfrutan de un país más libre, menos corrupto, más digno.

Sello donde aparece Mohamed Bouazizi
Sello donde aparece Mohamed Bouazizi