La Revolución Islámica de 1979

No fue una revolución religiosa. Al menos no lo fue al principio. Los miles de iraníes que se jugaron la vida durante meses para derrocar al sah no veían en el islam la solución a sus problemas; las mujeres no deseaban vestir con chador ni era voluntad del pueblo construir más mezquitas. Sin embargo, pese a todo eso, la lucha por la democracia y la libertad del pueblo iraní fue bautizada como Revolución Islámica y acabó siendo liderada por un ayatolá que regresaba del exilio.

En aquellos años no había partidos políticos ni sindicatos legales contrarios al sah. Solo existía un partido, el Rastakhiz, que respondía a las órdenes del monarca. Nadie que no estuviera en prisión o en el exilio podía liderar un movimiento latente que durante años se fue cociendo en los comedores de las casas y en los pasillos del bazar. Por ese motivo no había una cabeza que cortar, había miles: los trabajadores de las fábricas, los estudiantes, los obreros, los abogados, los científicos, los jueces, los profesores. Todos protestaban. Y a cada protesta que se organizaba, el régimen respondía con golpes, tortura y muerte.

Protestas contra el régimen del sah (Teherán 1978)
Protestas contra el régimen del sah (Teherán 1978)

Las mezquitas y las tradiciones musulmanas también tuvieron un papel crucial. Las convocatorias religiosas eran legales por lo que en los templos había libertad de reunión y expresión; poderse congregar sin peligro de ser detenido por ello era, en el Irán de finales de la década de 1970, un lujo que había que aprovechar. El mulá ponía voz a las demandas que en la vida pública no estaba permitido expresar; hablaba por quienes no podían hacerlo y decía lo que muchos querían escuchar.

Existe la tradición islámica de recordar a los fallecidos pasados cuarenta días de su muerte. A cada protesta que acabara con víctimas mortales (y esto era muy habitual) había una concentración llena de rabia y dolor cuarenta días después. Si esta concluía también con muertos, entonces cuarenta días más tarde la manifestación era todavía más multitudinaria. De esta manera, las protestas se sucedieron por las grandes ciudades como si una bola de nieve cargada de muerte y dolor avanzara sin control: Qom, Teherán, Tabriz, Yazd, Mashad, Isfahán…el país entero se había levantado y protestaba. ¿Y el ejército? Respondió con contundencia.

Un día sucedió algo importante. Los cánticos de “Muerte el sah” y demás proclamas contrarias a la monarquía fueron acompañados de consignas a favor de Jomeini. Otro día, en otra manifestación, aparecieron imágenes suyas. Al día siguiente ya era el líder de la revolución. En octubre de 1978 el ayatolá abandonó Irak para refugiarse a las afueras de París. Desde allí organizó la transición y su regreso a Irán con la ayuda de Europa y Estados Unidos. ¿Por qué Jomeini? En Irán sabían que no era la persona más adecuada, pero no había otra. El clérigo consiguió que diferentes ideologías apoyaran su regreso. Unos lo veían como una solución provisional, otros como un mal necesario para alcanzar un futuro estado socialista. Incluso los comunistas de la Tudeh, después de un intenso debate interno, vieron con buenos ojos su retorno. Por otro lado, la comunidad internacional no aceptaba la situación de represión y violencia que se vivía en Irán. El sah estaba perdido, todo el mundo lo sabía excepto él. La dinastía Pahlevi se tambaleaba y había que preparar la sucesión. Para Estados Unidos y Europa, en plena Guerra Fría contra el comunismo soviético, Jomeini también era una alternativa aceptable: confiaban que el anticomunismo del religioso evitaría que la revolución cayese en manos de los comunistas y, de rebote, de la URSS. Nazanín Armanian y Martha Zein relatan en Irán. La Revolución Constante: “Su libertad para agitar a la ciudadanía iraní es ilimitada. Los mulás reciben sus sermones y discursos grabados en cintas de cassette. En ellas escuchan las razones para luchar contra el sah y contra Occidente: la corrupción moral y el libertinaje que generan […], el saqueo a los recursos del país, y el apoyo que ambos prestan a Israel. Si los teléfonos, panfletos y pintadas sobre los muros de las ciudades eran la herramienta para organizar las manifestaciones de la juventud universitaria por todo el país, aquellas cintas permitían que ciertos mensajes llegaran a los oídos de quienes no sabían leer ni escribir, los que residían en los pueblos más remotos del país y a quienes se les hacía llegar a través de los coches y los camioneros”.

Protestas pidiendo la abdicación del sah y el regreso de Jomeini (Teherán 1978)
Protestas pidiendo la abdicación del sah y el regreso de Jomeini (Teherán 1978)

Todo estaba decidido. La situación para el monarca era insostenible. Tras meses de manifestaciones y luchas, de torturas, presiones y más de un paso en falso, el sah y Farah Diba abandonaron Irán para siempre el 16 de enero de 1979. Al día siguiente, el periódico El País informaba de la noticia de la siguiente manera: “Visiblemente quebrantado, y en medio de una estruendosa manifestación de júbilo de su pueblo, el sha Mohammed Reza Pahlevi abandonó ayer Irán en dirección a Egipto, desde donde, probablemente, continuará el viaje a Estados Unidos en los próximos días. Mientras los ayatollahs y la multitud festejaban en la ciudad la partida del monarca y lo que se considera el fin de la corta dinastía Pahlevi, en el sur de Irán se registraba un terremoto de gran magnitud (7,1 en la escala de Richter). Hasta el último momento, cuando algunos oficiales de su guardia le besaban los pies en el aeropuerto, el sha insistió en que salía del país para tomarse unas «vacaciones»”. Dos días más tarde, el mismo periódico atribuía al presidente francés, Valery Giscard d’Estaing, la siguiente afirmación: “El sha supo ser Franco, pero no ha sabido ser Juan Carlos”.

Jomeini aterrizó en Teherán el día 1 de febrero de 1979. Tras 2.500 años de monarquía, el clérigo regresaba del exilio para convertir a Irán en una República Islámica. Lo que ha sucedido desde entonces nada tiene que ver con lo que en ese momento de júbilo y celebración se esperaba. Jomeini no cumplió muchas de sus promesas, ni con los propios iraníes (y mucho menos con las iraníes) ni con aquellos países que confiaban que con su regreso mantendrían el control sobre la región. En palabras del fotógrafo iraní Kaveh Kazemi en la revista 5W: “Había pasado solo un mes desde la victoria de la Revolución, pero ya se hablaba de imponer el uso obligatorio del hiyab. Por aquel entonces se había empezado a alejar a algunas mujeres de puestos de responsabilidad, por ejemplo en el sistema judicial, y todas las empleadas gubernamentales tenían que cubrirse. Aquel 8 de marzo varios miles de mujeres se reunieron frente a la oficina del primer ministro y empezaron a agitar pañuelos en señal de protesta. La Policía las miraba desde la distancia. Ese día quedó en evidencia lo que iba a ser este sistema islámico. Gradualmente la situación fue cambiando: llegó la imposición del velo, el uso del roupush —o gabardina— con el que tenían que cubrirse, la prohibición de usar esmalte de uñas para ellas o camisas de manga corta para ellos. Si se bebía alcohol se recibían latigazos”.

Regreso triunfal de Jomeini tras su exilio
Regreso triunfal de Jomeini tras su exilio

Bibliografía:

  • Abrahamien, E. (1982). Iran between two revolutions. Princeton University Press.
  • Armanian, N & Zein, M. (2008). El Islam sin Velo. Ed. Del bronce.
  • Armanian, N & Zein, M. (2012). Irán, la Revolución constante. Flor del viento.
  • Axworthy, M. (2010). Irán. Una historia desde Zoroastro hasta hoy. Turner.
  • Esfandiary, S. (2004). El Palacio de las Soledades. Ed. Martínez Roca.
  • Gómez, C. & Kazemi, K. (2017). Los primeros años de la República Islámica de Irán. Revista 5W.
  • Hemeroteca El País.
  • Kapuścińksy, R. (2006). El Sha o la desmesura del poder. Ed. Anagrama.
  • Kavanagh, A. (2010). Irán por dentro. Ed. Jose J. de Olañeta.

“Borrachera de petróleo” (1970-1978)

La fiebre del oro llegó a Irán durante los años 70. El precio del petróleo se había duplicado en poco tiempo y el dinero fluía sin cesar. La rueda que mantenía vivo el crecimiento económico giraba más rápido que nunca. En la periferia de las grandes ciudades la gente tenía trabajo y sus hijos asistían al colegio. Eran años de florecimiento: se construyeron hospitales y universidades, descendió la mortalidad infantil y se abrieron nuevos negocios por todas partes. Todo iba viento en popa.

—Nuestro país en los próximos diez años será lo que vosotros sois hoy. En los próximos veinticinco años estaremos entre los primeros cinco países más prósperos del mundo —dijo el sah en una entrevista a un medio británico en 1974.

El sah es entrevistado por medios británicos (1974) (Fuente Kinolibrary Archive Film collection)
El sah es entrevistado por medios británicos (1974) (Fuente Kinolibrary Archive Film collection)

Mohammed Reza Pahlevi aprovechó el océano de dólares en el que navegaba para multiplicar su fortuna y para mimar a la joya de su corona: el ejército. En pocos años gastó miles de millones en armamento con el objetivo de convertirse en la mayor potencia militar de la zona. Sin embargo, “el milagro iraní no era más que una borrachera de petróleo”, tal y como escriben Nazanín Armanian y Martha Zein en Irán. La revolución constante. El exceso de dinero en funcionamiento y la pésima planificación apremiaron una crisis económica que golpeó con dureza a la clase trabajadora: hubo escasez de algunos productos, se multiplicó la inflación, aumentó el paro y se disparó el precio de los alquileres, alcanzando cotas impagables incluso para una buena parte de la clase media. Lo peor era que, frente al empobrecimiento general, la clase alta iraní vivía a todo lujo en los barrios altos de la capital, dilapidando fortunas en estupideces y sin privarse de pavonear en público.

El “milagro iraní” llegó a oídos de Europa y Estados Unidos como un altavoz que emite mensajes pegadizos de sueños a cumplir. Los aventureros y empresas extranjeras se multiplicaron en pocos años en el centro de Teherán. Llegaron sin intenciones de mezclarse con los locales (pobres): construyeron escuelas propias, erigieron hospitales solo para ellos y enviaron a sus hijos a estudiar a las mejores universidades extranjeras. Los iraníes (pobres) miraban el espectáculo con incredulidad y rabia desde los barrios marginales de la periferia. Michael Axworthy en Irán, una historia desde Zoroastro hasta hoy escribe: “Muchas de estas personas habían llegado a Teherán pletóricas de ilusiones, pero, a finales de la década de 1970, la ciudad se había convertido en la capital del resentimiento, de los deseos insatisfechos y de las aspiraciones frustradas de mucha gente”.

Mujeres iraníes en 1975
Mujeres iraníes en 1975

¿Y el sah? Supongo que no lo vio venir. El régimen aumentó la represión a todo aquel que no vanagloriara al monarca. La Savak se infiltró en las fábricas y en el bazar, controló a los medios de comunicación y torturó y amenazó como nunca antes lo había hecho. Si había protestas, había represión. Los dos partidos políticos legales se fundieron en uno solo, el Rastakhiz (Resurrección) que se convirtió en el partido a afiliarse en caso de no querer ser acusado de traidor o comunista. Mohammed Pahlevi se aisló de su pueblo: viajaba en helicóptero, asistía a los desfiles dentro de una cabina de cristal (tras sufrir varios intentos de asesinato) y se rodeó de quiénes más le reían sus gracias. “El único defecto de nuestro sah es ser demasiado bondadoso con su pueblo; sus ideas son tan grandiosas que no alcanzamos a comprenderlas”, se cita en Iran between two revolutions de Ervand Abrahamien. En resumen, “a finales de 1977 el sah se había distanciado de los ulemas y de los bazaristas, y su política había generado en Teherán una amplia clase trabajadora, pobre y desarraigada. Su política represiva y las constantes violaciones de los derechos humanos lo habían apartado, además, de la gran mayoría de la clase media cultivada, que constituía su sostén natural”, recapitula Michael Axworthy en Irán. Una historia desde Zoroastro hasta hoy. La mecha de la Revolución ya estaba encendida.

Bibliografía:

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  • Kavanagh, A. (2010). Irán por dentro. Ed. Jose J. de Olañeta.

“¡El sah debe marcharse, muerte al sah!” (1963-1978)

El ayatolá Jomeini era uno de los eruditos más valorados y carismáticos de Qom. Era conocido por sus opiniones acerca de los principios de la doctrina islámica, la mística y la moral, materias que enseñó durante años en el Seminario Teológico de Nayaf, uno de las más importantes de la ciudad. Su carisma y sus ideas explícitas contra el sah le habían proporcionado una gran popularidad entre los ayatolás contrarios al régimen, así como entre todos aquellos que se aferraban a una concepción ortodoxa del Islam. Sin embargo, pese a ser reconocido y admirado por muchos, Jomeini no era ni el más importante ni el más influyente de los ayatolás de Irán.

Ayatolá Jomeini
Ayatolá Jomeini

A mediados de 1963, Jomeini y otros ocho clérigos encabezaron una manifestación que congregó a miles de personas en las calles del centro de Teherán. Protestaban contra la Revolución Blanca, por las reformas progresistas que esta imponía y por la posibilidad de que las mujeres pudieran votar, así como por la inmunidad que entonces tenían los estadounidenses en territorio iraní. Para una buena parte de la población, ese hecho no solo hacía patente la sumisión de Irán y las políticas del sah al país americano, sino también a su aliado judío de Israel. Y eso era inaceptable. La de ese día no fue una manifestación cualquiera, una más de las que en aquellos días se sucedían con cierta frecuencia: Jomeini fue inmediatamente detenido y encarcelado. La ola de protestas que creció por las principales ciudades obligó al gobierno a decretar la Ley Marcial. Meses después de ser liberado y, tras varios intentos sin éxito de iniciar una revolución contra el monarca, Jomeini fue finalmente expulsado de Irán.

Jomeini criticando las políticas del sah en Qom (1963)
Jomeini criticando las políticas del sah en Qom (1963)

Durante su exilió en la vecina Irak, el clérigo nunca perdió el contacto con la actualidad iraní; en la distancia intensificó su papel opositor a la monarquía y diseñó las bases del futuro país que quería erigir a su regreso. Entre otras muchas medidas propuso, por primera vez en la historia de Irán, la islamización del Estado, es decir, la fusión hasta entonces nunca consumada de política y religión. Durante años esperó pacientemente su oportunidad, manteniendo una postura crítica con la dictadura del sah. ¿Por qué fue Jomeini el elegido para encabezar la Revolución Islámica quince años después de su partida? La censura promovida por la monarquía se había encargado de que los jóvenes iraníes no conocieran al clérigo ni fueran, por lo tanto, seguidores de sus ideas. Además, existía cierto desinterés hacia todo aquello que representara el retorno a un pasado lejano contrario a los ideales de modernidad y futuro. Kapuściński en El Sha o la desmesura del poder propone lo siguiente: “A nadie se le ocurrió actuar como lo hizo Jomieni. […] Ponerse ante la gente y exclamar: «¡El Sha debe marcharse!». Cuando lo dijo por primera vez, sonó como el grito de un maníaco, de un loco. La monarquía aún no había agotado todos sus recursos de permanencia. Sin embargo, la función se estaba acercando poco a poco hacia su desenlace; el epílogo no tardaría en hacerse inminente. Entonces todo el mundo recordó lo que había dicho Jomeini y lo siguió”. Otros autores consideran que fue el papel que jugaron Francia, Inglaterra, Alemania y EEUU el que devolvió a Jomeini al poder: en plena Guerra Fría, el islamismo que proponía Jomeini se había convertido en un aliado contra la URSS. La maquinaria informativa y diplomática de estos países se puso en marcha para asegurar que la revolución del pueblo iraní fuera liderada por alguien elegido por ellos.

Protestas por la detención de Jomeini en Teherán (1963)
Protestas por la detención de Jomeini en Teherán (1963)

En cualquier caso, el sah había prohibido los partidos políticos y todo tipo de asociación contraria a sus ideas; cualquier posible líder capaz de encabezar el movimiento había que buscarlo en los calabozos de alguna cárcel de Teherán o exiliado en el extranjero. Pero el pueblo necesita líderes a los que escuchar y seguir. Jomeini aprovechó el vacío de liderazgo para situarse al frente del movimiento popular desde la distancia. En 1978, una vez las protestas que terminarían con el exilio del sah había empezado, el ayatolá se trasladó a Francia para negociar su regreso a Irán. Allí supo ganarse el beneplácito de los países occidentales; Jomeini fue hábil y astuto, supo esperar y maniobrar, y su regreso a Irán fue triunfal.

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La Revolución Blanca (1963)

El sah estaba muy preocupado: sus aires de grandeza eran inabarcables pero no había conseguido ser querido por su pueblo. Tenía que hacer algo, recuperar la confianza de sus súbditos y demostrarles el gran monarca que era. El aumento de la represión policial contra sus detractores así como la violencia extrema que la policía secreta, la Savak, utilizaba en sus operaciones había debilitado su imagen. El pueblo tenía que entenderlo, su posición era muy delicada: estaba rodeado de comunistas encubiertos, de nacionalistas que no entendían la necesidad de tener aliados en el extranjero, de grupos de izquierda que querrían verlo muerto. Todo el mundo parecía estar en su contra, todos parecían trabajar en las sombras contra él. ¿De quién podía fiarse? Solo de su ejército y de su policía, ellos eran los únicos leales.

Mohammed Reza Pahlevi era consciente de la necesidad de modernizar el país para competir en el marco internacional. Se imponía crear una élite empresarial que diseñara, creara y exportara productos por todo el mundo; una nueva clase social que viajara y se codeara con las élites de las demás potencias. Definitivamente, Irán no podía perder el tren de la modernidad.

El sha visita el presidente Kennedy en Washington D.C. (1963)
El sha visita el presidente Kennedy en Washington D.C. (1963)

La solución a todos estos problemas se puso en marcha en enero de 1963 bajo el nombre de Revolución Blanca. Entre otros aspectos, la propuesta del sah incluía la Reforma Agraria de cerca del 70% de las propiedades, el fin de la prohibición del voto de las mujeres y una serie de medidas sociales que beneficiaban a la clase trabajadora. Por si no fuera poco, para mostrar todavía más su espíritu conciliador y cercano, Mohammed Reza decidió someter la propuesta a un referéndum con el fin de que todo el mundo pudiera participar de la histórica reforma. La ley fue aprobada por un 90% de los votantes. El resultado era sospechoso, más teniendo en cuenta que los partidos políticos no prohibidos por el monarca estaban liderados por candidatos elegidos por él mismo.

Lejos de conseguir las mejoras por las que fue propuesta, la Revolución Blanca fracasó de forma inapelable en casi todos los aspectos. La Reforma Agraria transformó miles de hectáreas de agricultura tradicional en explotaciones industriales en las que no era necesaria tanta mano de obra. Millones de campesinos iniciaron un éxodo masivo hacia las grandes ciudades que, sin embargo, no tenían una estructura industrial preparada para asimilar tal cantidad de población. Los nuevos urbanitas se instalaron en las afueras de las urbes, en barrios marginales, mal preparados y en condiciones muy deficientes. Tal y como Nazanín Armanian y Martha Zein indican en Irán, la Revolución constante: “Por mucho que el régimen fuerce la asimilación de los patrones de la economía de mercado, la estructura atrasada del país y el sistema político autoritario impiden su arraigo. […] Tuvo que hacerse evidente lo que parecía de sentido común: que una revolución por decreto era inviable, que imponer una falsa evolución de la historia terminaría en fracaso”.

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Los primeros años de la dictadura Pahlevi (1953-1963)

“Todo lo que ocurre en Irán sucede por el interés de alguna potencia extranjera”. Esta creencia se propagó entre el pueblo tras el Golpe de Estado perpetrado por la CIA que permitió el regreso del sah de su exilio en Roma. Tras su llegada, el monarca diseñó un sistema rígido e individualista que no admitía divisiones ni discrepancias. Se acabó con el florecimiento democrático y cultural que se había vivido desde su llegada al poder y que había provocado el zarandeo inesperado de las políticas de Mossadegh: los candidatos a las elecciones de 1954 fueron seleccionados por el régimen, el partido del antiguo Primer Ministro fue disuelto y los comunistas de la Tudeh fueron perseguidos.

Mohammed Reza Pahlevi saludado por militares iranies tras sel golpe de Estado y su regreso del exilio
Mohammed Reza Pahlevi saludado por militares iranies tras sel golpe de Estado y su regreso del exilio

El sah creó, con ayuda de la CIA, la Savak, la agencia de seguridad iraní que actuaba como policía secreta a las órdenes del monarca. La Savak persiguió, torturó, humilló y asesinó a miles de opositores hasta su disolución tras la Revolución Islámica. Todo estaba controlado por sus agentes secretos. Kapuściński la describe en El Sha o la desmesura del poder: “La Savak no tenía ningún cuartel general, estaba diseminada por toda la ciudad (y por todo el país), estaba en todas partes y en ninguna. Ocupaba edificios, villas y pisos que no llamaban la atención de nadie, que no llevaban letrero alguno o lo llevaban de firmas e instituciones inexistentes. Los números de teléfono solo eran conocidos por los iniciados. La Savak tanto podía alquilar habitaciones en un bloque de pisos corriente como entrar en sus oficinas de investigación a través de una tienda, una lavandería o un bar nocturno. En esas condiciones todas las paredes podían tener oídos y todos los portales, puertas y postigos podían conducir a sus sedes. Quien cayese en manos de esta policía, desaparecería sin dejar rastro por mucho tiempo (o para siempre). Desaparecía de repente, nadie sabía qué le había ocurrido, dónde buscarlo, adónde dirigirse, a quién preguntar, a quién suplicar. Tal vez lo habían encerrado en una de las cárceles, pero ¿en cuál? Había seis mil. […] La Savak gobernaba en los centros de enseñanza, en las oficinas y en las fábricas. Era un enorme monstruo que lo envolvía todo en sus redes, que se deslizaba hasta los rincones más recónditos, en todas partes pegaba sus ventosas, fisgaba, husmeaba, rascaba, barrenaba”.

La disputa con el Reino Unido por los beneficios del petróleo se solucionó con un aumento del porcentaje de los beneficios para Irán. Ahora el dinero fluía en grandes cantidades y Mohammed Reza no tardó en gastarlo de la misma manera que lo hubiera hecho su padre: comprando armamento. También invirtió en grandes proyecto de ingeniería, en la creación de industria y en la mejora de la educación, sobre todo en las grandes ciudades. Además, se incrementaron las inversiones privadas extranjeras que favorecieron el crecimiento continuado de la economía.

En 1959, el sah se casó con su tercera y última esposa, Farah Diba, en la que periódicos de todo el mundo calificaron como “una de las bodas del siglo”. En el exterior se vivía con entusiasmo el desarrollo acelerado del país: Irán desprendía lujo, fiestas en palacios cubiertos de oro y grandes viajes de ensueño. Los monarcas eran recibidos con los mayores honores y llenaban revistas del corazón a doquier. Eran años de prosperidad: la economía funcionaba, la imagen exterior era excelente y las condiciones de vida mejoraban. Pero los más empobrecidos seguían ajenos a los bamboleos del sah, desatendidos e ignorantes. Durante esos años de florecimiento económico, lujo y cuentos de hadas, se plantaron las semillas de la desigualdad y la frustración que años después arrasarían con ese mundo de ostentación y riqueza desenfrenada.

Mohammed Reza Pahlevi y Farah Diba durante la ceremonia de matrimonio (21/12/1959)
Mohammed Reza Pahlevi y Farah Diba durante la ceremonia de matrimonio (21/12/1959)

Bibliografía:

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El regreso del todopoderoso «shainsha» (1953)

El sah Mohammed Reza Pahlevi seguía con expectación desde su exilio en Roma todo lo que ocurría aquellos días en Irán. Las multitudes contrarias al monarca festejaban su huida llenando las calles de grandes manifestaciones. Se vivía un ambiente de júbilo por la expulsión de aquel villano que pregonaba con aliados occidentales que solo querían el dinero y el petróleo del país.

Durante aquellos días, la CIA y el MI6 habían iniciado en secreto una operación para devolver el poder al sah y, de rebote, para recuperar el control geopolítico de la región. El primer objetivo era volver a la opinión pública contra Mossadegh. Para ello usaron todos los recursos necesarios: planearon una campaña de desprestigio en los medios de comunicación, simularon atentados y amenazas telefónicas a líderes religiosos en nombre del partido comunista y organizaron manifestaciones contrarias al sah cuyo objetivo era sembrar el caos en la capital. Cinco días después de la huida del monarca, cuando una gran parte de la opinión pública ya había sido convencida, la CIA organizó una gran manifestación por el centro de Teherán que, junto al ejército, derrotó de forma definitiva a los partidarios del Primer Ministro. El golpe de Estado (bautizado como “Operación Ajax”) fue una carnicería: varios líderes comunistas fueron ejecutados, cientos de personas encarceladas y Mossadegh fue condenado a tres años de confinamiento, tras los que permaneció en arresto domiciliario el resto de su vida. El sah estuvo seis días en el exilio. Podía volver a casa, pero el camino de regreso estaba sembrado de sangre y plomo.

Tanques en Teherán durante el golpe de Estado de 1953
Tanques en Teherán durante el golpe de Estado de 1953

En ese violento 1953 algo importante cambió. El regreso de Mohammed Reza Pahlevi supuso el inicio de la época de mayor violencia y represión de su reinado. Durante ese año se forjaron los cimientos de la dictadura que lo mantendría como monarca con inflexibilidad y mano dura hasta su huida desesperada tras la Revolución Islámica de 1979. Una huida que se llevó al sah y a toda la dinastía Pahlevi de nuevo al exilio. Esta vez de forma definitiva.

Arresto de Mohammed Mossadegh
Arresto de Mohammed Mossadegh

Bibliografía:

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La huida del sah (1951-1953)

Las políticas nacionalistas y de democratización del sistema político iraní que impulsaba el Primer Ministro Mossadegh le habían proporcionado el respaldo de amplios sectores de la sociedad. Esas mismas políticas, sin embargo, le mantenían enfrentado con el sah, con las elites económicas y con el ejército. Era el hombre de moda: su decreto más famoso, la nacionalización del petróleo a principios de 1951, le valió el título de hombre del año por la revista Time. El cambio de rumbo del gobierno encendió las alarmas de Inglaterra y Estados Unidos: en pleno apogeo de la Guerra Fría no se podía permitir que el petróleo iraní dejara de estar bajo su control y acabara en manos de la Unión Soviética. Además, por si no fuera poco, el Primer Ministro mantenía buenas relaciones con el partido comunista Tudeh. ¡Menuda ofensa! Ambos países actuaron con celeridad promoviendo un veto al petróleo procedente de Irán que le cerró las puertas de todos los mercados internacionales. Por mucho que el gobierno suplicara eliminar el veto, la postura de ambas potencias se mantuvo rígida. Por si no fuera suficiente, todos los demás países importadores les obedecieron por lo que el dinero de la venta del mayor tesoro iraní desapareció de golpe.

Mohammed Mossadeg, hombre del año para la revista Time (1951)
Mohammed Mossadeg, hombre del año para la revista Time (1951)

Para Gran Bretaña solo había una manera posible de desencallar la situación: Mossadegh tenía que ser derrocado. Ya fuera por las buenas o por las malas. Organizó junto a la CIA un plan para desestabilizar al gobierno y forzar la dimisión del Primer Ministro. Tenía que parecer un movimiento popular aunque en realidad no lo fuera: sobornos a parlamentarios y clérigos, convocatorias de manifestaciones de protesta, difusión de propaganda en los medios de comunicación. El elegido para el cargo de Primer Ministro era Fazlolláh Zahedi, un general retirado que ya había conspirado contra Mossadegh unos meses atrás. Sin embargo, todas esas maniobras fracasaron. Se activó entonces el plan B: la CIA había previsto un dispositivo militar listo para tomar Teherán y asegurar el golpe de Estado. Solo faltaba la firma del sah en el decreto de destitución. A Mohammed Pahlevi le asaltaron las dudas pero al final sucumbió a las presiones y firmó el documento en agosto de 1953.

Militares y seguidores del sah tras el golpe de Estado por las calles de Teherán (1953) (Fuente: AFP)
Militares y seguidores del sah tras el golpe de Estado por las calles de Teherán (1953) (Fuente: AFP)

Soraya Esfandiary, la segunda mujer del monarca, vivió muy de cerca esos días de complots y traiciones. En su biografía El palacio de las soledades relata otra versión de lo sucedido: “La prensa afirmaría que la operación fue llevada a cabo por la CIA. Pero eso es falso. El complot partió de Teherán, y, aunque después recibió el apoyo financiero de Estados Unidos, fue el fruto de nuestra propia iniciativa”. Según ella, la idea de un golpe de Estado para derrocar al Primer Ministro fue suya. “Permitir que Mossadegh permanezca en el poder significa vender Irán a Moscú”. Soraya detalla la conversación en la que le propuso la idea al sah:

“—Solo un golpe de Estado contra Mossadegh puede salvar el país.

—Pero, eso es imposible —replicó el sah, herido en su amor propio—. ¿Cuándo se ha visto que un monarca conspire contra su propio gobierno?

—¡Pues será el primero en hacerlo!

Me miró detenidamente. El cigarrillo temblaba entre sus dedos.”

Soraya Esfandiary junto a Mohammed Reza
Soraya Esfandiary junto a Mohammed Reza

En cualquier caso, durante la operación se cometió un error: Mossadegh estaba informado de todo el plan y mandó detener al mensajero antes de la entrega oficial del decreto. Las triquiñuelas sombrías se volvieron rápidamente contra palacio: los oficiales encargados de la operación militar desaparecieron, Zahedi se escondió y las calles de las principales ciudades se llenaron de multitudes a favor del Primer Ministro y en contra del sah. La operación había sido un fracaso.

Mohammed Reza, viéndose acorralado y sin capacidad para enderezar la situación de crisis, decidió exiliarse a Roma junto a su esposa Soraya, a la espera de solucionar el conflicto desde allí. Las fotografías de la llegada del sah al aeropuerto italiano muestran una inseguridad nunca vista hasta entonces en el monarca: tiene una actitud lejana, ajena a las decenas de paparazzis que lo perseguían, como si su mente estuviera muy lejos de allí. Es la imagen de alguien triste, derrotado; el aspecto de quien se creía el corazón de un país al que ahora ni siquiera sabe si podrá volver a pisar.

Mohammed Reza y Soraya Esfandiary durante su exilio en Roma (1953)
Mohammed Reza y Soraya Esfandiary durante su exilio en Roma (1953)

Bibliografía:

  • Abrahamien, E. (1982). Iran between two revolutions. Princeton University Press.
  • Armanian, N & Zein, M. (2008). El Islam sin Velo. Ed. Del bronce.
  • Armanian, N & Zein, M. (2012). Irán, la Revolución constante. Flor del viento.
  • Axworthy, M. (2010). Irán. Una historia desde Zoroastro hasta hoy. Turner.
  • Esfandiary, S. (2004). El Palacio de las Soledades. Ed. Martínez Roca.
  • Gómez, C. & Kazemi, K. (2017). Los primeros años de la República Islámica de Irán. Revista 5W.
  • Hemeroteca El País.
  • Kapuścińksy, R. (2006). El Sha o la desmesura del poder. Ed. Anagrama.
  • Kavanagh, A. (2010). Irán por dentro. Ed. Jose J. de Olañeta.

Su Majestad Imperial, Rey de Reyes y Luz de los Arios

Mohammed Reza Pahlevi fue proclamado sah en septiembre de 1941. Había estudiado en Suiza, lejos de su pueblo y de los vaivenes de palacio, pero la abdicación forzada de su padre lo había obligado a tomar el mando de un país damnificado por la guerra. La relación con su padre marcó profundamente su carácter: era tímido y enfermizo, como si fuera un soldado subordinado acobardado por las órdenes de su rígido, fuerte y despiadado superior. El nuevo monarca se había casado por conveniencia dos años atrás con la princesa Fawzia de Egipto, hija y hermana de reyes, en una pomposa ceremonia en El Cairo. El matrimonio era el máximo exponente del lujo y glamur de la época; sin embargo, la reina nunca encontró su sitio en la corte iraní y el matrimonio se divorció en 1948.

Fawzia de Egipto y Mohammed Reza (1939) (Fuente: EFE)
Fawzia de Egipto y Mohammed Reza (1939) (Fuente: EFE)

Al terminar la Segunda Guerra Mundial y bajo el reinado del nuevo sah, Irán vivió un florecimiento cultural y político: se abrieron periódicos y radios, se fundaron partidos como la Tudeh, el partido comunista (que fue posteriormente ilegalizado en 1949), y algunos opositores al régimen, encarcelados por el padre del monarca, regresaron a la escena política. Fue el caso de Mohammad Mossadegh, uno de los políticos iraníes más carismáticos del siglo XX, férreo defensor de la unidad nacional, la democracia y la constitución, que volvió al Parlamento tras las primeras elecciones del nuevo reinado.

La guerra también había ocasionado graves daños. A la escasez de alimentos y la profunda depresión económica, se sumó un gran sentimiento de humillación nacional por la invasión aliada. Germinó entre la población una gran antipatía hacia las tropas británicas, rusas y norteamericanas que seguían en Irán. El malestar social se focalizó en un aspecto concreto que centró el debate social y político durante meses: la necesidad de renegociar el reparto de los beneficios de la extracción de petróleo. Gran Bretaña obtenía cerca del doble de ingresos que el propio Irán y, pese a los intentos del monarca para cambiar las condiciones, la postura británica se había mantenido firme en la negativa.

Mossadegh aclamado por sus partidarios (1951)
Mossadegh aclamado por sus partidarios (1951)

Mossadegh gozaba de un amplio respaldo social. Reclamaba la nacionalización del petróleo y la democratización de las políticas del sah. Gran Bretaña, por su parte, amenazaba con asfixiar económicamente al país si se atrevía a modificar una coma del contrato. Pese a las amenazas británicas, el pueblo respaldaba a Mossadegh así que a principios de 1951 fue designado por el Parlamento como Primer Ministro. Lo que sucedió a continuación nadie lo esperaba, ni Mossadegh, ni Gran Bretaña ni tan siquiera el propio sah.

Bibliografía:

  • Abrahamien, E. (1982). Iran between two revolutions. Princeton University Press.
  • Armanian, N & Zein, M. (2008). El Islam sin Velo. Ed. Del bronce.
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  • Axworthy, M. (2010). Irán. Una historia desde Zoroastro hasta hoy. Turner.
  • Esfandiary, S. (2004). El Palacio de las Soledades. Ed. Martínez Roca.
  • Gómez, C. & Kazemi, K. (2017). Los primeros años de la República Islámica de Irán. Revista 5W.
  • Hemeroteca El País.
  • Kapuścińksy, R. (2006). El Sha o la desmesura del poder. Ed. Anagrama.
  • Kavanagh, A. (2010). Irán por dentro. Ed. Jose J. de Olañeta.

El origen de la dinastía Pahlevi (1925-1941)

El triunfo de la Revolución Rusa de 1917 sacudió el mundo y lo dividió en dos bandos: los bolcheviques liderados por Lenin y los países aferrados a la idea capitalista que miraban con temor la posible expansión de los ideales revolucionarios soviéticos.

Por aquel entonces la corona de Persia estaba en manos del joven e inseguro Ahmad Sah. Había sido coronado monarca con tan solo once años tras la abdicación y huida de su padre a territorio ruso tras la invasión de Teherán por fuerzas constitucionalistas. Persia era el primer bastión de resistencia frente al avance ruso hacia Oriente Medio y la India, por lo que tanto Europa como Estados Unidos vigilaban con mucho interés todo lo que ocurría en territorio persa. En 1908 sucedió un hecho que superó con creces la capacidad de maniobra del monarca y que cambió las reglas geopolíticas de Oriente Medio para siempre: el descubrimiento, en el oeste del país, de uno de los mayores depósitos de petróleo del mundo. Los británicos no tardaron en reaccionar: se aseguraron el suministro de combustible tras comprar la mayoría de acciones de la recién fundada Anglo-Persian Oil Company, que tiempo después acabaría llamándose British Petroleum primero, y BP en la actualidad.

Distribución de queroseno de la Anglo-Persian Oil Company (Fuente: www.bakhtiarifamily.com)
Distribución de queroseno de la Anglo-Persian Oil Company (Fuente: bakhtiarifamily. com)

A mediados de 1920 se produjo un alzamiento militar en el norte de Persia y se proclamó la República Soviética de Guilán, de ideología republicana y socialista. Sonaron las alarmas en Europa y Estados Unidos. No era solo por la posible expansión de los ideales soviéticos, era sobre todo por el petróleo. El desafío acabó fracasando. Las tropas cosacas dirigidas por el coronel Reza Khan fueron las encargadas de derrotar la insurgencia poco más de un año después de su levantamiento. Esa victoria frente a la amenaza socialista le aportó al joven coronel un gran prestigio como militar, tanto en Persia como a los ojos de las potencias imperialistas. El joven Reza Khan era un reputado estratega militar y un hombre de grandes aspiraciones nacionalistas; aprovechando la buena imagen adquirida, no tardó en convertirse en Primer Ministro en 1923 y, con el beneplácito y ayuda de Gran Bretaña, en el fundador de la nueva dinastía Pahlevi a finales de 1925.

La llegada del nuevo sah sacudió los cimientos de Persia. Reza Khan era un hombre ambicioso que pretendía modernizar el país de una manera similar a la que su colega Ataturk estaba haciendo en Turquía; sus métodos eran contundentes y sus aires de grandeza afloraron bien pronto: se autoproclamó Sah Reza el Grande, Rey de Reyes, Sombra del Todopoderoso, Nuncio de Dios y Centro del Universo.

Reza Khan y Ataturk (Fuente: historicaliran.blogspot.com)
Reza Khan y Ataturk (Fuente: historicaliran.blogspot.com)

La nueva dinastía introdujo cambios importantes: en 1935 Persia dejó de ser el nombre oficial en favor de Irán (los persas son, en realidad, la minoría mayoritaria del conjunto de pueblos y etnias que forman el país); se facilitó que las mujeres asistieran al colegio y que se incorporaran como trabajadoras a la industria; se prohibió el velo y el chador en la vestimenta; se construyeron carreteras y escuelas, líneas de ferrocarril, universidades y bibliotecas. Desde Occidente se contemplaba con entusiasmo la nueva modernidad y europeización de Irán. Sin duda, era una etapa de abertura propicia para algunos, aunque más que incierta para quienes no compartían los ideales del monarca.

El sah creó un ejército que combatió con mano dura todas las fuentes de insurgencia. No importaba si las quejas provenían de las tribus nómadas del desierto o de la comunidad religiosa de la ciudad santa de Mashad por las nuevas libertades adquiridas por las mujeres; esgrimía la misma contundencia con los periodistas liberales, poetas y escritores que con los campesinos inquietos. El sah era un hombre de acción y su ejército se hizo fuerte, atajando todos los frentes y sembrando represión, sangre y muerte a quien se atreviera a desafiarlo.

La Segunda Guerra Mundial marcó el destino del monarca. Reza Khan era seguidor de Hitler y por eso facilitó la entrada de soldados alemanes a territorio iraní. Las fronteras permanecían cerradas para los ejércitos aliados, que veían con gran preocupación el avance de las tropas nazis hacia el este y, de nuevo y como casi siempre, la posible pérdida del suministro de petróleo. No tardaron en tomar una decisión: en 1941, tropas rusas y británicas invadieron Irán sin apenas resistencia. El gran ejército del monarca había actuado con soltura y sin remordimientos contra sus propios ciudadanos, pero no disparó ni una sola bala en defensa de su país contra la invasión de ejércitos extranjeros.

Ese mismo año Gran Bretaña forzó la abdicación de Reza Khan en favor de su hijo Mohammed Reza Pahlevi. En su libro El Sha o la desmesura del poder, Ryszard Kapuścińksy describe lo que representaron los años de reinado de aquel joven oficial de métodos arcaicos y aires magnánimos: “Al lado de la crueldad, la codicia y las rarezas, el viejo sah también tuvo sus méritos […]. Sin embargo, el pueblo seguía pobre y apático, y, cuando Reza Khan murió, el pueblo, más que contento, celebró el acontecimiento durante mucho tiempo”.

Quizá sea Winston Churchill quien describió de manera más lúcida lo que verdaderamente Irán representaba en aquellos tiempos. En la conferencia de Teherán celebrada en 1943, en la que coincidieron Roosevelt, Stalin y Churchill, este último afirmó, en relación a la abdicación de Reza Khan dos años atrás: “Nosotros lo pusimos, nosotros lo quitamos”.

Stalin, Roosevelt y Churchill en la Conferencia de Teheran (1943)
Stalin, Roosevelt y Churchill en la Conferencia de Teheran (1943)

Bibliografía:

  • Abrahamien, E. (1982). Iran between two revolutions. Princeton University Press.
  • Armanian, N & Zein, M. (2008). El Islam sin Velo. Ed. Del bronce.
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  • Axworthy, M. (2010). Irán. Una historia desde Zoroastro hasta hoy. Turner.
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  • Gómez, C. & Kazemi, K. (2017). Los primeros años de la República Islámica de Irán. Revista 5W.
  • Hemeroteca El País.
  • Kapuścińksy, R. (2006). El Sha o la desmesura del poder. Ed. Anagrama.
  • Kavanagh, A. (2010). Irán por dentro. Ed. Jose J. de Olañeta.

Across the universe o cuando una canción te levanta del asiento pero no te deja bailar

Hoy he vuelta a escucharla después de mucho tiempo. No la he buscado claro, las mejores canciones no se piden, simplemente suenan. Estaba escondida en una de esas listas aleatorias que me acompañan durante horas y horas como música de fondo sin que les preste demasiada atención. Al escucharla ha sido como si de pronto se encendiera una lucecita en algún rincón olvidado del cerebro, como si algo empezara a bailar allí dentro. Es extraño. Hacía años que no me acordaba de ella. De hecho, creo que no era consciente de lo que esa canción significaba para mí hasta hoy. Escuchar Across the Universe de The Beatles ha sido como volver a ser aquel niño sentado en el asiento trasero de un viejo Seat en uno de esos interminables viajes de mi infancia camino a Santander.

“Words are flowing out like endless rain into a paper cup,

They slither while they pass, they slip away across the universe.

Pools of sorrow, waves of joy are drifting through my opened mind,

Possessing and caressing me.”

“No hay nada más seco que los Monegros”, pensaba siempre que los atravesábamos. Bujaraloz 46km leo en un cartel. Resopla mi padre al volante. Mi madre duerme hace rato; Laura también, tumbada a mi lado entre bolsas, maletas y los cojines de mi cama puestos allí para la ocasión. Cuando no había cinturones atrás los viajes eran menos seguros pero mucho más cómodos. Laura se ha dormido al salir de casa y se despertará para comer antes de volver a la oscuridad del sueño. Para ella un viaje a Santander es como echarse una siesta.

“Images of broken light which dance before me like a million eyes,

They call me on and on across the universe,

Thoughts meander like a restless wind inside a letter box,

They tumble blindly as they make their way across the universe.”

Me gusta recordar esos momentos. Entonces no lo sabía, claro, todavía faltaban algunos años para descubrir lo importantes que han sido para mí. Compartía el aburrimiento de las horas de autopista con mi padre. El atareado hombre trabajador tenía paciencia y ganas de hablar con su hijo. “¿Querrás ir a jugar al tenis algún día? ¿Te animas en septiembre con el inglés? ¿Me pasas el bocadillo?” A veces me pregunto si en esas charlas fue cuando realmente nos conocimos. También aprendí a hablar, prisionero en una celda de cuatro ruedas a toda velocidad junto a una madre logopeda:

— Habla con el estómago, no con la garganta —decía ella cansada de mis afonías.

— ¿Cómo voy a hablar con el estómago? —respondía yo sin entender nada.

— Vuelve a intentarlo —decía mientras se ponía la mano sobre sus costillas —nota la voz aquí.

Y claro, tras tantas horas dentro de ese coche, al final aprendí.

“Sounds of laughter, shades of life are ringing,

Through my open ears inciting and inviting me,

Limitless undying love,

Which shines around me like a million suns,

And calls me on and on across the universe.”

Cantabria y los Monegros

Ya cansados, al fin llegamos al verde. Qué bonita es Cantabria. Sigue siéndolo todavía, veinticinco años después de esos viajes, cuando el marrón del desierto desaparece de la retina y solo el viento más puro y fresco acaricia las mejillas. Echo de menos aquellos tiempos. Ojalá hubiera abrazado más a mis padres desde el asiento trasero, ojalá esas conversaciones rodadas del secarral más aburrido nunca hubieran terminado. Bujaraloz 46km decía la señal, y Across the Universe seguía sonando por la radio, una y otra vez, para terminar con esa estrofa tan preciosa y cálida en la voz de Lennon como hermosa profecía de final insospechado.

“Jai guru deva, om

Nothing’s gonna change my world

Nothing’s gonna change my world

Nothing’s gonna change my world

Nothing’s gonna change my world”