Archivos de la categoría Asia

Y alrededor, quizá.

Silencio en el vacío abrumador de la multitud. Templos y más templos, demasiado iguales para mi. Demasiados. Mucha gente en todas partes. Un murmuro de cámaras se dispara en cada instante, allá donde mire, allá donde esté. Recuerdos de susurros imposibles, de hutongs solitarios, de quien sabe que mira pero no ve. Más gente. Poemas sin rima ni sentido, saltos de alegría poco alegres, miradas tiernas y cómplices. Sorprenderse de lo que se es cuando no se está, energía entre paredes de impotencia. Salir y pintar. O gritar.

Y más gente.

Ciudad prohibida Beijing
Ciudad prohibida de Beijing, China (Autora: Natàlia Gascon)

 

Sueños de Kyoto

Pongo el pie en Kyoto imaginando un mundo de samuráis y castillos japoneses, de pequeñas casas de te en callejones estrechos y oscuros, donde el caminar de una geisha atraviesa el tiempo y se desliza entre las sombras traicioneras de las afiladas esquinas del barrio de Gion. Un mundo de jardines perfectos, ambientados con el rumor armónico y bello del agua y del viento, con el sonido de las katanas y los dongs, de las palabras hechas poesía a los oídos curiosos y desafinados del extraño. Sin embargo, anchos e iluminados túneles me transportan al magnífico vestíbulo de la estación de tren, una maravilla arquitectónica moderna de 11 plantas, rodeada de anchas calles llenas de coches y altos edificios rectangulares de ese gris hormigón tan frío y tan de todas partes.

Vestíbulo de la estación de tren Kyoto
Vestíbulo de la estación de tren Kyoto

En el enorme panel electrónico de la estación, bellos símbolos japoneses se mezclan con números carentes de sentido para mi. Una mujer diminuta se acerca sonriendo, lleva una pequeña libreta roja entre las manos arrugadas y frágiles. Un gris oscuro asoma de su sonrisa casi vacía de dientes, pelo descuidado, ojos diminutos de mirada divertida. Tira de mi mochila para llamar mi atención. Parece muy vieja, milenaria, entrañable. Habla nerviosa señalando el panel de la estación, indicándome algo carente de sentido para mi. Trato de irme alegando no entenderla pero me sigue con la mano agarrada a mi mochila unos metros, hasta que desesperada se coloca frente a mi y abre la libreta, señalando una de sus páginas. En bellas letras escritas por manos temblorosas y arrugadas consigo leer:

どういったご用件ですか?// Can I help you?

Riachuelo en la calle Shimbashi en el barrio de Gion
Riachuelo en la calle Shimbashi en el barrio de Gion

Hace frío en la tierra de los cerezos perezosos de primavera, cuyo blanco latente dirige el alma de un país milenario.  De camino al hostal, enormes avenidas rodeadas de centros comerciales y pequeños restaurantes, callejones bulliciosos de estudiantes camino a casa, un tímido riachuelo silencioso entre pequeños palacios de madera, cuyas plantas desafiantes muerden el asfalto más desgastado. Cae la noche cuando llego al río Kama-gawa, las luces de las calles más comerciales se iluminan a la velocidad que oscurecen los callejones estrechos de Gion y Higashiyama. Aquí está la Kyoto de las geishas y los farolillos rojos, la Kyoto de los pequeños restaurantes en callejuelas bañadas por el humo del vapor y la dulzura del sake, la de las casas de te escondidas a los ojos demasiado poco sutiles de los extranjeros. Aquí esta la Kyoto que andaba buscando.

Farolillo en la calle Ponto-cho
Farolillo en la calle Ponto-cho

Yusuke me sirve un sake. Debo reconocer que es el primero que pruebo, y es el primero de los muchos que tomaré con Yusuke durante mi estancia en Kyoto. Vive en el hostal, en la misma habitación compartida en la que duermo yo. Por las mañanas atiende a los turistas y sirve desayunos, por las tardes descansa en la habitación leyendo y viendo series japonesas hasta la noche, cuando baja de nuevo al bar a beber sake y charlar con extraños y con una pequeña comunidad americana que se reúne allí. Las charlas en el bar del hostal serán muy agradables, compartiendo lo vivido con quien ya lo ha visto antes, a veces decepcionado al ver sus reacciones de aburrimiento, a veces feliz de descubrir en ellas una mueca de sorpresa al escuchar encantos sólo visibles para quien camina despreocupado y sin prisa.

Presentes de madera en un templo de Kyoto
Presentes de madera en un templo de Kyoto

El último sake lo tomo en la terraza de la habitación, soñando con el mundo preconcebido que mi mente alberga tras el muro de restaurantes del otro lado del río. Nieva en esta tierra tan alejada de todo lo mío. Nieva en esta ciudad de cuento, en la que siempre soñé estar pero nunca pensé que fuera capaz. Nieva, y ahora mismo nada me parece más bonito que ver nevar en Japón.

Vista desde Ginkaku-ji
Vista desde Ginkaku-ji

Reflexiones desde Irán

Irán, todavía no me he ido y ya te echo de menos.

Intento recordar y memorizar algunos de los momentos que he vivido durante estas dos semanas, aquí, a las puertas de dejar todo esto atrás. Es una batalla perdida, lo sé, mi memoria va a su aire y elije qué guardar y qué borrar en función de parámetros que desconozco y no controlo.

Hay paises con mezquitas más grandes que las iraníes, hay paises con desiertos más áridos, montañas más altas y restos de antiguos imperios mejor conservados. Hay, quizá, ciudades con bazares más grandes y antiguos que los de Isfahán o Teherán, o con callejuelas estrechas y laberínticas más espectaculares que las de Yazd. Irán tiene todo esto y, además, tiene los y las iraníes. Gente que te para por la calle para preguntarte si todo te va bien o si necesitas algo, que se acerca mientras comes o tomas un te preocupados por si te gusta lo que ves, curiosos de saber la imagen que tienen en el exterior, a menudo avergonzados de sus gobernantes. Un país de gente hospitalaria hasta el punto de parecer sospechosa de acabar pidiendo algo. Pero no, lo hacen porque son así, y cuando te das cuenta te dejas ir y lo disfrutas todavía más ¡Qué poco acostumbrados estamos a un carácter así! Una hospìtalidad que me ha sorprendido y, en algunos momentos, totalmente superado. Gente amable y cariñosa, gente confidente, con ganas de hablar de todo, que ve en el extranjero, creo, una ventana al exterior, una oportunidad para conocer qué hay más allá, alguien con quien hablar claro sin miedo a represalias. Un país maltratado por la prensa internacional, pacífico y tranquilo, ideal para viajar sin prisas y sin haber planificado nada más que las ganas de disfrutar del viaje.

Conversación a la entrada del bazar de Isfahán
Conversación a la entrada del bazar de Isfahán

Sin embargo, no todo son buenas noticias. Irán es un país con las libertades y los derechos humanos profundamente recortados, donde el chador y el pañuelo impuestos por el Islam forman parte del paisaje diario, donde líderes políticos contrarios al gobiernos son encarcelados y torturados. Un país extraño donde no se deja entrar a un acto de la universidad a un extranjero por miedo a que sea un espía español. Un territorio donde la religión manda sobre la política, un país donde el poder real está en Qom (centro religioso del país) y no en Teherán, donde la religión impregna el aire que se respira, sobretodo en las ciudades pequeñas y pueblos. En el Irán de 2014 el valor de una mujer es la mitad que el de un hombre y los homosexuales son condenados a latigazos o, incluso, con la pena de muerte.

Una pareja cogida de la mano buscando un rincón en los jardines donde tener un poco de intimidad. Miradas de deseo que se cruzan en la calle sin ninguna experiencia para convertirlas en palabras. Una pareja se da un beso en la palma de la mano y después se dan la mano, simbolizando un beso. Pequeños gestos que desafían un régimen. Pero ¿dónde está ese Irán del que todo el mundo comenta que 30 años atrás parecía un país europeo?¿Dónde están esas mujeres con bañador y pelo descubierto? En el Irán del 2014 seguro que no. ¿Cómo han llegado hasta aquí? ¿Por qué en el 1979 forzaron una Revolución Islámica que parece que les ha hecho caminar hacia atrás? Preguntas que día a día surgen en conversaciones interesantes, mientras desayuno en un hostal o tomo el te a media tarde. Nadie parece entender porque todo es así y no cambia, ni los extranjeros que me voy encontrando ni los iraníes a los que se lo pregunto: “A los iraníes no los entendemos ni los iraníes”, me dice Alí.

Caminando por el cauce seco del río Zayandeh Rud en Isfahán
Caminando por el cauce seco del río Zayandeh Rud en Isfahán

90%. La cifra se repite allá donde vaya. Kermán, Yazd, Shiraz, en el autobús camino de Teherán o cenando un kebab en Isfahán. 90%. Como si alguien hubiera pregonado ese número y todo el mundo se lo hubiera hecho suyo, así como la frase tétrica que lo sigue: “El 90% de la gente está en contra del gobierno, pero no podemos hacer nada”.

Y cuando la nebulosa era más densa y opaca, cuando menos lo entendía todo, aparece de la mochila el último libro para leer durante el viaje, “El Sha” de Kapuscinski. En “El Sha” se explican las torturas, asesinatos, secuestros y detenciones que sufrió la población durante el reinado del último Sha hasta la abdicación de éste y el estallido de la Revolución Islámica. Poco a poco, a medida que el libro avanza, la nebulosa densa y opaca va haciéndose más transparente, como un ovillo de alambre que va deshaciéndose, como si todo tuviera de pronto una cierta justificación histórica. Los iraníes no eligieron el Islam porque no les gustaba vivir libres y en un país moderno, se refugiaron en el Islam huyendo de una dictadura criminal, encontraron en las mezquitas el único lugar donde poder expresarse en libertad y escucharon en los mensajes de los ayatollah el único discurso contrario a todo un sistema corrupto y represor que los aniquilaba si se mostraban en contra.

Ciudadela de Rayen
Ciudadela de Rayen

He compartido ratos con viajeros empedernidos de los de “lo dejo todo para hacer la vuelta al mundo”, con los que mi viaje se ha ido haciendo cada vez más pequeño, minúsculo. He conversado largamente con iraníes, he paseado por las calles de ciudades de las “Mil y una noches” y he vivido fiestas tradicionales en casa de un iraní fantástico. Mezquitas, bazares, ciudades de la Ruta de la Seda, tumbas de antiguos poetas persas y historias de alfombras voladoras. Tes a media tarde, kebabs de pollo, arroz y cerveza sin alcohol. Y todo esto en dos semanas.

Compra un billete a Irán, deja en casa todo lo que pensabas que sabías del país, habla con tantos iraníes como te sea posible, trata de entender un país con una historia tan larga que te hará sentir pequeño, insignificante. Y sobretodo, no viajes con nada cerrado porqué seguro que algún iraní te invita a su casa y tus planes cambian sin remedio. Ahora que lo pienso, si yo pudiera lo volvería a hacer ahora mismo.

Aeropuerto de Teherán, 13 de marzo de 2014, 3:30 am.

Ko Phi Phi Leh

Ni tu eres Virginie Ledoyen ni yo soy Leonardo di Caprio

Albert hace días que sueña con este momento. De hecho, creo que ha cruzado el mundo sólo para esto. La cara de felicidad y las miradas nerviosas me confirman que estamos en el punto más importante del viaje, mientras la barquita llega a la isla y busca entre las rocas la entrada secreta a La Playa. Antes del viaje Albert ha mirado una y otra vez la película, sentado en su sofá, con una sonrisa cada vez que Leonardo di Caprio ve por primera vez esta maravilla indescriptible, este milagro abandonado hasta hace pocos años en una pequeña isla a dos horas de la costa tailandesa.

Ko Phi Phi Leh
Ko Phi Phi Leh

Ya hemos llegado, no hay voltereta en la playa ni tiburones en el agua, ni tan siquiera una francesa preciosa a mi lado, sólo el sonido de la barquita, la sonrisa de Albert y una sensación de felicidad indescriptible. Hacemos el trayecto hasta la arena en silencio, nerviosos. El paisaje es precioso, una playa de agua turquesa y arena blanca, rodeada de gigantes calizos y de selva densa. Ponemos el pie en el agua lentamente, como quien no quiere que llegue nunca el momento, como quien disfruta de cada segundo, como quien no quiere romper el sueño y despertarse.

Ko Phi Phi Leh
Ko Phi Phi Leh

El sonido de las barquitas, amplificado por las rocas, rompe el silencio de vez en cuando, mientras tumbados en la arena blanca miramos al infinito y soplamos de felicidad. Hemos cruzado el mundo para vivir esto, y no nos ha decepcionado. Como siempre en estos casos, conversaciones acerca de dejarlo todo para venir aquí, sueños que una y otra vez se nos aparecen en la vida, tan frecuentes e intensos como rápidos en desaparecer de nuestra mente una vez pisamos de nuevo tierra conocida. Qué cobarde me siento tiempo después, cuando revuelvo en el cerebro buscando esa sensación de libertad y valentía, y sólo encuentro promesas no cumplidas y objetivos a medio camino. Sin embargo, soy feliz sabiendo que en mi interior vive este sentimiento, esta energía imparable, ese Amadeu que aparece cuando le apetece y que cuando lo hace puede con todo y no tiene límites.

Ko Phi Phi Leh
Ko Phi Phi Leh

Sin decirlo en voz alta dejamos que el momento se haga eterno en nuestras cabezas, el tacto de la arena, el sonido de las olas, la roca caliza impasible a nuestros sueños, y somos felices. No, ni tu eres Virginie Ledoney ni yo soy Leonardo di Caprio, pero para nosotros La Playa ha dejado de ser una película para convertirse en un recuerdo dulce, precioso, imborrable.

Información para llegar a Ko Phi Phi Leh

Para llegar a Ko Phi Phi Leh hay que que llegar primero a la isla de Ko Phi Phi. Para hacerlo se debe embarcar un par de horas desde Phuket o Krabi (este último más barato). una vez allí, cualquier embarcación local os lleva por unos 350 bahts (unos 7 euros). El precio suele incluir una buen rato en la playa y una vuelta por otros rincones fantásticos de la isla (muy recomendable!)

Viajar en tren por China. Autor desconocido

Viajar en tren por China

Se abren las puertas del tren y una fila de chinos con maletas entra en silencio y con cara de sueño. Son las 4 de la mañana y estamos en algún lugar entre Pingyao y Xi’an. Sin poder dormir observo a los nuevos compañeros de vagón, no sé donde van a encajar entre la multitud, ya no digo sentarse porque no hay asiento vacío ni posibilidad de apretarse más, ni tan siquiera hay muchos huecos libres en el suelo, ocupado por gente durmiendo, más maletas y basura. El tren se pone en marcha y poco a poco los nuevos van encajando, uno bajo un asiento, otro moviendo a un dormido, y la gran mayoría de pie.

Comprar un billete de tren puede ser más complicado de lo que parece, al menos si lo que se quiere es tener una cama donde dormir y no compartir vagón con cientos de personas (los trayectos suelen ser bastante largos). Los billetes salen a la venta pocos días antes del viaje, y los que ofrecen una cama donde dormir se agotan rápidamente, por lo que es probable que se tenga que rezar para que queden, al menos, billetes con asiento, ya que sino se deberá hacer el viaje de pie (es decir, con suerte tirado en el suelo si se quiere dormir de noche). Existe la opción de comprar el billete por internet, aún a riesgo de pagar el doble del valor real, pero en caso de tener tendencia a sufrir ataques de ansiedad en espacios cerrados abarrotados de gente es una solución muy recomendable.

Viajar en tren por China. Autor desconocido
Viajar en tren por China. Autor desconocido

En el vagón viajamos con una representación de las mil y una chinas que existen: desde la familia que vive en una chabola y que se dedica al cultivo de arroz, cara quemada por años de sol, manos duras como caparazones y espalda doblada, hasta los jóvenes modernos ávidos de alta tecnología, recién salidos de la peluquería y vestidos con ropa a la última. Entre estos extremos una infinidad de posibilidades, un mar de realidades en un solo país, como trenes que avanzan en paralelo pero a velocidades muy diferentes. Mientras unos viajan por el mundo, aprenden idiomas y expanden con orgullo su país, otros siguen viviendo en la burbuja china, en la que nada del exterior entra más que lo que el gobierno quiera, en esa China que se dice comunista pero que es ultra-capitalista, donde en Tian’anmen nunca ocurrió nada malo y la Revolución Cultural maoista fue “un gran proyecto de educación nacional”.

Revisando los libros que leí en China encuentro un escrito a lápiz y muy mala letra en los espacios en blanco de varias páginas de “China para hipocondríacos”, de José Ovejero. Recuerdo buscar desesperadamente algún sitio donde escribir, más que por inspiración por necesidad de mantener la mente pensando en otra cosa que no fuera tratar de dormir o mirar a mis compañeros de vagón. Dada la imposibilidad de moverme a buscar la libreta, a riesgo de despertar no solo a Natàlia sino a varios funambulistas de la noche, decidí escribir en cualquier hueco que encontré. Dice así: “Los asientos van llenos de gente, donde hay 3 asientos normalmente se sientan 4, a veces incluso más. Viajan familias que sacan sus botellas y platos de fideos chinos por todos lados. El agua caliente la obtienen de un grifo al lado del baño. A veces guardan los recipientes vacíos, a veces los tiran al suelo, así como las pipas y papeles. De vez en cuando pasa el revisor barriendo el pasillo, recogiendo unos cuantos kilos de plástico y papel en cada vagón. También pasan con carritos vendiendo fruta, fideos o caramelos, chillando por el pasillo como si fuera un mercadillo, casi atropellando a los que duermen en el suelo. Son las 2 de la mañana, la gente que está despierta actúa como si fuera de día: uno escucha la música con los altavoces del teléfono al máximo, otros se ríen y hacen bromas sin bajar la voz. Otros se despiertan, los miran y vuelven a dormir, nadie se queja o protesta. El hombre frente a mi duerme encima de la mesa con un brazo extendido, que queda a un palmo de mi cara. Lleva así al menos 2 horas. Ahora Natàlia duerme, veremos hasta cuando. Tiene un hombre durmiendo en el suelo con la cabeza apoyada en sus pies, y un hombre de pie que le roba el poco espacio vital cada vez que se descuida. Se ha tapado las piernas con una manta porque andaban locos mirándole la falda, de esa forma tan directa y molesta, sin pestañear siquiera. Hemos sido un entretenimiento para el personal durante varias horas, sobretodo ella, pero poco a poco la gente deja de mirarnos. El hombre frente Natàlia alarga el cuello como una jirafa sin disimular para leer lo que estoy escribiendo ahora mismo. Lo miro y me mira. No hace ningún gesto, ni pestañea ni ríe ni desvía la mirada, solo mira con curiosidad qué hace un occidental rallando un libro con letras extrañas“.

Suelo de un vagón de tren en China. Autor desconocido
Suelo de un vagón de tren en China. Autor desconocido

Al llegar a Xi’an se despierta mi vecino de enfrente. Es un hombre de unos 45 años, ojos muy rasgados, dientes amarillos y sonrisa molesta. Abre los ojos, se estira un poco, se concentra y suelta un pedo enorme. Ya hace días que andamos por China y no nos sorprende ni que se tiren pedos ni que nadie reaccione ante el sonido alegre. Me mira, sonríe, me dice varias veces lo mismo hasta que se da cuenta de que no entiendo nada de lo que me dice. Mira el libro, lo coge, lo lee y se ríe. Esa sonrisa amarilla, esas manos sucias tan cercanas durante toda la noche, esa multitud de gente encerrada en un vagón, sin poderse mover, sin poderse dormir, con ese calor del agosto chino. Nos ponemos de pie y recogemos las maletas, al fin hemos llegado a Xi’an después de 7 horas. Mi vecino suelta un erupto al levantarse, se friega la barriga con las manos y sonríe orgulloso. De pronto, baja la mirada y escupe al suelo. En ese instante rezo para que mis albarcas queden lejos de la trayectoria.

Nota

Reconozco que si leyera estas líneas de otra persona nunca en mi vida viajaría en tren por China. Sin embargo, me parece una experiencia muy interesante para entender un poco más cómo funciona la sociedad china. Si viajar es tratar de fusionarse al máximo con la vida de la gente sin parecer, en la medida de lo posible, un bicho raro, entonces el viaje en tren es una experiencia de gran intensidad y veracidad.

Las fotos no son mías pero se parecen mucho a lo que pudimos vivir. No he conseguido encontrar el nombre del autor.