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Mónaco desde el mar

Huele a costillas de cerdo al punto acompañadas de pimientos escalibados recién hechos. Desde la cubierta oxidada y triste del barco observo la ciudad acercarse sin prisa. Es muy pronto por la mañana y el frío viento de febrero agita testarudo un barco que, según cuenta su capitán, tuvo un pasado mucho más glorioso navegando por los caudalosos ríos africanos. En el paseo marítimo de Mónaco algunas luces perezosas se resisten a dejar de alumbrar una ciudad que sueña más que vive. El escenario es menos glamuroso de lo que se podría pensar. Altos edificios rectangulares que recuerdan más a los de alguna ciudad del extrarradio que no a la gran meca europea del lujo y del glamour, edificios amontonados que se tapan los unos a los otros. Jardines confinados en las azoteas que tratan de sobrevivir al enjambre de coches y turistas que se pasean, ávidos de observar vidas ajenas más lujosas que las suyas, como turistas de safari, fotografiando coches, casas y tiendas. En las montañas que rodean la ciudad, algunas casas más lujosas que bonitas disfrutan de unas vistas privilegiadas del Mediterráneo. Vista desde el mar, Mónaco es menos Mónaco de lo que pretende ser.

Mónaco desde el mar
Mónaco desde el mar

Mis sospechas se cumplen. No hay costillas de cerdo ni pimientos escalibados para comer. Tras casi dos semanas en este barco, el olor de cubierta de primera hora de la mañana nunca coincide con el la comida. Aun así, el cocinero prepara una comida excelente que compartimos con la tripulación, entre tablas de quesos que bailan por las mesas a modo de postre e historias marineras del pasado teñidas con un punto de nostalgia.

Un yate navega lento y harmonioso frente a la costa. De color blanco y con las ventanillas negras, es de un lujo que salta a la vista. Se pasea frente a la ciudad sin rumbo fijo aparente, como si quisiera mostrarse para que todo el mundo pudiera admirarlo. En popa descansa un pequeño helicóptero. De vez en cuando lo veo despegar y perderse entre los edificios de la ciudad unos minutos, antes de regresar y aterrizar suavemente de nuevo sobre el yate. Cerca suyo, algunos yates más pequeños, unos alumnos practicando windsurf, un hombre con una tabla de surf motorizada que avanza de pie y con gran dignidad frente al paseo marítimo, un velero de competición en horas bajas.

Esta mañana nos sorprende la majestuosidad de un crucero que acaba de llegar a la ciudad. Es blanco y azul. Domina el paisaje con orgullo y soberbia frente a los pequeños barcos que navegamos cerca suyo. Varias embarcaciones cargadas de pasajeros aparecen disgregadas y se dirigen hacia al puerto. Son pequeñas nueces de color naranja pálido, asfixiantes e incómodas, cargadas de turistas deseosos de contemplar de primera mano la leyenda de la ciudad de los sueños. ¡Qué paradoja, visitar la ciudad más lujosa de Europa en un crucero y llegar en estas viejas y claustrofóbicas nueces naranjas!

Puerto de Mónaco
Puerto de Mónaco

Tras dos semanas de trabajo regresamos a casa. Los motores despiertan de un corto letargo e iniciamos el viaje de vuelta dirección sur por la preciosa Costa Azul. Desde cubierta observo alejarse la ciudad. Sus yates de lujo, sus pequeños coches veloces y sus enormes edificios van difuminándose en una costa que no merece una ciudad así. La fachada menos conocida del Museo Oceanográfico domina el escenario, solemne, como si solo quisiera mostrar su cara más preciosa a quien tenga la oportunidad de contemplarla desde el mar. No hay hotel en Mónaco, ni el más caro ni el más lujoso, que pueda ofrecer las vistas que he disfrutado yo estos días desde el barco. En cubierta huele a unas deliciosas sardinas a la plancha con ajo y perejil que estoy seguro que no comeré. Me consuela saber que en unas horas sabré con qué delicia me sorprende el cocinero por última vez.

Museo Oceanográfico
Museo Oceanográfico

Historias de Londres

Llueve y hace frío en Londres. Un hombre toca Imagine con una flauta travesera en una esquina de Oxford Street. Nadie parece escucharlo ni siquiera darse cuenta de que existe. Quizá tocar Imagine en Londres esté ya demasiado visto aunque a mí me suena como si Serrat tocará Mediterráneo solo para mí.

En el vestíbulo de la estación de Victoria centenares de personas se entrecruzan en todas direcciones siguiendo su propio camino en el anonimato de la ciudad. Un chico y una chica que no se ven desde hace mucho tiempo se encuentran de pronto, cara a cara, por sorpresa, y sin decirse nada se enredan en un fuerte y duradero abrazo. Y allí quedan, quietos, en mitad del vestíbulo de la estación, rodeados de decenas de personas a su alrededor que caminan a toda velocidad mientras los miran ávidos de vivir alguna vez un encuentro similar.

Big Ben
Vista del Big Ben

Entre decenas de restaurantes iraquíes y sirios encuentro el típico pub británico que buscaba. Para no ser menos pido fish & chips acompañado de una (creo que al final han sido dos, o tres) pintas de cerveza. Durante la cena veo las noticias de la CNN. Tras hablar durante 10 minutos sobre la crisis del ébola y dar la sensación de que aquí no va a quedar nadie de pie, el presentador explica que en España ha habido una manifestación y una recogida masiva de firmas para salvar al perro de una afectada. Termina la noticia con media sonrisa y un irónico “Sorprendente”.

Un hombre toca una batería improvisada con cubos de plástico y unos viejos platos en el suelo. Suena impresionante. Un grupo de chicos bailan frente a él, como si hubieran elevado su cuerpo a otra dimensión y no existiera nada más que esa música que les impulsa irremediablemente a bailar. ¡Y cómo bailan! Me paro un rato a envidiarlos desde una esquina, pero tengo frío y me voy al hotel.

Por la mañana me espera el clásico y poco saludable English breakfast acompañado de un enorme café con leche muy caliente. Hace muy buen día. Por la ventana del restaurante veo Hyde Park de un color verde intenso como nunca antes lo había visto. Me quedaría algunos días más en esta ciudad.

……

En realidad estoy parado en las escaleras de una estación de metro. Hace una hora que deambulo entre túneles y estaciones subterráneas, pero desde hace un rato estoy quieto en mitad de la escalera. Los convoyes llegan y se van (qué frecuencia oiga), pero aquí ni avanzamos ni retrocedemos. Hace más de una hora y media que debería estar en el hotel, pero aquí sigo apretado entre dos italianos que hablan de fútbol y un señor inglés bastante nervioso. Hace mucho calor. De fondo suena la canción de Titanic tocada con un viejo violín muy desafinado (hasta yo me he dado cuenta). No es Imagine tocado con una flauta travesera en una esquina de Oxford Street, pero a mi me sirve. Ahora que lo pienso, no estoy seguro si todo lo que he vivido hoy ha sido real o lo acabo de soñar.

Sarajevo y la Guerra de los Balcanes: el túnel de la vida

El sol despunta entre las montañas de Sarajevo. La noche ha sido larga y muy fría, como si la ciudad no quisiera despertarse otro día, como si ya tuviera suficiente y prefiriese quedarse a oscuras, cuando los tanques descansan y reina un delicado silencio solo roto por el viento helado entrando por las rendijas de las casas.  Los inviernos en Sarajevo son terribles. Un cuadro antiguo quema en la chimenea de una casa abandonada, mientras una familia se acerca al calor y se acurruca entre mantas sucias. El niño pequeño quizá no sobreviva una noche más. Los dueños de la casa se fueron cuando cedió una parte del techo, y ahora la nieve cae directamente al comedor, a pocos centímentros de la madre que se esfuerza para dar calor a su hijo. La noche ha sido larga y muy fría, y para la señora Sidi Kola también agotadora. Por su jardín no ha parado de entrar y salir gente, y a todos ellos les ofrece un trozo de pan y un vaso de agua. Soldados, familias, trabajadores, heridos, todo el mundo utiliza la noche para entrar o salir a la ciudad a través de su jardín. La familia Kola es conocida en toda la ciudad. Viven muy cerca del aeropuerto internacional de Sarajevo, pero al otro lado de la ciudad, en la zona libre. El ejército serbio controla todas las montañas de los alrededores de la ciudad excepto elo aeropuerto, en manos de los cascos azules, así que no se puede entrar ni salir de la ciudad sin pasar por un control serbio.

Sitio de Sarajevo
Sitio de Sarajevo

Un hombre aparece cojo y con la ropa sangrando, tiene un tiro en la pierna y necesita asistencia urgente. Sida Kola lo guía a través del jardín hasta la salida de su casa. Le da un trozo de pan y vuelve adentro. En Sarajevo no hay material médico y el hospital está medio destruido, pero este hombre salvará la pierna y la vida. Ya hace unos meses que se acabó la construcción del túnel de Sarajevo, un pasillo subterráneo de unos 800 metros de longitud, que atraviesa la pista central del aeropuerto, uniendo la ciudad con la Bosnia libre. Aún está oscuro, el hombre herido sube a un camión con las los luces apagados que marcha silenciosamente hacia el hospital de Butmir, desaparece en la esquina y silencio. Ni rastro de tiro o gritos. Se ha salvado.

"Túnel de la vida" a Sarajevo
“Túnel de la vida” a Sarajevo

El túnel de Sarajevo se contruyó por la necesidad de burlar el bloqueo y llevar artículos de primera necesidad a la ciudad y armas al ejércido que luchaba contra el sitio. Hasta entonces, los francotiradores serbios que controlaban el aeropuerto eran los encargados de matar a todo aquel que lo intentara. El túnel fue contruido por voluntarios con la supervisión del ejército bosnio durante 6 meses, en turnos de 8 horas, en condiciones infrahumanas y bajo el riesgo constante de ser descubiertos y asesinados. En los inicios, unas 4000 personas atravesaban diáriamente el túnel entre Butmir y Dobrinja, cargando material, medicinas, armas y gasolina en bolsas y mochilas. Después se instalaron railes que permitieron transportar miles de personas y toneladas de material entre las dos bandas cada día. Se podía tardar hasta dos horas en caminar los 800 metros del túnel, en una atmosfera asfixiante y con las piernas bajo el agua hasta las rodillas. De esta forma, el túnel salvó miles de vidas, llevó electricidad y teléfono a la ciudad y permitió contrarestar el sitio de la ciudad incluso con el embargo de armas. En las peores situaciones el ser humano es capaz de hacer cosas maravillosas. Yo lo tengo claro, el 30 de junio de 1993, a las 21:00, finalizaba una obra de ingeniería humana en plena guerra, un túnel para la esperanza, el túnel de la vida.

“Mientra la tierra gire y nade un pez, hay vida todavía”

                                                                                                        J.S.

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La Guerra de los Balcanes 20 años después

Caímos en Sarajevo por pura casualidad, por eso de los vuelos baratos y la crisis económica, que no nos permitía viajar a lugares más lejanos. Los Balcanes me sonaban a guerra, pero ésta sucedió cuando era muy pequeño y, aún ver por la televisión cifras de muertos, imágenes de tanques y gente herida corriendo por las calles, nunca fui del todo consciente de la barbarie que se estaba viviendo aquí al lado hace justo 20 años.

Casi un año después del viaje, aún me sorprende la intensidad con la que uno disfruta de un viaje a Sarajevo, de la huella que te deja el sentir la crueldad de la historia en sus calles y avenidas, de la amabilidad de su gente, de la capacidad de superar la dureza y la barbarie y saber perdonar. Hay ciudades que una vez las visitadas no se pueden olvidar.

Tranvía de Sarajevo durante la Guerra de los Balcanes y en la actualidad
Tranvía de Sarajevo durante la Guerra de los Balcanes y en la actualidad

Hoy leo con admiración lo que escribe Arturo Pérez-Reverte en su twitter, recordando sus experiencias en Sarajevo como reportero de guerra:

“Hoy tenía intención de recordar los Balcanes. Veinte años de aquello. La matanza seguía mientras Europa se miraba el ombligo. Mientras la casta funcionarial trincaba en Bruselas, como sigue. Quería recordar la charlatanería inútil de quienes permitieron a los serbios años de carnicería sin control. De violaciones y fosas comunes. Quería recordar a Javier Solana, negociador que no negoció un carajo. Lo recuerdo bien sonriéndole a los matarifes. Templando gaitas. Años de sonrisas y templar gaitas, con muchas reuniones y mucha mandanga. Haciéndose fotos sonriente con Milosevic y con Karadzic, para la prensa. Él sonriendo, y nosotros contando muertos en los telediarios, primero en Croacia y luego en Bosnia. Solana y su vergonzosa y cobarde Europa que miraba y miraba. “Estamos progresando, etc”, decía el tío. Aquellos odiosos plurales. Recuerdo aquel TD,cuando Elena Sánchez me dijo en directo:”Solana afirma que se hacen progresos”. Y dije: “Solana no está aquí, en Sarajevo”. La bronca que nos echó María Antonia Iglesias, entonces directora de Informativos. La paladín con patas de la honradez informativa. “No enseñéis en las crónicas tantos muertos y tantas tripas”, nos decía. Cabreada porque no le hacíamos ni puto caso. Luego le daban a ella la bronca en Exteriores. Menuda pandilla. Cuántos muertos y cuánta sangre por culpa de la pasividad de tanta gentuza. Igual lo de Siria les recuerda algo.”

Mejor no se puede expresar.

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Puertas de Ejulve

A mitad de camino entre minas y tambores, lugar de paso para muchos, dulce hogar en la memoria para otros. Allí donde la guerra camina perezosa hacia el pasado, donde el viajero nunca pasa hambre, lejos de todo, orgulloso de seguir siendo.

Goethita en la piedra, viento de secadero, corazón muy maño. Suena Labordeta entre valles sin sombras, entre graneros que sobreviven en el silencio de los alrededores. Algo me fascinó de esta tierra no apta para cobardes ni veganos. No fue su melocotonada ni su carrera de pollos, ni tan siquiera ese perfume maravilloso de los secaderos. Si algo me fascinó de esta tierra fueron sus viejas y preciosas puertas.

Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Puertas de Ejulve
Vista de Ejulve
Vista de Ejulve

Instantes de felicidad irlandesa

Low lie the Fields of Athenry
Where once we watched the small free birds fly. 
Our love was on the wing we had dreams and songs to sing
It’s so lonely ’round the Fields of Athenry.

Apoyo la espalda suavemente en la butaca y, trago a trago, sin prisa y con cierta felicidad, me dejo transportar a pequeños pueblos rodeados del verde más intenso que he visto nunca, a siluetas oscuras de cruces celtas en cementerios semi-abandonados, a pubs alegres y hospitalarios donde el sonido de las gaitas ilumina las frías noches irlandesas.

Cementerio celta
Cementerio celta

En el Slattery Pub de Capel Street todo es calma. La lluvia hace acto de presencia y un molesto viento agita los abrigos de los dublineses que acarician los bordes del río Liffey. En la casa donde me alojo un indonesio avaricioso y un inglés estirado se hacen silenciosa compañía en el sofá a la espera impaciente de volver al trabajo al día siguiente. Por lo que parece, su compañía no satisface la necesidad de simular sentirse como en casa, y una actitud poco complaciente a sentirse parte de aquello que los ha adoptado impregna la casa. Ahogado de tanto vacío anímico me refugio al pub cruzando la calle, donde las paredes están decoradas con instrumentos y posters de Guinness y la música irlandesa suena sin parar. Un trompetista pelirrojo guarda la trompeta en la funda, en silencio, resignado. De brazos incómodamente largos tapados por una camisa de colores chillones, sombrero negro, orejas  salidas y una finura magnificada por la altura, cara triste y mirada fija en la puerta del pub, lo observo imaginándomelo dando clases en alguna universidad o vendiendo libros a domicilio.

And it’s No, Nay, never, 
No, nay never no more 
Will I play the wild rover,
No never no more

“The Wild Rover” contextualiza la entrada de nuevos miembros de la banda. Uno a uno, el goteo de más personas vestidas con camisa de colores chillones y sobrero negro parece calmar la desesperación del trompetista pelirrojo que, con una sonrisa confiada, saluda a los bienvenidos. Un saxo, el batería, un violín, otro saxo….la sala va llenándose de músicos e instrumentos mientras miro a mi alrededor sintiéndome extraño entre tantos colorines. No hay nadie más en la sala, y eso me hace sentir poco digno de tanta actividad pre-musical. Los 12 músicos de la banda, todos vestidos con camisa de colores chillones y sombrero negro, afinan los respectivos con delicadeza y concentración. Poco a poco levantan la mirada y observan la tragedia, sólo un sofá está ocupado por alguien que parece más concentrado en escribir y leer que en su música. La lluvia y el viento continúan haciendo del Slattery Pub un fuerte con poco interés de ser asaltado, así que asumiendo la derrota y con mucha profesionalidad, una flauta inicia la melodía de un instante de felicidad irlandesa. ¡Another pint of Guinness!

Será casi una hora de música irlandesa, de clásicos mil y una vez escuchados en los pubs llenos de Fleet Street, entre cánticos emotivos y camareras con edificios de vasos vacío camino de la barra. Música que te despierta de la angustia y te hace volar hasta los campos preciosos del interior de Irlanda, donde el tiempo parece edulcorarse y simplificar una existencia milenaria. Algunos fuimos a Irlanda con la ilusión de aprender a entender qué dicen y, sin imaginarlo, volvimos con un trocito menos de alma. Por todo aquello que viví y vi, por aquel país tan maravilloso y por aquellos 12 músicos vestidos con camisa de colores chillones y sombrero negreo, “¡Sláinte!!”

How can I leave the town that brings me down
That has no jobs
Is blessed by god
And makes me cry

Dublin

And at sea with flowing hair
I’d think of dublin
Of grafton street and derby square
And those for whom I really care and you

In Dublin

Descubriendo Guissona y el Castell de les Sitges en la Segarra

Todo es silencio en esta mañana fría de finales de primavera. Caminamos embobados gozando de las puertas antiguas y de los balcones floridos de la calle Sant Magí camino de Santa Maria, imponente y serena en el centro del pueblo. Se respira tranquilidad y calma en las callejuelas estrechas y sinuosas del centro del pueblo. Gemma de Solà nos habla de Guissona y se la hace suya. Camina por la vieja ciudad medieval con la confianza de quien camina por suelo familiar. Nos habla de comercios y de casas señoriales, de historias antiguas y modernas, del mercado romano, de las fuentes de Guissona y de como se vive en un pueblo a menudo conocido sólo por la cooperativa Bon Àrea y por su baja tasa de paro, pero que muestra con orgullo su patrimonio envidiable a quien se aventure a descubrirlo.

Arcada en la plaza Major de Guissona
Arcada en la plaza Major de Guissona
Fachada en la plaza Major de Guissona
Fachada en la plaza Major de Guissona

Una mujer sale de la pastelería de la plaza Mayor con un pastel envuelto entre sus manos, se cruza con un hombre viejo que camina pausado bajo la arcada observando un grupo de jóvenes con curiosidad. Se saludan con un “buen día” y prosigue cada uno su camino. Una pareja aparece por la calle de la Font hablando en voz baja. Dos niños cruzan la plaza en bicicleta y desaparecen a toda velocidad. La terraza del bar de la esquina espera paciente la llegada de algún cliente. Observo la escena mientras busco la luz y el ángulo adecuados para fotografiar el teatro de Cal Eril sin demasiado éxito, así que le doy la espalda y me uno al grupo. “Alabado sea Dios / Por dignidad / Por cultura / Hablad Bien” dice la inscripción en una de las fachadas de la plaza. Maravilloso ejemplo de los esfuerzos de la Liga Contra el Mal Hablar para erradicar la blasfemia y promover las buenas palabras entre el pueblo llano. Esfuerzos, no hace falta decirlo, malogrados y respuestos con el delicioso ingenio popular a través de la famosa frase “Hablar bien por favor, que no cuesta una puta mierda“. (clica aquí para más info).

Inscripción en la plaza Major de Guissona
Inscripción en la plaza Major de Guissona

Judith y Ramón no piensan volver a vivir en Barcelona. Sin demasiado esfuerzo enumeran algunas de las ventajas de vivir en Guissona respecto la gran ciudad. Los escucho con la atención de quien sabe que razón no les falta, lejos de querer convencer a quien habla con convicción mostrando una sonrisa de seguridad en sus palabras. Además, pienso, no tienen mala cara. Ahora, lejos de tráfico, humo y prisas, sirven una comida excelente en el Celler de Guissona, un bonito rincón donde uno se encuentra cómodo solo entrar. La comida es digna de la mejor de las sobremesas, bien aliñada con una buena conversación y una cata de cerveza artesana Segarreta.

Resuenan los pasos de las tropas romanas caminando por la CardoMaximus de la ciudad romana de Iesso. Estamos en pleno Imperio Romano, época en la que los romanos dominan todo el Mediterraneo. Al noreste de la Hispania Tarraconensis, Iesso se erije como una de las ciudades más importantes de la región, protegida por una sólida muralla y de una extensión casi el doble que la Barcino de la época. En las termas, los generales discuten de estrategias bélicas y cierran acuerdos de comercio entre piscina de agua caliente y agua fría. En los edificios de los alrededores se acumulan los cereales y las ámforas llenas de vino. En las fuentes de la ciudad se reunen los ciudadanos para recoger el agua de los ríos Sió y Llobregós.

Restos romanos de Iesso en Guissona
Restos romanos de Iesso en Guissona

Hoy en día, en el yacimiento arqueológico de Iesso se pueden visitar los restos arqueológicos y el Museo de Guissona, donde queda explicada la historia y funcionamiento de la ciudad durante la época romana. Josep Ros nos guía por el yacimiento y nos muestra las calles y casas, las termas y los restos de la muralla y de las calles de Iesso, buena parte de las cuales permanecen impasibles bajo los cimientos de la actual Guissona esperando para ser excavadas algún día.

Termas romanas de Iesso en Guissona
Termas romanas de Iesso en Guissona

Cae el sol en la Segarra. Lo observamos des de lo alto de la torre del Castell de les Sitges, como hicieran las tropas cristianas de Arnau Mir de Tost en plena Reconquista durante la Alta Edad Media. Observamos en silencio la escena, mientras Jaume Moya (Camins de Sikarra) nos habla de épocas de reyes y castillos, de guerras con caballos y flechas, de fortalezas militares y residencias aristocráticas. Son palabras dichas con pasión y energía, por alguien que durante 35 años vivió en el Eixample de Barcelona y que ha encontrado en la Segarra, por lo que parece, su sitio.

Castillo de les Sitges (Segarra)
Castillo de les Sitges (Segarra)

El castillo es fabuloso y está en muy buen estado. Disfrutamos de sus rincones con tranquilidad, recorremos salas y dormitorios, comedores, la bodega y el patio, escuchamos historias de fantamas y de batallas pasadas, de señores feudales, vasallos y luchas territoriales. Uno sale de una experiencia así con ganas de visitar todos los castillos de la comarca, fascinado por la pasión con la que Jaume no habla, sorprendido por el patrimonio de un territorio orgulloso de sí mismo.

A veces sales de casa y, al girar la esquina, lo que ves es completamente diferentes a lo que recordabas o habías imaginado que habría. No era la primera vez que visitaba Guissona y la Segarra, pero nunca había disfrutado la visita con tanta intensidad. No, no era la primera vez que visitaba Guissona y la Segarra, y seguro que no será la última.

Cae el sol en la Segarra. Lo observamos desde lo alto de la torre del Castell de les Sitges
Cae el sol en la Segarra. Lo observamos desde lo alto de la torre del Castell de les Sitges

p.d. Muchas gracias a la gente de bcnTB por la fantástica experiencia en Guissona. Fue mi primer blogtrip y fue un placer compartirlo con gente tan apasionada por los viajes. Ya que estamos, un poco de publicidad de los blogs de mis compañeros de viaje:

· VerdenVoyage

· Meridiano180

· Un Mundo de Experiencias

· Escapada Rural

· Pepe Pont

· The Backpack Traveller

Sarajevo y la Guerra de los Balcanes: el sitio de Sarajevo

26 de abril de 1994, 6 de la tarde, Sarajevo. Krljes Nijaz vuelve a casa después de la oración en la mezquita Gazi Husrev-beg, en el barrio de Bascarsija, justo en el centro de la ciudad. Sabe que en cada esquina se jugará la vida, pero ya está acostumbrado, ya hace más de dos años que las calles se inundan de gritos y llantos cuando una bala de un francotirador serbio impacta en la cabeza de alguien que corre por las calles. Es un dia muy movido, los gritos de Pazita Snajper! (Cuidado, francotiradores!) resuenen en cada esquina, donde se acumula la gente para coger aire y salir corriendo hasta la esquina siguiente, con la esperanza de que aquella no sea la última carrera de su vida, que los francotiradores serbios mirarán hacia otro lado o, simplemente, que estén cansados de disparar.

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Marcas de bala en la fachada de una vivienda de Sarajevo realizados durante la Guerra de los Balcanes, actualmente aún visibles

Las esquinas se han convertido en un oasis de supervivencia donde, bien apretada la espalda contra la pared, Krljes carga fuerzas y valor para seguir el camino. La ciudad es gris, triste, silenciosa, sin alma. Una mujer cruza una mirada de pequeña satisfacción al llegar agotada a la esquina, se sabe salvada pero insegura, quizá mañana no tenga tanta suerte. Krljes cruza el puente del rio en dirección sur, alza la vista y contempla las montañas. “Allí arriba están los tanques”, piensa. Hace sin parar de correr los últimos metros hasta el portal de su casa, un tiempo atrás un espléndido edificio del barrio de Skenderija, hoy un espantoso bloque gris medio destruido por el impacto de fuego de uno de los tanques de la montaña. Un día más ha sobrevivido.

El tranvia es el medio de transporte más habitual de los habitantes de Sarajevo
El tranvia es el medio de transporte más habitual de los habitantes de Sarajevo

Sarajevo estuvo sitiada por el ejército Srpska de Ratko Mladic durante 1395 días. Durante todo ese tiempo la población de la ciudad se redujo más de un 30% y miles de edificios fueron destruidos en uno de los sitios más largos de la historia de Europa. Y todo esto empezó aquí cerca, justo al lado de Croacia, frente a la mirada de la ONU y de los demás países, durante aquel maravilloso año olímpico de 1992. La última gran guerra en territorio europeo, una más en una zona demasiado destinada al sufrimiento y al dolor. La guerra de Bosnia se inicia el 6 de abril de 1992 por diversos factores religiosos, políticos y sociales después de la independencia de Eslovenia y Croacia de la antigua Yugoslavia, y finaliza con los acuerdos de paz de Dayton el 14 de diciembre de 1995. Más de tres años de guerra, una terrible guerra que separó familias enteras y provocó cerca de 100.000 víctimas mortales y casi 2 millones de desplazados.

Sarajevo de noche
Sarajevo de noche

Sarajevo es una ciudad maravillosa, donde mezquitas preciosas comparten espacio con iglesias católicas y sinagogas en la orilla del río, donde los cafés y las calles peatonales procuran hacer olvidar lo que menos de 20 años atrás eran ruletas rusas a gran escala. La gente no entiende lo que les dices, pero sonríen y pasan a la acción de los gestos para explicarse. Una mujer camina por la calle mientras fotografío unos contenedores de basura muy viejos, se para y me mira extrañada. Me pregunta si somos italianos y ríe gritando “Rafa Nadal, Rafa Nadal!” cuando le digo de donde venimos. Tiene una cara de profunda tristeza, pero cuando ríe parece que la alegría la salga de muy adentro y que lleve mucho tiempo esperando la oportunidad de aparecer. Sin embargo, le cambia la cara de pronto cuando se me escapa un “Djokovic!”. Me mira, se gira y sigue su camino. Por lo que parece, hay temas que es mejor no tratar de momento.

El río Miljacka divide Sarajevo en dos partes
El río Miljacka divide Sarajevo en dos partes

Sin embargo, no es una ciudad muy bonita. Sigue siendo una ciudad gris, llena de edificios con cicatrices en las fachadas. Algunos edificios, incluso ahora, mantienen los agujeros de bala en sus ventanas. La mayoría de casas nuevas no se acaban, desafían al frio y al viento con el esqueleto y 4 paredes. Una señora sale al balcón de su casa. Es un balcón pequeño, en el primer piso de una pequeña casa sin acabar. El balcón sólo tiene el suelo de ladrillo, sin barandilla, sin ventanas, sólo algunas plantas en las esquinas que son el único color que desafía al rojo de los ladrillos y al gris del mortero. La señora riega sus plantas y regresa a dentro. En Sarajevo se respira un ambiente positivo, como si la paz hubiera sido una bocanada de aire fresco que los habitantes quieren aprovechar para avanzar y olvidar aquella guerra tan cruel con los vecinos. Unos días antes de pisar Sarajevo fue detenido Ratko Mladic, comandante del ejército Srpska, por genocidios y crímenes contra la humanidad, tras casi 20 años huido. Las detenciones de estos personajes me dejan un sabor agridulce, pienso en que quizá actuando antes no solo se evitaría este teatro, sino que se evitarían miles de víctimas inocentes. Al fin y al cabo, ¿qué culpa tenía Krljes Nijaz y los demás habitantes de Sarajevo, si simplemente querían volver a casa después del trabajo?

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