Across the universe o cuando una canción te levanta del asiento pero no te deja bailar

Hoy he vuelta a escucharla después de mucho tiempo. No la he buscado claro, las mejores canciones no se piden, simplemente suenan. Estaba escondida en una de esas listas aleatorias que me acompañan durante horas y horas como música de fondo sin que les preste demasiada atención. Al escucharla ha sido como si de pronto se encendiera una lucecita en algún rincón olvidado del cerebro, como si algo empezara a bailar allí dentro. Es extraño. Hacía años que no me acordaba de ella. De hecho, creo que no era consciente de lo que esa canción significaba para mí hasta hoy. Escuchar Across the Universe de The Beatles ha sido como volver a ser aquel niño sentado en el asiento trasero de un viejo Seat en uno de esos interminables viajes de mi infancia camino a Santander.

“Words are flowing out like endless rain into a paper cup,

They slither while they pass, they slip away across the universe.

Pools of sorrow, waves of joy are drifting through my opened mind,

Possessing and caressing me.”

“No hay nada más seco que los Monegros”, pensaba siempre que los atravesábamos. Bujaraloz 46km leo en un cartel. Resopla mi padre al volante. Mi madre duerme hace rato; Laura también, tumbada a mi lado entre bolsas, maletas y los cojines de mi cama puestos allí para la ocasión. Cuando no había cinturones atrás los viajes eran menos seguros pero mucho más cómodos. Laura se ha dormido al salir de casa y se despertará para comer antes de volver a la oscuridad del sueño. Para ella un viaje a Santander es como echarse una siesta.

“Images of broken light which dance before me like a million eyes,

They call me on and on across the universe,

Thoughts meander like a restless wind inside a letter box,

They tumble blindly as they make their way across the universe.”

Me gusta recordar esos momentos. Entonces no lo sabía, claro, todavía faltaban algunos años para descubrir lo importantes que han sido para mí. Compartía el aburrimiento de las horas de autopista con mi padre. El atareado hombre trabajador tenía paciencia y ganas de hablar con su hijo. “¿Querrás ir a jugar al tenis algún día? ¿Te animas en septiembre con el inglés? ¿Me pasas el bocadillo?” A veces me pregunto si en esas charlas fue cuando realmente nos conocimos. También aprendí a hablar, prisionero en una celda de cuatro ruedas a toda velocidad junto a una madre logopeda:

— Habla con el estómago, no con la garganta —decía ella cansada de mis afonías.

— ¿Cómo voy a hablar con el estómago? —respondía yo sin entender nada.

— Vuelve a intentarlo —decía mientras se ponía la mano sobre sus costillas —nota la voz aquí.

Y claro, tras tantas horas dentro de ese coche, al final aprendí.

“Sounds of laughter, shades of life are ringing,

Through my open ears inciting and inviting me,

Limitless undying love,

Which shines around me like a million suns,

And calls me on and on across the universe.”

Cantabria y los Monegros

Ya cansados, al fin llegamos al verde. Qué bonita es Cantabria. Sigue siéndolo todavía, veinticinco años después de esos viajes, cuando el marrón del desierto desaparece de la retina y solo el viento más puro y fresco acaricia las mejillas. Echo de menos aquellos tiempos. Ojalá hubiera abrazado más a mis padres desde el asiento trasero, ojalá esas conversaciones rodadas del secarral más aburrido nunca hubieran terminado. Bujaraloz 46km decía la señal, y Across the Universe seguía sonando por la radio, una y otra vez, para terminar con esa estrofa tan preciosa y cálida en la voz de Lennon como hermosa profecía de final insospechado.

“Jai guru deva, om

Nothing’s gonna change my world

Nothing’s gonna change my world

Nothing’s gonna change my world

Nothing’s gonna change my world”

La Colònia Güell

La terraza del Ateneu está vacía. El antiguo salón-bar de la Colònia Güell resiste el paso del tiempo y observa pasar la historia desde su posición privilegiada en la plaza Joan Güell. Se respira modernismo por las calles estrechas de esta antigua colonia textil de finales del siglo XIX, situada a escasos 20 minutos de Barcelona. Edificios diseñados por algunos de los mejores arquitectos del modernismo, patrimonio histórico en muy buen estado de conservación y un túnel del tiempo ideal para descubrir cómo se vivía en una colonia textil hace cerca de 100 años. Y la cripta de Gaudí, claro, icono modernista y para algunos considerado el mejor edificio del arquitecto.

Unos niños vuelven a casa después del colegio, saludan a unos vecinos que, habiendo colocado las sillas en el medio de la calle, disfrutan charlando del invierno más primaveral. Un padre enseña a patinar a su hija y la anima a que llegue hasta el final de la calle, donde su abuelo regresa del paseo diaria a la masía de Santa Bàrbara con los colegas del domino. No se escucha el rumor de coches ni el ruido de la ciudad, solo las risas de los niños y algún grito de alegría lejano procedente del campo de fútbol. Dos turistas caminan despistados admirando las calles y las casas. Los veo cruzar la plaza en diferentes direcciones, haciendo fotografías y soñando en vivir aquí algún día. A todos nos pasa. Tras un rato se dan cuenta de que habían venido a ver la cripta de Gaudí y han acabado descubriendo un pequeño tesoro bien cerca de Barcelona. Regresarán el domingo. Para el vermut.

Colonia Güell
Colonia Güell

*Este escrito forma parte del post “10 llocs màgics de Catalunya recomanats per 10 bloggers” del blog www.viatgespedraforca.cat Puedes leer el post clicando aquí

“Volver con la frente marchita”

“Vivir

con el alma aferrada

a un dulce recuerdo

que lloro otra vez”

(Carlos Gardel)

Nunca el regreso al purgatorio fue poco celebrado. Viejos tangos de letras arrugadas, el humo de asados entre amigos que nunca más conoceré. Un café de voces graves y risas profundas, de largas historias de la Pampa más gauchera. Besos que duran 6 meses en boliches oscuros de San Telmo, caminar sin mirar, nunca sentirse de aquí. Eras y eres.

Qué placer fue escucharte, Buenos Aires.

El 29 no para, ¡nunca para! y la Avenida Colón es solo un Luna Park donde Calamaro regala sus mejores noches a quien decida olvidarse del gallego. Qué locura. Pronto olvidé qué hacía yo aquí y aprendí que lo que tocaba era vivir. La risa y el mate, las tardes sin horarios y sin saber dónde ir, gritar sin importar en qué estadio, un alfajor, un chorizo, un bife, un sin vivir!

Un asado con tequila, ese fue mi año aquí.

15 de noviembre de 2015

Buenos Aires-Puerto Madero
Puerto Madero

Reflexiones en el ferry entre Montevideo y Buenos Aires en un viaje por el Río de la Plata tras 9 años desde mi última visita.

Mónaco desde el mar

Huele a costillas de cerdo al punto acompañadas de pimientos escalibados recién hechos. Desde la cubierta oxidada y triste del barco observo la ciudad acercarse sin prisa. Es muy pronto por la mañana y el frío viento de febrero agita testarudo un barco que, según cuenta su capitán, tuvo un pasado mucho más glorioso navegando por los caudalosos ríos africanos. En el paseo marítimo de Mónaco algunas luces perezosas se resisten a dejar de alumbrar una ciudad que sueña más que vive. El escenario es menos glamuroso de lo que se podría pensar. Altos edificios rectangulares que recuerdan más a los de alguna ciudad del extrarradio que no a la gran meca europea del lujo y del glamour, edificios amontonados que se tapan los unos a los otros. Jardines confinados en las azoteas que tratan de sobrevivir al enjambre de coches y turistas que se pasean, ávidos de observar vidas ajenas más lujosas que las suyas, como turistas de safari, fotografiando coches, casas y tiendas. En las montañas que rodean la ciudad, algunas casas más lujosas que bonitas disfrutan de unas vistas privilegiadas del Mediterráneo. Vista desde el mar, Mónaco es menos Mónaco de lo que pretende ser.

Mónaco desde el mar
Mónaco desde el mar

Mis sospechas se cumplen. No hay costillas de cerdo ni pimientos escalibados para comer. Tras casi dos semanas en este barco, el olor de cubierta de primera hora de la mañana nunca coincide con el la comida. Aun así, el cocinero prepara una comida excelente que compartimos con la tripulación, entre tablas de quesos que bailan por las mesas a modo de postre e historias marineras del pasado teñidas con un punto de nostalgia.

Un yate navega lento y harmonioso frente a la costa. De color blanco y con las ventanillas negras, es de un lujo que salta a la vista. Se pasea frente a la ciudad sin rumbo fijo aparente, como si quisiera mostrarse para que todo el mundo pudiera admirarlo. En popa descansa un pequeño helicóptero. De vez en cuando lo veo despegar y perderse entre los edificios de la ciudad unos minutos, antes de regresar y aterrizar suavemente de nuevo sobre el yate. Cerca suyo, algunos yates más pequeños, unos alumnos practicando windsurf, un hombre con una tabla de surf motorizada que avanza de pie y con gran dignidad frente al paseo marítimo, un velero de competición en horas bajas.

Esta mañana nos sorprende la majestuosidad de un crucero que acaba de llegar a la ciudad. Es blanco y azul. Domina el paisaje con orgullo y soberbia frente a los pequeños barcos que navegamos cerca suyo. Varias embarcaciones cargadas de pasajeros aparecen disgregadas y se dirigen hacia al puerto. Son pequeñas nueces de color naranja pálido, asfixiantes e incómodas, cargadas de turistas deseosos de contemplar de primera mano la leyenda de la ciudad de los sueños. ¡Qué paradoja, visitar la ciudad más lujosa de Europa en un crucero y llegar en estas viejas y claustrofóbicas nueces naranjas!

Puerto de Mónaco
Puerto de Mónaco

Tras dos semanas de trabajo regresamos a casa. Los motores despiertan de un corto letargo e iniciamos el viaje de vuelta dirección sur por la preciosa Costa Azul. Desde cubierta observo alejarse la ciudad. Sus yates de lujo, sus pequeños coches veloces y sus enormes edificios van difuminándose en una costa que no merece una ciudad así. La fachada menos conocida del Museo Oceanográfico domina el escenario, solemne, como si solo quisiera mostrar su cara más preciosa a quien tenga la oportunidad de contemplarla desde el mar. No hay hotel en Mónaco, ni el más caro ni el más lujoso, que pueda ofrecer las vistas que he disfrutado yo estos días desde el barco. En cubierta huele a unas deliciosas sardinas a la plancha con ajo y perejil que estoy seguro que no comeré. Me consuela saber que en unas horas sabré con qué delicia me sorprende el cocinero por última vez.

Museo Oceanográfico
Museo Oceanográfico

Historias de Londres

Llueve y hace frío en Londres. Un hombre toca Imagine con una flauta travesera en una esquina de Oxford Street. Nadie parece escucharlo ni siquiera darse cuenta de que existe. Quizá tocar Imagine en Londres esté ya demasiado visto aunque a mí me suena como si Serrat tocará Mediterráneo solo para mí.

En el vestíbulo de la estación de Victoria centenares de personas se entrecruzan en todas direcciones siguiendo su propio camino en el anonimato de la ciudad. Un chico y una chica que no se ven desde hace mucho tiempo se encuentran de pronto, cara a cara, por sorpresa, y sin decirse nada se enredan en un fuerte y duradero abrazo. Y allí quedan, quietos, en mitad del vestíbulo de la estación, rodeados de decenas de personas a su alrededor que caminan a toda velocidad mientras los miran ávidos de vivir alguna vez un encuentro similar.

Big Ben
Vista del Big Ben

Entre decenas de restaurantes iraquíes y sirios encuentro el típico pub británico que buscaba. Para no ser menos pido fish & chips acompañado de una (creo que al final han sido dos, o tres) pintas de cerveza. Durante la cena veo las noticias de la CNN. Tras hablar durante 10 minutos sobre la crisis del ébola y dar la sensación de que aquí no va a quedar nadie de pie, el presentador explica que en España ha habido una manifestación y una recogida masiva de firmas para salvar al perro de una afectada. Termina la noticia con media sonrisa y un irónico “Sorprendente”.

Un hombre toca una batería improvisada con cubos de plástico y unos viejos platos en el suelo. Suena impresionante. Un grupo de chicos bailan frente a él, como si hubieran elevado su cuerpo a otra dimensión y no existiera nada más que esa música que les impulsa irremediablemente a bailar. ¡Y cómo bailan! Me paro un rato a envidiarlos desde una esquina, pero tengo frío y me voy al hotel.

Por la mañana me espera el clásico y poco saludable English breakfast acompañado de un enorme café con leche muy caliente. Hace muy buen día. Por la ventana del restaurante veo Hyde Park de un color verde intenso como nunca antes lo había visto. Me quedaría algunos días más en esta ciudad.

……

En realidad estoy parado en las escaleras de una estación de metro. Hace una hora que deambulo entre túneles y estaciones subterráneas, pero desde hace un rato estoy quieto en mitad de la escalera. Los convoyes llegan y se van (qué frecuencia oiga), pero aquí ni avanzamos ni retrocedemos. Hace más de una hora y media que debería estar en el hotel, pero aquí sigo apretado entre dos italianos que hablan de fútbol y un señor inglés bastante nervioso. Hace mucho calor. De fondo suena la canción de Titanic tocada con un viejo violín muy desafinado (hasta yo me he dado cuenta). No es Imagine tocado con una flauta travesera en una esquina de Oxford Street, pero a mi me sirve. Ahora que lo pienso, no estoy seguro si todo lo que he vivido hoy ha sido real o lo acabo de soñar.

El tesoro de Safi

19:00. Cafetería Bahía. Plaza de la Independencia de Safi

Bebo los últimos sorbos de té con menta, con mucho azúcar y muy caliente, bajo la sombra calurosa de una sombrilla con derecho a jubilarse. Las sillas de esta cafetería, encaradas hacia la plaza, permiten ser espectador de lujo del bullicio de gente, paraditas y coches que cada tarde aparece puntual en las calles alrededor de la antigua medina de Safi. Aquí hay un poco de todo, ropa, zapatos, trastos para casa, utensilios sin utilidad aparente, juguetes, teléfonos…todo aliñado con esa música marroquí que me provoca indicios de epilepsia proveniente de las paraditas de cd’s piratas y con vendedores con micro gritando sus ofertas cada cual más alto.

Mercado de Safi
Mercado de Safi

Unos metros más allá, el tesoro de Safi. Camino el centenar de metros que separan el café Bahía de los acantilados de la ciudad, donde el mar aparece de golpe, inmenso y posesivo, salvaje. Por el camino me encuentro con alguno de mis nuevos amigos, el viejo marinero que cada día quiere venderme trastos cada vez más raros, el alto y seco que me sigue en silencio hasta que, por alguna razón desconocida, decide marcharse sin avisar, el viejo hippie que me invitó a tomar té a su casa para mostrarme las fotos de su viaje a Lanjarón, o cualquiera del grupo que siempre andan por esta zona haciendo algo y caminando hacia algún lado. Algún día les seguiré yo, a ver qué pasa.

Acantilados de Safi
Acantilados de Safi

Busco un lugar donde sentarme cerca del acantilado, donde pueda ver las olas del Atlántico golpear testarudas las paredes inestables de roca. Como más bravo y ruidoso esté, más atracción y respeto me provoca. Unos metros más allá, una fila de pequeños restaurantes mantienen todo el día encendidas unas viejas y eclécticas barbacoas donde cocinar el pescado fresco que llega, puntual, dos veces al día. Y justo detrás, poco antes de la entrada principal de la antigua medina, un castillo construido por los portugueses en el siglo XVI, en pleno proceso de derrumbe por el retroceso imparable del acantilado, como si el mar hubiera decidido borrar de Safi cualquier símbolo de colonización europea.

Puesta de sol en Safi
Puesta de sol en Safi

Un grupo de chicas con hijab negro observan el horizonte en silencio, un par de amigos andan por el paseo cogidos de la mano mirando de reojo a las muchachas, un matrimonio carga dos bolsas llenas de naranjas, ella con burka violeta y él con cara de pocos amigos, el vendedor de palomitas busca clientes con cara de aburrimiento. La vida detiene su velocidad al ocaso en Safi, y se muestra relajada y dulce. El ajetreo de coches, gritos y ruido de la Plaza de la Independencia parece detenerse en seco aquí, agachar la cabeza y sumarse en un respeto silencioso y amable a quien asiste a contemplar una de las puestas de sol más bonitas que recuerdo.

Puesta de sol desde el acantilado de Safi
Puesta de sol desde el acantilado de Safi

El sol desaparece perezoso en el vacío del horizonte. Huele a mar y a sardinas a la brasa. Quizá me anime a comer algunas, o quizá siga mi paseo hasta la medina, o más allá. No tengo prisa. Es aquí y ahora cuando Safi más me gusta.

Y alrededor, quizá.

Silencio en el vacío abrumador de la multitud. Templos y más templos, demasiado iguales para mi. Demasiados. Mucha gente en todas partes. Un murmuro de cámaras se dispara en cada instante, allá donde mire, allá donde esté. Recuerdos de susurros imposibles, de hutongs solitarios, de quien sabe que mira pero no ve. Más gente. Poemas sin rima ni sentido, saltos de alegría poco alegres, miradas tiernas y cómplices. Sorprenderse de lo que se es cuando no se está, energía entre paredes de impotencia. Salir y pintar. O gritar.

Y más gente.

Ciudad prohibida Beijing
Ciudad prohibida de Beijing, China (Autora: Natàlia Gascon)

 

Ksar Ouled Soltane

Llego a Ksar Ouled Soltane por la tarde, tras un largo día de coche. Me he despertado en Ksar Ghilane, un bonito oasis en el desierto, y tengo la intención de desayunar mañana en Túnez capital. El camino hasta aquí ha sido precioso: la salida del sol entre las dunas de arena fina del desierto, horas solitarias de carretera entre arbustos secos y arena rojiza, de vez en cuando acompañado por camellos que cruzan sin prisas o, incluso, por personas caminando sin un rumbo claro para quien no entiende los secretos del desierto. Matmata, Medenine y Tataouine, ciudades en las que apenas paro para descansar o tomar un te observando el habitual caos tunecino de cualquier ciudad.

De camino a Ksar Ouled Soltane ando preocupado por dos cosas: llegar a tiempo para devolver el coche de alquiler en Gabès antes de las 8 y por una de las ruedas del coche que parece deshinchada. La verdad, no se me ocurre nada peor que pinchar una rueda aquí, entre paisajes sin movimiento ni tiempo para encontrarlo. Y así, distraído pensando en qué hacer si nada sale bien, llego sin darme cuenta a un pequeño grupo de casas blancas que rodean el minarete de una sencilla mezquita. “Aquí debe ser”, pienso, más por la ausencia de otro grupo de casas similares en muchos kilómetros a la redonda que por la impresión de haber llegado a algún sitio importante. A la derecha de la carretera, casi de casualidad, encuentro el Ksar, humilde, sin indicación alguna ni parafernalias turísticas.

Es finales de diciembre y por aquí no hay nadie más que un chico aburrido sentado en una silla de plástico y dos hombres tomando el te en una esquina de la calle, bajo la sombra de un balcón, en silencio. El chico se acerca con dibujos del Ksar pintados con acuarela. Me explica que con lo que gana vendiéndolos se paga los estudios. Lo dice distraído, con cierta desgana, como si ni él mismo se lo creyese.

Ksar Ouled Soltane
Ksar Ouled Soltane

Los Ksar son graneros fortificados bereberes en los que  los diferentes graneros, llamados gorfas, se distribuyen en patios y suelen tener más de un piso. Suelen estar ubicados en emplazamientos defensivos naturales ya que uno de los objetivos era proteger la cosecha de cereal. Bien pensado. Dado el clima del sur de Túnez y las condiciones en las que vivían los bereberes, una buena cosecha bien merecía ser defendida. Cerca de Tataouine hay un buen número de Ksar visitables, algunos reconstruidos y otros sólo sombras de lo que fueron. El Ksar Ouled Soltane es el más bien restaurado y famoso, ya sea por su belleza o por haber sido la residencia de Anakin Skywalker en alguna de las películas de Star Wars.

Ksar Ouled Soltane
Ksar Ouled Soltane

Doy un paseo sin demasiada calma, tomo algunas fotografías, pienso en la rueda y en si pincharé en el camino de regreso. Me siento en una de las escaleras. Maldita rueda. Pasa un rato, doy otro vuelta, tomo alguna fotografía y me vuelvo a sentar. Cae el sol en Tataouine, y aún tengo camino que recorrer. “En Gabès debo devolver el coche y tomar el tren nocturno hasta Túnez. Y antes tengo que revisar esa rueda, claro. Me voy”, pienso. En la entrada, el chico de los dibujos mira al horizonte, sentado en su silla de plástico, dejando pasar el tiempo. Me repite que los vende para pagarse los estudios. Y lo repite distraído, con la misma desgana que antes, creyéndolo un poco menos. Esta vez le compro uno.

Ksar Ouled Soltane croquis
Dibujo del Ksar Ouled Soltane que le compré al chico

De regreso de Tataouine paro, al fin, a revisar la rueda. Está deshinchada pero no hay pinchazo. Ningún problema. A veces uno se obsesiona tanto con algo que hasta le impide disfrutar del camino como éste se merece. Y cuando te das cuenta ya es demasiado tarde, porqué esa rueda nunca estuvo pinchada y el Ksar Ouled Soltane se merecía algo más que un par de paseos nerviosos y algunas fotos impacientes. Y ahora, algunos años después, en mi mente hay más espacio para esa rueda deshinchada que por haber disfrutado de un lugar maravilloso con calma, como se merecía.

Llego a Gabès 15 minutos antes de las 8. La oficina de alquiler de coches está cerrada, aunque un cartel bien grande en la entrada indica que cierran a las 8. Me desespera pensar en perder un día entero en esta ciudad de la que poco me atrae y en la que no tenía ninguna intención de quedarme. En el interior de la oficina todo está oscuro y sin movimiento. Sin tiempo para blasfemias alguien me toca el brazo y me hace señas para que lo siga mientras me sonríe soltando palabras en árabe. Unos metros más allá me invita a entrar a una peluquería. En el interior, con la cabeza cubierta de espuma de afeitar, un sonriente dependiente de la oficina de coches de alquiler me saluda y me pide que me siente a esperar a que le afeiten la cabeza. “Tranquilo, siéntate y espera un momento. El horario dice que  cerramos a las 8, pero eso en Túnez es relativo”.

Reflexiones desde Irán

Irán, todavía no me he ido y ya te echo de menos.

Intento recordar y memorizar algunos de los momentos que he vivido durante estas dos semanas, aquí, a las puertas de dejar todo esto atrás. Es una batalla perdida, lo sé, mi memoria va a su aire y elije qué guardar y qué borrar en función de parámetros que desconozco y no controlo.

Hay paises con mezquitas más grandes que las iraníes, hay paises con desiertos más áridos, montañas más altas y restos de antiguos imperios mejor conservados. Hay, quizá, ciudades con bazares más grandes y antiguos que los de Isfahán o Teherán, o con callejuelas estrechas y laberínticas más espectaculares que las de Yazd. Irán tiene todo esto y, además, tiene los y las iraníes. Gente que te para por la calle para preguntarte si todo te va bien o si necesitas algo, que se acerca mientras comes o tomas un te preocupados por si te gusta lo que ves, curiosos de saber la imagen que tienen en el exterior, a menudo avergonzados de sus gobernantes. Un país de gente hospitalaria hasta el punto de parecer sospechosa de acabar pidiendo algo. Pero no, lo hacen porque son así, y cuando te das cuenta te dejas ir y lo disfrutas todavía más ¡Qué poco acostumbrados estamos a un carácter así! Una hospìtalidad que me ha sorprendido y, en algunos momentos, totalmente superado. Gente amable y cariñosa, gente confidente, con ganas de hablar de todo, que ve en el extranjero, creo, una ventana al exterior, una oportunidad para conocer qué hay más allá, alguien con quien hablar claro sin miedo a represalias. Un país maltratado por la prensa internacional, pacífico y tranquilo, ideal para viajar sin prisas y sin haber planificado nada más que las ganas de disfrutar del viaje.

Conversación a la entrada del bazar de Isfahán
Conversación a la entrada del bazar de Isfahán

Sin embargo, no todo son buenas noticias. Irán es un país con las libertades y los derechos humanos profundamente recortados, donde el chador y el pañuelo impuestos por el Islam forman parte del paisaje diario, donde líderes políticos contrarios al gobiernos son encarcelados y torturados. Un país extraño donde no se deja entrar a un acto de la universidad a un extranjero por miedo a que sea un espía español. Un territorio donde la religión manda sobre la política, un país donde el poder real está en Qom (centro religioso del país) y no en Teherán, donde la religión impregna el aire que se respira, sobretodo en las ciudades pequeñas y pueblos. En el Irán de 2014 el valor de una mujer es la mitad que el de un hombre y los homosexuales son condenados a latigazos o, incluso, con la pena de muerte.

Una pareja cogida de la mano buscando un rincón en los jardines donde tener un poco de intimidad. Miradas de deseo que se cruzan en la calle sin ninguna experiencia para convertirlas en palabras. Una pareja se da un beso en la palma de la mano y después se dan la mano, simbolizando un beso. Pequeños gestos que desafían un régimen. Pero ¿dónde está ese Irán del que todo el mundo comenta que 30 años atrás parecía un país europeo?¿Dónde están esas mujeres con bañador y pelo descubierto? En el Irán del 2014 seguro que no. ¿Cómo han llegado hasta aquí? ¿Por qué en el 1979 forzaron una Revolución Islámica que parece que les ha hecho caminar hacia atrás? Preguntas que día a día surgen en conversaciones interesantes, mientras desayuno en un hostal o tomo el te a media tarde. Nadie parece entender porque todo es así y no cambia, ni los extranjeros que me voy encontrando ni los iraníes a los que se lo pregunto: “A los iraníes no los entendemos ni los iraníes”, me dice Alí.

Caminando por el cauce seco del río Zayandeh Rud en Isfahán
Caminando por el cauce seco del río Zayandeh Rud en Isfahán

90%. La cifra se repite allá donde vaya. Kermán, Yazd, Shiraz, en el autobús camino de Teherán o cenando un kebab en Isfahán. 90%. Como si alguien hubiera pregonado ese número y todo el mundo se lo hubiera hecho suyo, así como la frase tétrica que lo sigue: “El 90% de la gente está en contra del gobierno, pero no podemos hacer nada”.

Y cuando la nebulosa era más densa y opaca, cuando menos lo entendía todo, aparece de la mochila el último libro para leer durante el viaje, “El Sha” de Kapuscinski. En “El Sha” se explican las torturas, asesinatos, secuestros y detenciones que sufrió la población durante el reinado del último Sha hasta la abdicación de éste y el estallido de la Revolución Islámica. Poco a poco, a medida que el libro avanza, la nebulosa densa y opaca va haciéndose más transparente, como un ovillo de alambre que va deshaciéndose, como si todo tuviera de pronto una cierta justificación histórica. Los iraníes no eligieron el Islam porque no les gustaba vivir libres y en un país moderno, se refugiaron en el Islam huyendo de una dictadura criminal, encontraron en las mezquitas el único lugar donde poder expresarse en libertad y escucharon en los mensajes de los ayatollah el único discurso contrario a todo un sistema corrupto y represor que los aniquilaba si se mostraban en contra.

Ciudadela de Rayen
Ciudadela de Rayen

He compartido ratos con viajeros empedernidos de los de “lo dejo todo para hacer la vuelta al mundo”, con los que mi viaje se ha ido haciendo cada vez más pequeño, minúsculo. He conversado largamente con iraníes, he paseado por las calles de ciudades de las “Mil y una noches” y he vivido fiestas tradicionales en casa de un iraní fantástico. Mezquitas, bazares, ciudades de la Ruta de la Seda, tumbas de antiguos poetas persas y historias de alfombras voladoras. Tes a media tarde, kebabs de pollo, arroz y cerveza sin alcohol. Y todo esto en dos semanas.

Compra un billete a Irán, deja en casa todo lo que pensabas que sabías del país, habla con tantos iraníes como te sea posible, trata de entender un país con una historia tan larga que te hará sentir pequeño, insignificante. Y sobretodo, no viajes con nada cerrado porqué seguro que algún iraní te invita a su casa y tus planes cambian sin remedio. Ahora que lo pienso, si yo pudiera lo volvería a hacer ahora mismo.

Aeropuerto de Teherán, 13 de marzo de 2014, 3:30 am.