El regreso del todopoderoso “shainsha” (1953)

El sah Mohammed Reza Pahlevi seguía con expectación desde su exilio en Roma todo lo que ocurría aquellos días en Irán. Las multitudes contrarias al monarca festejaban su huida llenando las calles de grandes manifestaciones. Se vivía un ambiente de júbilo por la expulsión de aquel villano que pregonaba con aliados occidentales que solo querían el dinero y el petróleo del país.

Durante aquellos días, la CIA y el MI6 habían iniciado en secreto una operación para devolver el poder al sah y, de rebote, para recuperar el control geopolítico de la región. El primer objetivo era volver a la opinión pública contra Mossadegh. Para ello usaron todos los recursos necesarios: planearon una campaña de desprestigio en los medios de comunicación, simularon atentados y amenazas telefónicas a líderes religiosos en nombre del partido comunista y organizaron manifestaciones contrarias al sah cuyo objetivo era sembrar el caos en la capital. Cinco días después de la huida del monarca, cuando una gran parte de la opinión pública ya había sido convencida, la CIA organizó una gran manifestación por el centro de Teherán que, junto al ejército, derrotó de forma definitiva a los partidarios del Primer Ministro. El golpe de Estado (bautizado como “Operación Ajax”) fue una carnicería: varios líderes comunistas fueron ejecutados, cientos de personas encarceladas y Mossadegh fue condenado a tres años de confinamiento, tras los que permaneció en arresto domiciliario el resto de su vida. El sah estuvo seis días en el exilio. Podía volver a casa, pero el camino de regreso estaba sembrado de sangre y plomo.

Tanques en Teherán durante el golpe de Estado de 1953
Tanques en Teherán durante el golpe de Estado de 1953

En ese violento 1953 algo importante cambió. El regreso de Mohammed Reza Pahlevi supuso el inicio de la época de mayor violencia y represión de su reinado. Durante ese año se forjaron los cimientos de la dictadura que lo mantendría como monarca con inflexibilidad y mano dura hasta su huida desesperada tras la Revolución Islámica de 1979. Una huida que se llevó al sah y a toda la dinastía Pahlevi de nuevo al exilio. Esta vez de forma definitiva.

Arresto de Mohammed Mossadegh
Arresto de Mohammed Mossadegh

Bibliografía:

  • Abrahamien, E. (1982). Iran between two revolutions. Princeton University Press.
  • Armanian, N & Zein, M. (2008). El Islam sin Velo. Ed. Del bronce.
  • Armanian, N & Zein, M. (2012). Irán, la Revolución constante. Flor del viento.
  • Axworthy, M. (2010). Irán. Una historia desde Zoroastro hasta hoy. Turner.
  • Esfandiary, S. (2004). El Palacio de las Soledades. Ed. Martínez Roca.
  • Gómez, C. & Kazemi, K. (2017). Los primeros años de la República Islámica de Irán. Revista 5W.
  • Hemeroteca El País.
  • Kapuścińksy, R. (2006). El Sha o la desmesura del poder. Ed. Anagrama.
  • Kavanagh, A. (2010). Irán por dentro. Ed. Jose J. de Olañeta.

La huida del sah (1951-1953)

Las políticas nacionalistas y de democratización del sistema político iraní que impulsaba el Primer Ministro Mossadegh le habían proporcionado el respaldo de amplios sectores de la sociedad. Esas mismas políticas, sin embargo, le mantenían enfrentado con el sah, con las elites económicas y con el ejército. Era el hombre de moda: su decreto más famoso, la nacionalización del petróleo a principios de 1951, le valió el título de hombre del año por la revista Time. El cambio de rumbo del gobierno encendió las alarmas de Inglaterra y Estados Unidos: en pleno apogeo de la Guerra Fría no se podía permitir que el petróleo iraní dejara de estar bajo su control y acabara en manos de la Unión Soviética. Además, por si no fuera poco, el Primer Ministro mantenía buenas relaciones con el partido comunista Tudeh. ¡Menuda ofensa! Ambos países actuaron con celeridad promoviendo un veto al petróleo procedente de Irán que le cerró las puertas de todos los mercados internacionales. Por mucho que el gobierno suplicara eliminar el veto, la postura de ambas potencias se mantuvo rígida. Por si no fuera suficiente, todos los demás países importadores les obedecieron por lo que el dinero de la venta del mayor tesoro iraní desapareció de golpe.

Mohammed Mossadeg, hombre del año para la revista Time (1951)
Mohammed Mossadeg, hombre del año para la revista Time (1951)

Para Gran Bretaña solo había una manera posible de desencallar la situación: Mossadegh tenía que ser derrocado. Ya fuera por las buenas o por las malas. Organizó junto a la CIA un plan para desestabilizar al gobierno y forzar la dimisión del Primer Ministro. Tenía que parecer un movimiento popular aunque en realidad no lo fuera: sobornos a parlamentarios y clérigos, convocatorias de manifestaciones de protesta, difusión de propaganda en los medios de comunicación. El elegido para el cargo de Primer Ministro era Fazlolláh Zahedi, un general retirado que ya había conspirado contra Mossadegh unos meses atrás. Sin embargo, todas esas maniobras fracasaron. Se activó entonces el plan B: la CIA había previsto un dispositivo militar listo para tomar Teherán y asegurar el golpe de Estado. Solo faltaba la firma del sah en el decreto de destitución. A Mohammed Pahlevi le asaltaron las dudas pero al final sucumbió a las presiones y firmó el documento en agosto de 1953.

Militares y seguidores del sah tras el golpe de Estado por las calles de Teherán (1953) (Fuente: AFP)
Militares y seguidores del sah tras el golpe de Estado por las calles de Teherán (1953) (Fuente: AFP)

Soraya Esfandiary, la segunda mujer del monarca, vivió muy de cerca esos días de complots y traiciones. En su biografía El palacio de las soledades relata otra versión de lo sucedido: “La prensa afirmaría que la operación fue llevada a cabo por la CIA. Pero eso es falso. El complot partió de Teherán, y, aunque después recibió el apoyo financiero de Estados Unidos, fue el fruto de nuestra propia iniciativa”. Según ella, la idea de un golpe de Estado para derrocar al Primer Ministro fue suya. “Permitir que Mossadegh permanezca en el poder significa vender Irán a Moscú”. Soraya detalla la conversación en la que le propuso la idea al sah:

“—Solo un golpe de Estado contra Mossadegh puede salvar el país.

—Pero, eso es imposible —replicó el sah, herido en su amor propio—. ¿Cuándo se ha visto que un monarca conspire contra su propio gobierno?

—¡Pues será el primero en hacerlo!

Me miró detenidamente. El cigarrillo temblaba entre sus dedos.”

Soraya Esfandiary junto a Mohammed Reza
Soraya Esfandiary junto a Mohammed Reza

En cualquier caso, durante la operación se cometió un error: Mossadegh estaba informado de todo el plan y mandó detener al mensajero antes de la entrega oficial del decreto. Las triquiñuelas sombrías se volvieron rápidamente contra palacio: los oficiales encargados de la operación militar desaparecieron, Zahedi se escondió y las calles de las principales ciudades se llenaron de multitudes a favor del Primer Ministro y en contra del sah. La operación había sido un fracaso.

Mohammed Reza, viéndose acorralado y sin capacidad para enderezar la situación de crisis, decidió exiliarse a Roma junto a su esposa Soraya, a la espera de solucionar el conflicto desde allí. Las fotografías de la llegada del sah al aeropuerto italiano muestran una inseguridad nunca vista hasta entonces en el monarca: tiene una actitud lejana, ajena a las decenas de paparazzis que lo perseguían, como si su mente estuviera muy lejos de allí. Es la imagen de alguien triste, derrotado; el aspecto de quien se creía el corazón de un país al que ahora ni siquiera sabe si podrá volver a pisar.

Mohammed Reza y Soraya Esfandiary durante su exilio en Roma (1953)
Mohammed Reza y Soraya Esfandiary durante su exilio en Roma (1953)

Bibliografía:

  • Abrahamien, E. (1982). Iran between two revolutions. Princeton University Press.
  • Armanian, N & Zein, M. (2008). El Islam sin Velo. Ed. Del bronce.
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  • Esfandiary, S. (2004). El Palacio de las Soledades. Ed. Martínez Roca.
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  • Hemeroteca El País.
  • Kapuścińksy, R. (2006). El Sha o la desmesura del poder. Ed. Anagrama.
  • Kavanagh, A. (2010). Irán por dentro. Ed. Jose J. de Olañeta.

Su Majestad Imperial, Rey de Reyes y Luz de los Arios

Mohammed Reza Pahlevi fue proclamado sah en septiembre de 1941. Había estudiado en Suiza, lejos de su pueblo y de los vaivenes de palacio, pero la abdicación forzada de su padre lo había obligado a tomar el mando de un país damnificado por la guerra. La relación con su padre marcó profundamente su carácter: era tímido y enfermizo, como si fuera un soldado subordinado acobardado por las órdenes de su rígido, fuerte y despiadado superior. El nuevo monarca se había casado por conveniencia dos años atrás con la princesa Fawzia de Egipto, hija y hermana de reyes, en una pomposa ceremonia en El Cairo. El matrimonio era el máximo exponente del lujo y glamur de la época; sin embargo, la reina nunca encontró su sitio en la corte iraní y el matrimonio se divorció en 1948.

Fawzia de Egipto y Mohammed Reza (1939) (Fuente: EFE)
Fawzia de Egipto y Mohammed Reza (1939) (Fuente: EFE)

Al terminar la Segunda Guerra Mundial y bajo el reinado del nuevo sah, Irán vivió un florecimiento cultural y político: se abrieron periódicos y radios, se fundaron partidos como la Tudeh, el partido comunista (que fue posteriormente ilegalizado en 1949), y algunos opositores al régimen, encarcelados por el padre del monarca, regresaron a la escena política. Fue el caso de Mohammad Mossadegh, uno de los políticos iraníes más carismáticos del siglo XX, férreo defensor de la unidad nacional, la democracia y la constitución, que volvió al Parlamento tras las primeras elecciones del nuevo reinado.

La guerra también había ocasionado graves daños. A la escasez de alimentos y la profunda depresión económica, se sumó un gran sentimiento de humillación nacional por la invasión aliada. Germinó entre la población una gran antipatía hacia las tropas británicas, rusas y norteamericanas que seguían en Irán. El malestar social se focalizó en un aspecto concreto que centró el debate social y político durante meses: la necesidad de renegociar el reparto de los beneficios de la extracción de petróleo. Gran Bretaña obtenía cerca del doble de ingresos que el propio Irán y, pese a los intentos del monarca para cambiar las condiciones, la postura británica se había mantenido firme en la negativa.

Mossadegh aclamado por sus partidarios (1951)
Mossadegh aclamado por sus partidarios (1951)

Mossadegh gozaba de un amplio respaldo social. Reclamaba la nacionalización del petróleo y la democratización de las políticas del sah. Gran Bretaña, por su parte, amenazaba con asfixiar económicamente al país si se atrevía a modificar una coma del contrato. Pese a las amenazas británicas, el pueblo respaldaba a Mossadegh así que a principios de 1951 fue designado por el Parlamento como Primer Ministro. Lo que sucedió a continuación nadie lo esperaba, ni Mossadegh, ni Gran Bretaña ni tan siquiera el propio sah.

Bibliografía:

  • Abrahamien, E. (1982). Iran between two revolutions. Princeton University Press.
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  • Kavanagh, A. (2010). Irán por dentro. Ed. Jose J. de Olañeta.

El origen de la dinastía Pahlevi (1925-1941)

El triunfo de la Revolución Rusa de 1917 sacudió el mundo y lo dividió en dos bandos: los bolcheviques liderados por Lenin y los países aferrados a la idea capitalista que miraban con temor la posible expansión de los ideales revolucionarios soviéticos.

Por aquel entonces la corona de Persia estaba en manos del joven e inseguro Ahmad Sah. Había sido coronado monarca con tan solo once años tras la abdicación y huida de su padre a territorio ruso tras la invasión de Teherán por fuerzas constitucionalistas. Persia era el primer bastión de resistencia frente al avance ruso hacia Oriente Medio y la India, por lo que tanto Europa como Estados Unidos vigilaban con mucho interés todo lo que ocurría en territorio persa. En 1908 sucedió un hecho que superó con creces la capacidad de maniobra del monarca y que cambió las reglas geopolíticas de Oriente Medio para siempre: el descubrimiento, en el oeste del país, de uno de los mayores depósitos de petróleo del mundo. Los británicos no tardaron en reaccionar: se aseguraron el suministro de combustible tras comprar la mayoría de acciones de la recién fundada Anglo-Persian Oil Company, que tiempo después acabaría llamándose British Petroleum primero, y BP en la actualidad.

Distribución de queroseno de la Anglo-Persian Oil Company (Fuente: www.bakhtiarifamily.com)
Distribución de queroseno de la Anglo-Persian Oil Company (Fuente: bakhtiarifamily. com)

A mediados de 1920 se produjo un alzamiento militar en el norte de Persia y se proclamó la República Soviética de Guilán, de ideología republicana y socialista. Sonaron las alarmas en Europa y Estados Unidos. No era solo por la posible expansión de los ideales soviéticos, era sobre todo por el petróleo. El desafío acabó fracasando. Las tropas cosacas dirigidas por el coronel Reza Khan fueron las encargadas de derrotar la insurgencia poco más de un año después de su levantamiento. Esa victoria frente a la amenaza socialista le aportó al joven coronel un gran prestigio como militar, tanto en Persia como a los ojos de las potencias imperialistas. El joven Reza Khan era un reputado estratega militar y un hombre de grandes aspiraciones nacionalistas; aprovechando la buena imagen adquirida, no tardó en convertirse en Primer Ministro en 1923 y, con el beneplácito y ayuda de Gran Bretaña, en el fundador de la nueva dinastía Pahlevi a finales de 1925.

La llegada del nuevo sah sacudió los cimientos de Persia. Reza Khan era un hombre ambicioso que pretendía modernizar el país de una manera similar a la que su colega Ataturk estaba haciendo en Turquía; sus métodos eran contundentes y sus aires de grandeza afloraron bien pronto: se autoproclamó Sah Reza el Grande, Rey de Reyes, Sombra del Todopoderoso, Nuncio de Dios y Centro del Universo.

Reza Khan y Ataturk (Fuente: historicaliran.blogspot.com)
Reza Khan y Ataturk (Fuente: historicaliran.blogspot.com)

La nueva dinastía introdujo cambios importantes: en 1935 Persia dejó de ser el nombre oficial en favor de Irán (los persas son, en realidad, la minoría mayoritaria del conjunto de pueblos y etnias que forman el país); se facilitó que las mujeres asistieran al colegio y que se incorporaran como trabajadoras a la industria; se prohibió el velo y el chador en la vestimenta; se construyeron carreteras y escuelas, líneas de ferrocarril, universidades y bibliotecas. Desde Occidente se contemplaba con entusiasmo la nueva modernidad y europeización de Irán. Sin duda, era una etapa de abertura propicia para algunos, aunque más que incierta para quienes no compartían los ideales del monarca.

El sah creó un ejército que combatió con mano dura todas las fuentes de insurgencia. No importaba si las quejas provenían de las tribus nómadas del desierto o de la comunidad religiosa de la ciudad santa de Mashad por las nuevas libertades adquiridas por las mujeres; esgrimía la misma contundencia con los periodistas liberales, poetas y escritores que con los campesinos inquietos. El sah era un hombre de acción y su ejército se hizo fuerte, atajando todos los frentes y sembrando represión, sangre y muerte a quien se atreviera a desafiarlo.

La Segunda Guerra Mundial marcó el destino del monarca. Reza Khan era seguidor de Hitler y por eso facilitó la entrada de soldados alemanes a territorio iraní. Las fronteras permanecían cerradas para los ejércitos aliados, que veían con gran preocupación el avance de las tropas nazis hacia el este y, de nuevo y como casi siempre, la posible pérdida del suministro de petróleo. No tardaron en tomar una decisión: en 1941, tropas rusas y británicas invadieron Irán sin apenas resistencia. El gran ejército del monarca había actuado con soltura y sin remordimientos contra sus propios ciudadanos, pero no disparó ni una sola bala en defensa de su país contra la invasión de ejércitos extranjeros.

Ese mismo año Gran Bretaña forzó la abdicación de Reza Khan en favor de su hijo Mohammed Reza Pahlevi. En su libro El Sha o la desmesura del poder, Ryszard Kapuścińksy describe lo que representaron los años de reinado de aquel joven oficial de métodos arcaicos y aires magnánimos: “Al lado de la crueldad, la codicia y las rarezas, el viejo sah también tuvo sus méritos […]. Sin embargo, el pueblo seguía pobre y apático, y, cuando Reza Khan murió, el pueblo, más que contento, celebró el acontecimiento durante mucho tiempo”.

Quizá sea Winston Churchill quien describió de manera más lúcida lo que verdaderamente Irán representaba en aquellos tiempos. En la conferencia de Teherán celebrada en 1943, en la que coincidieron Roosevelt, Stalin y Churchill, este último afirmó, en relación a la abdicación de Reza Khan dos años atrás: “Nosotros lo pusimos, nosotros lo quitamos”.

Stalin, Roosevelt y Churchill en la Conferencia de Teheran (1943)
Stalin, Roosevelt y Churchill en la Conferencia de Teheran (1943)

Bibliografía:

  • Abrahamien, E. (1982). Iran between two revolutions. Princeton University Press.
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  • Hemeroteca El País.
  • Kapuścińksy, R. (2006). El Sha o la desmesura del poder. Ed. Anagrama.
  • Kavanagh, A. (2010). Irán por dentro. Ed. Jose J. de Olañeta.

Across the universe o cuando una canción te levanta del asiento pero no te deja bailar

Hoy he vuelta a escucharla después de mucho tiempo. No la he buscado claro, las mejores canciones no se piden, simplemente suenan. Estaba escondida en una de esas listas aleatorias que me acompañan durante horas y horas como música de fondo sin que les preste demasiada atención. Al escucharla ha sido como si de pronto se encendiera una lucecita en algún rincón olvidado del cerebro, como si algo empezara a bailar allí dentro. Es extraño. Hacía años que no me acordaba de ella. De hecho, creo que no era consciente de lo que esa canción significaba para mí hasta hoy. Escuchar Across the Universe de The Beatles ha sido como volver a ser aquel niño sentado en el asiento trasero de un viejo Seat en uno de esos interminables viajes de mi infancia camino a Santander.

“Words are flowing out like endless rain into a paper cup,

They slither while they pass, they slip away across the universe.

Pools of sorrow, waves of joy are drifting through my opened mind,

Possessing and caressing me.”

“No hay nada más seco que los Monegros”, pensaba siempre que los atravesábamos. Bujaraloz 46km leo en un cartel. Resopla mi padre al volante. Mi madre duerme hace rato; Laura también, tumbada a mi lado entre bolsas, maletas y los cojines de mi cama puestos allí para la ocasión. Cuando no había cinturones atrás los viajes eran menos seguros pero mucho más cómodos. Laura se ha dormido al salir de casa y se despertará para comer antes de volver a la oscuridad del sueño. Para ella un viaje a Santander es como echarse una siesta.

“Images of broken light which dance before me like a million eyes,

They call me on and on across the universe,

Thoughts meander like a restless wind inside a letter box,

They tumble blindly as they make their way across the universe.”

Me gusta recordar esos momentos. Entonces no lo sabía, claro, todavía faltaban algunos años para descubrir lo importantes que han sido para mí. Compartía el aburrimiento de las horas de autopista con mi padre. El atareado hombre trabajador tenía paciencia y ganas de hablar con su hijo. “¿Querrás ir a jugar al tenis algún día? ¿Te animas en septiembre con el inglés? ¿Me pasas el bocadillo?” A veces me pregunto si en esas charlas fue cuando realmente nos conocimos. También aprendí a hablar, prisionero en una celda de cuatro ruedas a toda velocidad junto a una madre logopeda:

— Habla con el estómago, no con la garganta —decía ella cansada de mis afonías.

— ¿Cómo voy a hablar con el estómago? —respondía yo sin entender nada.

— Vuelve a intentarlo —decía mientras se ponía la mano sobre sus costillas —nota la voz aquí.

Y claro, tras tantas horas dentro de ese coche, al final aprendí.

“Sounds of laughter, shades of life are ringing,

Through my open ears inciting and inviting me,

Limitless undying love,

Which shines around me like a million suns,

And calls me on and on across the universe.”

Cantabria y los Monegros

Ya cansados, al fin llegamos al verde. Qué bonita es Cantabria. Sigue siéndolo todavía, veinticinco años después de esos viajes, cuando el marrón del desierto desaparece de la retina y solo el viento más puro y fresco acaricia las mejillas. Echo de menos aquellos tiempos. Ojalá hubiera abrazado más a mis padres desde el asiento trasero, ojalá esas conversaciones rodadas del secarral más aburrido nunca hubieran terminado. Bujaraloz 46km decía la señal, y Across the Universe seguía sonando por la radio, una y otra vez, para terminar con esa estrofa tan preciosa y cálida en la voz de Lennon como hermosa profecía de final insospechado.

“Jai guru deva, om

Nothing’s gonna change my world

Nothing’s gonna change my world

Nothing’s gonna change my world

Nothing’s gonna change my world”

La Colònia Güell

La terraza del Ateneu está vacía. El antiguo salón-bar de la Colònia Güell resiste el paso del tiempo y observa pasar la historia desde su posición privilegiada en la plaza Joan Güell. Se respira modernismo por las calles estrechas de esta antigua colonia textil de finales del siglo XIX, situada a escasos 20 minutos de Barcelona. Edificios diseñados por algunos de los mejores arquitectos del modernismo, patrimonio histórico en muy buen estado de conservación y un túnel del tiempo ideal para descubrir cómo se vivía en una colonia textil hace cerca de 100 años. Y la cripta de Gaudí, claro, icono modernista y para algunos considerado el mejor edificio del arquitecto.

Unos niños vuelven a casa después del colegio, saludan a unos vecinos que, habiendo colocado las sillas en el medio de la calle, disfrutan charlando del invierno más primaveral. Un padre enseña a patinar a su hija y la anima a que llegue hasta el final de la calle, donde su abuelo regresa del paseo diaria a la masía de Santa Bàrbara con los colegas del domino. No se escucha el rumor de coches ni el ruido de la ciudad, solo las risas de los niños y algún grito de alegría lejano procedente del campo de fútbol. Dos turistas caminan despistados admirando las calles y las casas. Los veo cruzar la plaza en diferentes direcciones, haciendo fotografías y soñando en vivir aquí algún día. A todos nos pasa. Tras un rato se dan cuenta de que habían venido a ver la cripta de Gaudí y han acabado descubriendo un pequeño tesoro bien cerca de Barcelona. Regresarán el domingo. Para el vermut.

Colonia Güell
Colonia Güell

*Este escrito forma parte del post “10 llocs màgics de Catalunya recomanats per 10 bloggers” del blog www.viatgespedraforca.cat Puedes leer el post clicando aquí

“Volver con la frente marchita”

“Vivir

con el alma aferrada

a un dulce recuerdo

que lloro otra vez”

(Carlos Gardel)

Nunca el regreso al purgatorio fue poco celebrado. Viejos tangos de letras arrugadas, el humo de asados entre amigos que nunca más conoceré. Un café de voces graves y risas profundas, de largas historias de la Pampa más gauchera. Besos que duran 6 meses en boliches oscuros de San Telmo, caminar sin mirar, nunca sentirse de aquí. Eras y eres.

Qué placer fue escucharte, Buenos Aires.

El 29 no para, ¡nunca para! y la Avenida Colón es solo un Luna Park donde Calamaro regala sus mejores noches a quien decida olvidarse del gallego. Qué locura. Pronto olvidé qué hacía yo aquí y aprendí que lo que tocaba era vivir. La risa y el mate, las tardes sin horarios y sin saber dónde ir, gritar sin importar en qué estadio, un alfajor, un chorizo, un bife, un sin vivir!

Un asado con tequila, ese fue mi año aquí.

15 de noviembre de 2015

Buenos Aires-Puerto Madero
Puerto Madero

Reflexiones en el ferry entre Montevideo y Buenos Aires en un viaje por el Río de la Plata tras 9 años desde mi última visita.

Mónaco desde el mar

Huele a costillas de cerdo al punto acompañadas de pimientos escalibados recién hechos. Desde la cubierta oxidada y triste del barco observo la ciudad acercarse sin prisa. Es muy pronto por la mañana y el frío viento de febrero agita testarudo un barco que, según cuenta su capitán, tuvo un pasado mucho más glorioso navegando por los caudalosos ríos africanos. En el paseo marítimo de Mónaco algunas luces perezosas se resisten a dejar de alumbrar una ciudad que sueña más que vive. El escenario es menos glamuroso de lo que se podría pensar. Altos edificios rectangulares que recuerdan más a los de alguna ciudad del extrarradio que no a la gran meca europea del lujo y del glamour, edificios amontonados que se tapan los unos a los otros. Jardines confinados en las azoteas que tratan de sobrevivir al enjambre de coches y turistas que se pasean, ávidos de observar vidas ajenas más lujosas que las suyas, como turistas de safari, fotografiando coches, casas y tiendas. En las montañas que rodean la ciudad, algunas casas más lujosas que bonitas disfrutan de unas vistas privilegiadas del Mediterráneo. Vista desde el mar, Mónaco es menos Mónaco de lo que pretende ser.

Mónaco desde el mar
Mónaco desde el mar

Mis sospechas se cumplen. No hay costillas de cerdo ni pimientos escalibados para comer. Tras casi dos semanas en este barco, el olor de cubierta de primera hora de la mañana nunca coincide con el la comida. Aun así, el cocinero prepara una comida excelente que compartimos con la tripulación, entre tablas de quesos que bailan por las mesas a modo de postre e historias marineras del pasado teñidas con un punto de nostalgia.

Un yate navega lento y harmonioso frente a la costa. De color blanco y con las ventanillas negras, es de un lujo que salta a la vista. Se pasea frente a la ciudad sin rumbo fijo aparente, como si quisiera mostrarse para que todo el mundo pudiera admirarlo. En popa descansa un pequeño helicóptero. De vez en cuando lo veo despegar y perderse entre los edificios de la ciudad unos minutos, antes de regresar y aterrizar suavemente de nuevo sobre el yate. Cerca suyo, algunos yates más pequeños, unos alumnos practicando windsurf, un hombre con una tabla de surf motorizada que avanza de pie y con gran dignidad frente al paseo marítimo, un velero de competición en horas bajas.

Esta mañana nos sorprende la majestuosidad de un crucero que acaba de llegar a la ciudad. Es blanco y azul. Domina el paisaje con orgullo y soberbia frente a los pequeños barcos que navegamos cerca suyo. Varias embarcaciones cargadas de pasajeros aparecen disgregadas y se dirigen hacia al puerto. Son pequeñas nueces de color naranja pálido, asfixiantes e incómodas, cargadas de turistas deseosos de contemplar de primera mano la leyenda de la ciudad de los sueños. ¡Qué paradoja, visitar la ciudad más lujosa de Europa en un crucero y llegar en estas viejas y claustrofóbicas nueces naranjas!

Puerto de Mónaco
Puerto de Mónaco

Tras dos semanas de trabajo regresamos a casa. Los motores despiertan de un corto letargo e iniciamos el viaje de vuelta dirección sur por la preciosa Costa Azul. Desde cubierta observo alejarse la ciudad. Sus yates de lujo, sus pequeños coches veloces y sus enormes edificios van difuminándose en una costa que no merece una ciudad así. La fachada menos conocida del Museo Oceanográfico domina el escenario, solemne, como si solo quisiera mostrar su cara más preciosa a quien tenga la oportunidad de contemplarla desde el mar. No hay hotel en Mónaco, ni el más caro ni el más lujoso, que pueda ofrecer las vistas que he disfrutado yo estos días desde el barco. En cubierta huele a unas deliciosas sardinas a la plancha con ajo y perejil que estoy seguro que no comeré. Me consuela saber que en unas horas sabré con qué delicia me sorprende el cocinero por última vez.

Museo Oceanográfico
Museo Oceanográfico

Historias de Londres

Llueve y hace frío en Londres. Un hombre toca Imagine con una flauta travesera en una esquina de Oxford Street. Nadie parece escucharlo ni siquiera darse cuenta de que existe. Quizá tocar Imagine en Londres esté ya demasiado visto aunque a mí me suena como si Serrat tocará Mediterráneo solo para mí.

En el vestíbulo de la estación de Victoria centenares de personas se entrecruzan en todas direcciones siguiendo su propio camino en el anonimato de la ciudad. Un chico y una chica que no se ven desde hace mucho tiempo se encuentran de pronto, cara a cara, por sorpresa, y sin decirse nada se enredan en un fuerte y duradero abrazo. Y allí quedan, quietos, en mitad del vestíbulo de la estación, rodeados de decenas de personas a su alrededor que caminan a toda velocidad mientras los miran ávidos de vivir alguna vez un encuentro similar.

Big Ben
Vista del Big Ben

Entre decenas de restaurantes iraquíes y sirios encuentro el típico pub británico que buscaba. Para no ser menos pido fish & chips acompañado de una (creo que al final han sido dos, o tres) pintas de cerveza. Durante la cena veo las noticias de la CNN. Tras hablar durante 10 minutos sobre la crisis del ébola y dar la sensación de que aquí no va a quedar nadie de pie, el presentador explica que en España ha habido una manifestación y una recogida masiva de firmas para salvar al perro de una afectada. Termina la noticia con media sonrisa y un irónico “Sorprendente”.

Un hombre toca una batería improvisada con cubos de plástico y unos viejos platos en el suelo. Suena impresionante. Un grupo de chicos bailan frente a él, como si hubieran elevado su cuerpo a otra dimensión y no existiera nada más que esa música que les impulsa irremediablemente a bailar. ¡Y cómo bailan! Me paro un rato a envidiarlos desde una esquina, pero tengo frío y me voy al hotel.

Por la mañana me espera el clásico y poco saludable English breakfast acompañado de un enorme café con leche muy caliente. Hace muy buen día. Por la ventana del restaurante veo Hyde Park de un color verde intenso como nunca antes lo había visto. Me quedaría algunos días más en esta ciudad.

……

En realidad estoy parado en las escaleras de una estación de metro. Hace una hora que deambulo entre túneles y estaciones subterráneas, pero desde hace un rato estoy quieto en mitad de la escalera. Los convoyes llegan y se van (qué frecuencia oiga), pero aquí ni avanzamos ni retrocedemos. Hace más de una hora y media que debería estar en el hotel, pero aquí sigo apretado entre dos italianos que hablan de fútbol y un señor inglés bastante nervioso. Hace mucho calor. De fondo suena la canción de Titanic tocada con un viejo violín muy desafinado (hasta yo me he dado cuenta). No es Imagine tocado con una flauta travesera en una esquina de Oxford Street, pero a mi me sirve. Ahora que lo pienso, no estoy seguro si todo lo que he vivido hoy ha sido real o lo acabo de soñar.