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Ruta 61. La ruta del blues

La música de una banda callejera ambienta los alrededores del centro de la ciudad. El cálido sonido del saxo acompaña el cantante, cuya voz grave y descuidada interpreta un blues cargado de melancolía y belleza. Algunos curiosos se dejan cautivar y paran a escuchar el espectáculo, olvidando por unos minutos las obligaciones, las prisas y el lugar al que se dirigían.

El sonido transporta a los campos de algodón y azúcar que cubren el sur de Luisiana, a los clubs modernos del centro de Chicago y al Memphis de los años 60. Es la música nacida entre esclavos, la que acompañaba a Martin Luther King en su lucha por la igualdad y la que sonaba en el autobús en el que Rosa Parks cambió la historia al desafiar al mundo. Es el blues melancólico y apenado que resuena en el corazón de Estados Unidos.

La mejor manera de vivir ese espíritu es recorriendo la Ruta 61, que discurre desde la Minnesota fronteriza con Canadá a la húmeda y calurosa Luisiana por el interior del país en paralelo al río Mississippi. Ambos comparten un baile harmónico y sutil, cargado de historia, bajo el hipnótico sonido de viejas y arrugadas melodías.

Chicago ofrece lo que uno viene buscando aunque en realidad nunca haya sido consciente de qué se trataba. Pese a no estar situada en plena Ruta 61, la ciudad siempre ha sido un lugar de huida y de gran influencia para los sureños. Quizá por eso vive una explosión permanente de creatividad y vida, asegura distracción y largos paseos por sus parques y avenidas. Las vías del metro elevadas en las cinéfilas calles del Loop, el centro cargado de rascacielos y el aroma de una ciudad cosmopolita que recibe al viajero con los brazos abiertos. Hay algo atractivo en todo eso, algo acogedor que invita a no marcharse, a seguir un tiempo más explorando sus entrañas, descubriendo su periferia rica de energía y modernidad. A Chicago se la echa de menos.

Más al sur el escenario cambia. Las calles asfaltadas y saturadas del rugido de coches, gente y prisas se transforman en agradables e infinitos campos de maíz, en pequeñas carreteras que atraviesan el silencio de un paisaje que discurre con suavidad en dirección a Memphis. Los pueblos son pequeños, de casas de madera con porches repletos de balancines y banderas patrióticas. A su alrededor, jardines bien cuidados por hombres subidos a máquinas cortacésped. La vida se intuye tranquila y relajada, como si el tiempo avanzara más despacio y no quisiera despegarse de todo esto. Por las tardes, los autobuses escolares amarillos inundan las carreteras mientras a lo lejos, en el interior de los campos y las inmensas fincas, los tractores aprovechan las últimas horas de sol. En los alrededores de San Luis, los granjeros se reúnen anualmente para comparar el tamaño de las calabazas. En verano, las ferias de ganado y los mercados de hortalizas ecológicas se suceden con gran éxito de público en cada pueblo cercano a Springfield.

El Mississippi acaricia con delicadeza estas tierras, imperturbable en su camino hacia lugares lejanos. Pequeñas embarcaciones de recreo comparten espacio con largos barcos cargados de mercancías. De vez en cuando un ferri perezoso ahorra kilómetros a quien necesite cruzar el río y no tenga prisa ni impaciencia. En su particular viaje en paralelo, la Ruta 61 atraviesa sin premura pero sin mirar atrás todo este paisaje encantador, ofreciendo la posibilidad al viajero de contemplar el interior de un país a veces solo conocido por sus enormes y frenéticas ciudades.

Al llegar a Memphis uno se transforma. La ciudad da la bienvenida con el orgullo de edificios altos y rectangulares que, sin embargo, no consiguen impresionar a quien todavía saborea el cada vez más dulce recuerdo de su paso por Chicago. Aquí se aprende con mayor detalle la importancia que estos caminos han tenido en la reciente historia del país y, por qué no decirlo, de una buena parte del mundo. Tras la Guerra Civil, la Ruta 61 y la navegación por el Mississippi fueron la vía que miles de esclavos afroamericanos utilizaron para huir del terrible sur camino a un norte que se prometía más comprensivo. Su música, nacida en las plantaciones como una exquisita mezcla de sus orígenes africanos, la melancolía de su espiritualidad y la necesidad de narrar su desafortunada vida viajó con todos ellos hacia el norte, influyendo poco a poco a todo un país y haciéndose universal. Sin embargo el conflicto racial no terminó entonces. Años después, pese a la abolición de la esclavitud, la igualdad era impensable en un país en el que blancos y negros convivían segregados. Unos, propietarios, con estudios y todas las ventajas sociales. Otros, renegados a trabajar como servicio en las casas o en los campos, se organizaron en una lucha cada vez menos discreta y más ambiciosa hacia la igualdad.

Memphis fue uno de los epicentros de esa reivindicación y su espíritu sigue muy presente en la ciudad. Durante el día hay que dejarse impregnar por el pasado del lugar, viajar hasta esa época no muy lejana de lucha y desobediencia. Medio siglo después, todavía resuena, seco y triste, el disparo que mató a Martin Luther King en el balcón de un motel convertido ahora en el imprescindible Museo Nacional de los Derechos Civiles. En él se documenta el papel que la esclavitud de origen africano tuvo durante la construcción y crecimiento del país. Es también un emotivo homenaje a todos aquellos que, como el famoso reverendo y Rosa Parks, entre muchos otros, lucharon en favor de una causa que todavía, tantos años después, parece no haberse superado.

Pero Memphis es mucho más que desigualdad y disturbios. Es también rock and roll y blues, es el ritmo incansable de las caderas de Elvis Prestley y el baile frenético frente al piano de Jerry Lee Lewis. La ciudad se presta a ser disfrutada como antaño, como si pese a su aspecto moderno no dejara descansar el espíritu en blanco y negro que la hizo crecer y crear una fama que sobrepasó el estado y el propio país. La voz grave y profunda de Johnny Cash y la guitarra de Carl Perkins en los estudios de grabación Sun Records, Graceland, la casa de Elvis Prestley o el Museo del Rock y el Soul dan buena fe de ello.

Por la noche, en la mítica Beale street, el sonido en directo de grupos llegados de todos los rincones del país resuena en cada esquina. No hay local sin música ni cerveza, no faltan los sombreros de vaquero, las camisas de cuadros ni las botas de cowboy. Aquí, tras un día de amargos recuerdos teñidos de negro y vistazos a un pasado espléndido, la música parece calmar los monstruos y relajar un poco el espíritu. Definitivamente, el mundo no sería el mismo si Memphis no hubiera existido.

El viaje cobra una nueva dimensión cuando se dejan atrás los últimos edificios de la ciudad. El zigzagueo del camino se vuelve más intenso a medida que la Ruta 61 se acerca al sur, al origen de tantas cosas, como si el peso de todo lo que sucedió en estas tierras nunca hubiera desaparecido y se notara en cada paso, en cada kilómetro. En Vicksburg y Natchez hay barrios repletos de inmensas casas señoriales, vestigios de un pasado elegante y frondoso que merece la pena descubrir sin prisa. En las afueras de las ciudades la vida sigue su ritmo tranquilo. Aquí la música cobra otro significado y el blues es su mayor embajador. Es la reunión con los amigos para cantar, es el baile tras la dura jornada de trabajo en los campos inmortales, es el ritmo, el disfrute y las risas, el encuentro de aquellos que al escuchar el sonido de la banda despiertan con el fogonazo de la vida. Así nació el blues aquí, en el húmedo sur, entre los esclavos negros afroamericanos en su fugaz y escurridizo tiempo libre. Y así se vive el blues todavía, en los pequeños pueblos y en las ciudades, en los bares de Clarksdale, Greenville o Woodville.

Durante el día, los campos de algodón y azúcar saturan la vista de un bello paisaje verde de puntos blancos que esconden uno pasado de esclavitud, lucha y guerra. Algunas plantaciones muestran con orgullo añejo sus preciosas casas a quien muestre interés en conocer cómo era la vida de la clase alta hace algo más de un siglo. En otras, sin embargo, los barracones de madera de los esclavos, todavía en pie, rinden un pequeño homenaje a las miles de vidas anónimas que nunca serán suficientemente recordadas. Así vivían y así se muestra, con la crudeza de quien pasea su goce y alegría donde otros dejaron su vida. El sur de Estados Unidos no engaña, es lo que siempre ha sido y nunca ha pretendido dejar de ser, es la tradición del alma, el mestizaje y la diversidad. Es el calor y la humedad, el sudor en la espalda, los preciosos colores del otoño a orillas del Mississippi.

Al final de la Ruta 61, cuando el río se ensancha todavía más y recorre los últimos meandros antes de desembocar con suavidad en el Atlántico, una gran maravilla deslumbra al viajero. El sonido del jazz y del góspel, el aroma del vudú y la belleza de las casas de colores y balcones metálicos. Es Nueva Orleans y la alegría desbordante de su gente. En 2005 el huracán Katrina no consiguió destruir una ciudad acostumbrada a sobrevivir en uno de los lugares menos adecuados del mundo, y desde entonces los colores alegres y llamativos de las casas rehabilitadas asombran en cualquier barrio de la ciudad. Quizá por eso Nueva Orleans nunca descansa, como si consciente del riesgo permanente a sufrir otro huracán devastador aprovechara cada segundo, cada instante, decidida a exprimir hasta el último suspiro de vida.

El bluesman termina la canción. Tras algunos aplausos, el improvisado público regresa a sus prisas y obligaciones. El saxofonista guarda el instrumento en la funda y recoge las pocas monedas escondidas en el viejo sombrero del suelo. Ya no hay música. El silencio urbano envuelve de nuevo las callejuelas del centro de la ciudad. Sin embargo, el recuerdo de ese blues sigue presente en todos los que han viajado durante unos minutos con él, como si ese maravilloso camino por el interior de Estados Unidos fuera algo más que paisaje y ciudades, como si en el fondo, la Ruta 61 fuera el camino que todos ellos, de algún modo, han recorrido alguna vez.

Este relato obtuvo el II Premio del I Concurso de Relatos de Viajes de la Revista Magellan.

Colònia Güell

La Colònia Güell

La terraza del Ateneu está vacía. El antiguo salón-bar de la Colònia Güell resiste el paso del tiempo y observa pasar la historia desde su posición privilegiada en la plaza Joan Güell. Se respira modernismo por las calles estrechas de esta antigua colonia textil de finales del siglo XIX, situada a escasos 20 minutos de Barcelona. Edificios diseñados por algunos de los mejores arquitectos del modernismo, patrimonio histórico en muy buen estado de conservación y un túnel del tiempo ideal para descubrir cómo se vivía en una colonia textil hace cerca de 100 años. Y la cripta de Gaudí, claro, icono modernista y para algunos considerado el mejor edificio del arquitecto.

Unos niños vuelven a casa después del colegio, saludan a unos vecinos que, habiendo colocado las sillas en el medio de la calle, disfrutan charlando del invierno más primaveral. Un padre enseña a patinar a su hija y la anima a que llegue hasta el final de la calle, donde su abuelo regresa del paseo diaria a la masía de Santa Bàrbara con los colegas del domino. No se escucha el rumor de coches ni el ruido de la ciudad, solo las risas de los niños y algún grito de alegría lejano procedente del campo de fútbol. Dos turistas caminan despistados admirando las calles y las casas. Los veo cruzar la plaza en diferentes direcciones, haciendo fotografías y soñando en vivir aquí algún día. A todos nos pasa. Tras un rato se dan cuenta de que habían venido a ver la cripta de Gaudí y han acabado descubriendo un pequeño tesoro bien cerca de Barcelona. Regresarán el domingo. Para el vermut.

Colonia Güell
Colonia Güell

*Este escrito forma parte del post “10 llocs màgics de Catalunya recomanats per 10 bloggers” del blog www.viatgespedraforca.cat Puedes leer el post clicando aquí

“Volver con la frente marchita”

“Vivir

con el alma aferrada

a un dulce recuerdo

que lloro otra vez”

(Carlos Gardel)

Nunca el regreso al purgatorio fue poco celebrado. Viejos tangos de letras arrugadas, el humo de asados entre amigos que nunca más conoceré. Un café de voces graves y risas profundas, de largas historias de la Pampa más gauchera. Besos que duran 6 meses en boliches oscuros de San Telmo, caminar sin mirar, nunca sentirse de aquí. Eras y eres.

Qué placer fue escucharte, Buenos Aires.

El 29 no para, ¡nunca para! y la Avenida Colón es solo un Luna Park donde Calamaro regala sus mejores noches a quien decida olvidarse del gallego. Qué locura. Pronto olvidé qué hacía yo aquí y aprendí que lo que tocaba era vivir. La risa y el mate, las tardes sin horarios y sin saber dónde ir, gritar sin importar en qué estadio, un alfajor, un chorizo, un bife, un sin vivir!

Un asado con tequila, ese fue mi año aquí.

15 de noviembre de 2015

Buenos Aires-Puerto Madero
Puerto Madero

Reflexiones en el ferry entre Montevideo y Buenos Aires en un viaje por el Río de la Plata tras 9 años desde mi última visita.

Mónaco desde el mar

Huele a costillas de cerdo al punto acompañadas de pimientos escalibados recién hechos. Desde la cubierta oxidada y triste del barco observo la ciudad acercarse sin prisa. Es muy pronto por la mañana y el frío viento de febrero agita testarudo un barco que, según cuenta su capitán, tuvo un pasado mucho más glorioso navegando por los caudalosos ríos africanos. En el paseo marítimo de Mónaco algunas luces perezosas se resisten a dejar de alumbrar una ciudad que sueña más que vive. El escenario es menos glamuroso de lo que se podría pensar. Altos edificios rectangulares que recuerdan más a los de alguna ciudad del extrarradio que no a la gran meca europea del lujo y del glamour, edificios amontonados que se tapan los unos a los otros. Jardines confinados en las azoteas que tratan de sobrevivir al enjambre de coches y turistas que se pasean, ávidos de observar vidas ajenas más lujosas que las suyas, como turistas de safari, fotografiando coches, casas y tiendas. En las montañas que rodean la ciudad, algunas casas más lujosas que bonitas disfrutan de unas vistas privilegiadas del Mediterráneo. Vista desde el mar, Mónaco es menos Mónaco de lo que pretende ser.

Mónaco desde el mar
Mónaco desde el mar

Mis sospechas se cumplen. No hay costillas de cerdo ni pimientos escalibados para comer. Tras casi dos semanas en este barco, el olor de cubierta de primera hora de la mañana nunca coincide con el la comida. Aun así, el cocinero prepara una comida excelente que compartimos con la tripulación, entre tablas de quesos que bailan por las mesas a modo de postre e historias marineras del pasado teñidas con un punto de nostalgia.

Un yate navega lento y harmonioso frente a la costa. De color blanco y con las ventanillas negras, es de un lujo que salta a la vista. Se pasea frente a la ciudad sin rumbo fijo aparente, como si quisiera mostrarse para que todo el mundo pudiera admirarlo. En popa descansa un pequeño helicóptero. De vez en cuando lo veo despegar y perderse entre los edificios de la ciudad unos minutos, antes de regresar y aterrizar suavemente de nuevo sobre el yate. Cerca suyo, algunos yates más pequeños, unos alumnos practicando windsurf, un hombre con una tabla de surf motorizada que avanza de pie y con gran dignidad frente al paseo marítimo, un velero de competición en horas bajas.

Esta mañana nos sorprende la majestuosidad de un crucero que acaba de llegar a la ciudad. Es blanco y azul. Domina el paisaje con orgullo y soberbia frente a los pequeños barcos que navegamos cerca suyo. Varias embarcaciones cargadas de pasajeros aparecen disgregadas y se dirigen hacia al puerto. Son pequeñas nueces de color naranja pálido, asfixiantes e incómodas, cargadas de turistas deseosos de contemplar de primera mano la leyenda de la ciudad de los sueños. ¡Qué paradoja, visitar la ciudad más lujosa de Europa en un crucero y llegar en estas viejas y claustrofóbicas nueces naranjas!

Puerto de Mónaco
Puerto de Mónaco

Tras dos semanas de trabajo regresamos a casa. Los motores despiertan de un corto letargo e iniciamos el viaje de vuelta dirección sur por la preciosa Costa Azul. Desde cubierta observo alejarse la ciudad. Sus yates de lujo, sus pequeños coches veloces y sus enormes edificios van difuminándose en una costa que no merece una ciudad así. La fachada menos conocida del Museo Oceanográfico domina el escenario, solemne, como si solo quisiera mostrar su cara más preciosa a quien tenga la oportunidad de contemplarla desde el mar. No hay hotel en Mónaco, ni el más caro ni el más lujoso, que pueda ofrecer las vistas que he disfrutado yo estos días desde el barco. En cubierta huele a unas deliciosas sardinas a la plancha con ajo y perejil que estoy seguro que no comeré. Me consuela saber que en unas horas sabré con qué delicia me sorprende el cocinero por última vez.

Museo Oceanográfico
Museo Oceanográfico

Historias de Londres

Llueve y hace frío en Londres. Un hombre toca Imagine con una flauta travesera en una esquina de Oxford Street. Nadie parece escucharlo ni siquiera darse cuenta de que existe. Quizá tocar Imagine en Londres esté ya demasiado visto aunque a mí me suena como si Serrat tocará Mediterráneo solo para mí.

En el vestíbulo de la estación de Victoria centenares de personas se entrecruzan en todas direcciones siguiendo su propio camino en el anonimato de la ciudad. Un chico y una chica que no se ven desde hace mucho tiempo se encuentran de pronto, cara a cara, por sorpresa, y sin decirse nada se enredan en un fuerte y duradero abrazo. Y allí quedan, quietos, en mitad del vestíbulo de la estación, rodeados de decenas de personas a su alrededor que caminan a toda velocidad mientras los miran ávidos de vivir alguna vez un encuentro similar.

Big Ben
Vista del Big Ben

Entre decenas de restaurantes iraquíes y sirios encuentro el típico pub británico que buscaba. Para no ser menos pido fish & chips acompañado de una (creo que al final han sido dos, o tres) pintas de cerveza. Durante la cena veo las noticias de la CNN. Tras hablar durante 10 minutos sobre la crisis del ébola y dar la sensación de que aquí no va a quedar nadie de pie, el presentador explica que en España ha habido una manifestación y una recogida masiva de firmas para salvar al perro de una afectada. Termina la noticia con media sonrisa y un irónico “Sorprendente”.

Un hombre toca una batería improvisada con cubos de plástico y unos viejos platos en el suelo. Suena impresionante. Un grupo de chicos bailan frente a él, como si hubieran elevado su cuerpo a otra dimensión y no existiera nada más que esa música que les impulsa irremediablemente a bailar. ¡Y cómo bailan! Me paro un rato a envidiarlos desde una esquina, pero tengo frío y me voy al hotel.

Por la mañana me espera el clásico y poco saludable English breakfast acompañado de un enorme café con leche muy caliente. Hace muy buen día. Por la ventana del restaurante veo Hyde Park de un color verde intenso como nunca antes lo había visto. Me quedaría algunos días más en esta ciudad.

……

En realidad estoy parado en las escaleras de una estación de metro. Hace una hora que deambulo entre túneles y estaciones subterráneas, pero desde hace un rato estoy quieto en mitad de la escalera. Los convoyes llegan y se van (qué frecuencia oiga), pero aquí ni avanzamos ni retrocedemos. Hace más de una hora y media que debería estar en el hotel, pero aquí sigo apretado entre dos italianos que hablan de fútbol y un señor inglés bastante nervioso. Hace mucho calor. De fondo suena la canción de Titanic tocada con un viejo violín muy desafinado (hasta yo me he dado cuenta). No es Imagine tocado con una flauta travesera en una esquina de Oxford Street, pero a mi me sirve. Ahora que lo pienso, no estoy seguro si todo lo que he vivido hoy ha sido real o lo acabo de soñar.

El tesoro de Safi

19:00. Cafetería Bahía. Plaza de la Independencia de Safi

Bebo los últimos sorbos de té con menta, con mucho azúcar y muy caliente, bajo la sombra calurosa de una sombrilla con derecho a jubilarse. Las sillas de esta cafetería, encaradas hacia la plaza, permiten ser espectador de lujo del bullicio de gente, paraditas y coches que cada tarde aparece puntual en las calles alrededor de la antigua medina de Safi. Aquí hay un poco de todo, ropa, zapatos, trastos para casa, utensilios sin utilidad aparente, juguetes, teléfonos…todo aliñado con esa música marroquí que me provoca indicios de epilepsia proveniente de las paraditas de cd’s piratas y con vendedores con micro gritando sus ofertas cada cual más alto.

Mercado de Safi
Mercado de Safi

Unos metros más allá, el tesoro de Safi. Camino el centenar de metros que separan el café Bahía de los acantilados de la ciudad, donde el mar aparece de golpe, inmenso y posesivo, salvaje. Por el camino me encuentro con alguno de mis nuevos amigos, el viejo marinero que cada día quiere venderme trastos cada vez más raros, el alto y seco que me sigue en silencio hasta que, por alguna razón desconocida, decide marcharse sin avisar, el viejo hippie que me invitó a tomar té a su casa para mostrarme las fotos de su viaje a Lanjarón, o cualquiera del grupo que siempre andan por esta zona haciendo algo y caminando hacia algún lado. Algún día les seguiré yo, a ver qué pasa.

Acantilados de Safi
Acantilados de Safi

Busco un lugar donde sentarme cerca del acantilado, donde pueda ver las olas del Atlántico golpear testarudas las paredes inestables de roca. Como más bravo y ruidoso esté, más atracción y respeto me provoca. Unos metros más allá, una fila de pequeños restaurantes mantienen todo el día encendidas unas viejas y eclécticas barbacoas donde cocinar el pescado fresco que llega, puntual, dos veces al día. Y justo detrás, poco antes de la entrada principal de la antigua medina, un castillo construido por los portugueses en el siglo XVI, en pleno proceso de derrumbe por el retroceso imparable del acantilado, como si el mar hubiera decidido borrar de Safi cualquier símbolo de colonización europea.

Puesta de sol en Safi
Puesta de sol en Safi

Un grupo de chicas con hijab negro observan el horizonte en silencio, un par de amigos andan por el paseo cogidos de la mano mirando de reojo a las muchachas, un matrimonio carga dos bolsas llenas de naranjas, ella con burka violeta y él con cara de pocos amigos, el vendedor de palomitas busca clientes con cara de aburrimiento. La vida detiene su velocidad al ocaso en Safi, y se muestra relajada y dulce. El ajetreo de coches, gritos y ruido de la Plaza de la Independencia parece detenerse en seco aquí, agachar la cabeza y sumarse en un respeto silencioso y amable a quien asiste a contemplar una de las puestas de sol más bonitas que recuerdo.

Puesta de sol desde el acantilado de Safi
Puesta de sol desde el acantilado de Safi

El sol desaparece perezoso en el vacío del horizonte. Huele a mar y a sardinas a la brasa. Quizá me anime a comer algunas, o quizá siga mi paseo hasta la medina, o más allá. No tengo prisa. Es aquí y ahora cuando Safi más me gusta.

Y alrededor, quizá.

Silencio en el vacío abrumador de la multitud. Templos y más templos, demasiado iguales para mi. Demasiados. Mucha gente en todas partes. Un murmuro de cámaras se dispara en cada instante, allá donde mire, allá donde esté. Recuerdos de susurros imposibles, de hutongs solitarios, de quien sabe que mira pero no ve. Más gente. Poemas sin rima ni sentido, saltos de alegría poco alegres, miradas tiernas y cómplices. Sorprenderse de lo que se es cuando no se está, energía entre paredes de impotencia. Salir y pintar. O gritar.

Y más gente.

Ciudad prohibida Beijing
Ciudad prohibida de Beijing, China (Autora: Natàlia Gascon)

 

Ksar Ouled Soltane

Llego a Ksar Ouled Soltane por la tarde, tras un largo día de coche. Me he despertado en Ksar Ghilane, un bonito oasis en el desierto, y tengo la intención de desayunar mañana en Túnez capital. El camino hasta aquí ha sido precioso: la salida del sol entre las dunas de arena fina del desierto, horas solitarias de carretera entre arbustos secos y arena rojiza, de vez en cuando acompañado por camellos que cruzan sin prisas o, incluso, por personas caminando sin un rumbo claro para quien no entiende los secretos del desierto. Matmata, Medenine y Tataouine, ciudades en las que apenas paro para descansar o tomar un te observando el habitual caos tunecino de cualquier ciudad.

De camino a Ksar Ouled Soltane ando preocupado por dos cosas: llegar a tiempo para devolver el coche de alquiler en Gabès antes de las 8 y por una de las ruedas del coche que parece deshinchada. La verdad, no se me ocurre nada peor que pinchar una rueda aquí, entre paisajes sin movimiento ni tiempo para encontrarlo. Y así, distraído pensando en qué hacer si nada sale bien, llego sin darme cuenta a un pequeño grupo de casas blancas que rodean el minarete de una sencilla mezquita. “Aquí debe ser”, pienso, más por la ausencia de otro grupo de casas similares en muchos kilómetros a la redonda que por la impresión de haber llegado a algún sitio importante. A la derecha de la carretera, casi de casualidad, encuentro el Ksar, humilde, sin indicación alguna ni parafernalias turísticas.

Es finales de diciembre y por aquí no hay nadie más que un chico aburrido sentado en una silla de plástico y dos hombres tomando el te en una esquina de la calle, bajo la sombra de un balcón, en silencio. El chico se acerca con dibujos del Ksar pintados con acuarela. Me explica que con lo que gana vendiéndolos se paga los estudios. Lo dice distraído, con cierta desgana, como si ni él mismo se lo creyese.

Ksar Ouled Soltane
Ksar Ouled Soltane

Los Ksar son graneros fortificados bereberes en los que  los diferentes graneros, llamados gorfas, se distribuyen en patios y suelen tener más de un piso. Suelen estar ubicados en emplazamientos defensivos naturales ya que uno de los objetivos era proteger la cosecha de cereal. Bien pensado. Dado el clima del sur de Túnez y las condiciones en las que vivían los bereberes, una buena cosecha bien merecía ser defendida. Cerca de Tataouine hay un buen número de Ksar visitables, algunos reconstruidos y otros sólo sombras de lo que fueron. El Ksar Ouled Soltane es el más bien restaurado y famoso, ya sea por su belleza o por haber sido la residencia de Anakin Skywalker en alguna de las películas de Star Wars.

Ksar Ouled Soltane
Ksar Ouled Soltane

Doy un paseo sin demasiada calma, tomo algunas fotografías, pienso en la rueda y en si pincharé en el camino de regreso. Me siento en una de las escaleras. Maldita rueda. Pasa un rato, doy otro vuelta, tomo alguna fotografía y me vuelvo a sentar. Cae el sol en Tataouine, y aún tengo camino que recorrer. “En Gabès debo devolver el coche y tomar el tren nocturno hasta Túnez. Y antes tengo que revisar esa rueda, claro. Me voy”, pienso. En la entrada, el chico de los dibujos mira al horizonte, sentado en su silla de plástico, dejando pasar el tiempo. Me repite que los vende para pagarse los estudios. Y lo repite distraído, con la misma desgana que antes, creyéndolo un poco menos. Esta vez le compro uno.

Ksar Ouled Soltane croquis
Dibujo del Ksar Ouled Soltane que le compré al chico

De regreso de Tataouine paro, al fin, a revisar la rueda. Está deshinchada pero no hay pinchazo. Ningún problema. A veces uno se obsesiona tanto con algo que hasta le impide disfrutar del camino como éste se merece. Y cuando te das cuenta ya es demasiado tarde, porqué esa rueda nunca estuvo pinchada y el Ksar Ouled Soltane se merecía algo más que un par de paseos nerviosos y algunas fotos impacientes. Y ahora, algunos años después, en mi mente hay más espacio para esa rueda deshinchada que por haber disfrutado de un lugar maravilloso con calma, como se merecía.

Llego a Gabès 15 minutos antes de las 8. La oficina de alquiler de coches está cerrada, aunque un cartel bien grande en la entrada indica que cierran a las 8. Me desespera pensar en perder un día entero en esta ciudad de la que poco me atrae y en la que no tenía ninguna intención de quedarme. En el interior de la oficina todo está oscuro y sin movimiento. Sin tiempo para blasfemias alguien me toca el brazo y me hace señas para que lo siga mientras me sonríe soltando palabras en árabe. Unos metros más allá me invita a entrar a una peluquería. En el interior, con la cabeza cubierta de espuma de afeitar, un sonriente dependiente de la oficina de coches de alquiler me saluda y me pide que me siente a esperar a que le afeiten la cabeza. “Tranquilo, siéntate y espera un momento. El horario dice que  cerramos a las 8, pero eso en Túnez es relativo”.

Sueños de Kyoto

Pongo el pie en Kyoto imaginando un mundo de samuráis y castillos japoneses, de pequeñas casas de te en callejones estrechos y oscuros, donde el caminar de una geisha atraviesa el tiempo y se desliza entre las sombras traicioneras de las afiladas esquinas del barrio de Gion. Un mundo de jardines perfectos, ambientados con el rumor armónico y bello del agua y del viento, con el sonido de las katanas y los dongs, de las palabras hechas poesía a los oídos curiosos y desafinados del extraño. Sin embargo, anchos e iluminados túneles me transportan al magnífico vestíbulo de la estación de tren, una maravilla arquitectónica moderna de 11 plantas, rodeada de anchas calles llenas de coches y altos edificios rectangulares de ese gris hormigón tan frío y tan de todas partes.

Vestíbulo de la estación de tren Kyoto
Vestíbulo de la estación de tren Kyoto

En el enorme panel electrónico de la estación, bellos símbolos japoneses se mezclan con números carentes de sentido para mi. Una mujer diminuta se acerca sonriendo, lleva una pequeña libreta roja entre las manos arrugadas y frágiles. Un gris oscuro asoma de su sonrisa casi vacía de dientes, pelo descuidado, ojos diminutos de mirada divertida. Tira de mi mochila para llamar mi atención. Parece muy vieja, milenaria, entrañable. Habla nerviosa señalando el panel de la estación, indicándome algo carente de sentido para mi. Trato de irme alegando no entenderla pero me sigue con la mano agarrada a mi mochila unos metros, hasta que desesperada se coloca frente a mi y abre la libreta, señalando una de sus páginas. En bellas letras escritas por manos temblorosas y arrugadas consigo leer:

どういったご用件ですか?// Can I help you?

Riachuelo en la calle Shimbashi en el barrio de Gion
Riachuelo en la calle Shimbashi en el barrio de Gion

Hace frío en la tierra de los cerezos perezosos de primavera, cuyo blanco latente dirige el alma de un país milenario.  De camino al hostal, enormes avenidas rodeadas de centros comerciales y pequeños restaurantes, callejones bulliciosos de estudiantes camino a casa, un tímido riachuelo silencioso entre pequeños palacios de madera, cuyas plantas desafiantes muerden el asfalto más desgastado. Cae la noche cuando llego al río Kama-gawa, las luces de las calles más comerciales se iluminan a la velocidad que oscurecen los callejones estrechos de Gion y Higashiyama. Aquí está la Kyoto de las geishas y los farolillos rojos, la Kyoto de los pequeños restaurantes en callejuelas bañadas por el humo del vapor y la dulzura del sake, la de las casas de te escondidas a los ojos demasiado poco sutiles de los extranjeros. Aquí esta la Kyoto que andaba buscando.

Farolillo en la calle Ponto-cho
Farolillo en la calle Ponto-cho

Yusuke me sirve un sake. Debo reconocer que es el primero que pruebo, y es el primero de los muchos que tomaré con Yusuke durante mi estancia en Kyoto. Vive en el hostal, en la misma habitación compartida en la que duermo yo. Por las mañanas atiende a los turistas y sirve desayunos, por las tardes descansa en la habitación leyendo y viendo series japonesas hasta la noche, cuando baja de nuevo al bar a beber sake y charlar con extraños y con una pequeña comunidad americana que se reúne allí. Las charlas en el bar del hostal serán muy agradables, compartiendo lo vivido con quien ya lo ha visto antes, a veces decepcionado al ver sus reacciones de aburrimiento, a veces feliz de descubrir en ellas una mueca de sorpresa al escuchar encantos sólo visibles para quien camina despreocupado y sin prisa.

Presentes de madera en un templo de Kyoto
Presentes de madera en un templo de Kyoto

El último sake lo tomo en la terraza de la habitación, soñando con el mundo preconcebido que mi mente alberga tras el muro de restaurantes del otro lado del río. Nieva en esta tierra tan alejada de todo lo mío. Nieva en esta ciudad de cuento, en la que siempre soñé estar pero nunca pensé que fuera capaz. Nieva, y ahora mismo nada me parece más bonito que ver nevar en Japón.

Vista desde Ginkaku-ji
Vista desde Ginkaku-ji