Todas las entradas de: amadeu10

Ksar Ouled Soltane

Llego a Ksar Ouled Soltane por la tarde, tras un largo día de coche. Me he despertado en Ksar Ghilane, un bonito oasis en el desierto, y tengo la intención de desayunar mañana en Túnez capital. El camino hasta aquí ha sido precioso: la salida del sol entre las dunas de arena fina del desierto, horas solitarias de carretera entre arbustos secos y arena rojiza, de vez en cuando acompañado por camellos que cruzan sin prisas o, incluso, por personas caminando sin un rumbo claro para quien no entiende los secretos del desierto. Matmata, Medenine y Tataouine, ciudades en las que apenas paro para descansar o tomar un te observando el habitual caos tunecino de cualquier ciudad.

De camino a Ksar Ouled Soltane ando preocupado por dos cosas: llegar a tiempo para devolver el coche de alquiler en Gabès antes de las 8 y por una de las ruedas del coche que parece deshinchada. La verdad, no se me ocurre nada peor que pinchar una rueda aquí, entre paisajes sin movimiento ni tiempo para encontrarlo. Y así, distraído pensando en qué hacer si nada sale bien, llego sin darme cuenta a un pequeño grupo de casas blancas que rodean el minarete de una sencilla mezquita. “Aquí debe ser”, pienso, más por la ausencia de otro grupo de casas similares en muchos kilómetros a la redonda que por la impresión de haber llegado a algún sitio importante. A la derecha de la carretera, casi de casualidad, encuentro el Ksar, humilde, sin indicación alguna ni parafernalias turísticas.

Es finales de diciembre y por aquí no hay nadie más que un chico aburrido sentado en una silla de plástico y dos hombres tomando el te en una esquina de la calle, bajo la sombra de un balcón, en silencio. El chico se acerca con dibujos del Ksar pintados con acuarela. Me explica que con lo que gana vendiéndolos se paga los estudios. Lo dice distraído, con cierta desgana, como si ni él mismo se lo creyese.

Ksar Ouled Soltane
Ksar Ouled Soltane

Los Ksar son graneros fortificados bereberes en los que  los diferentes graneros, llamados gorfas, se distribuyen en patios y suelen tener más de un piso. Suelen estar ubicados en emplazamientos defensivos naturales ya que uno de los objetivos era proteger la cosecha de cereal. Bien pensado. Dado el clima del sur de Túnez y las condiciones en las que vivían los bereberes, una buena cosecha bien merecía ser defendida. Cerca de Tataouine hay un buen número de Ksar visitables, algunos reconstruidos y otros sólo sombras de lo que fueron. El Ksar Ouled Soltane es el más bien restaurado y famoso, ya sea por su belleza o por haber sido la residencia de Anakin Skywalker en alguna de las películas de Star Wars.

Ksar Ouled Soltane
Ksar Ouled Soltane

Doy un paseo sin demasiada calma, tomo algunas fotografías, pienso en la rueda y en si pincharé en el camino de regreso. Me siento en una de las escaleras. Maldita rueda. Pasa un rato, doy otro vuelta, tomo alguna fotografía y me vuelvo a sentar. Cae el sol en Tataouine, y aún tengo camino que recorrer. “En Gabès debo devolver el coche y tomar el tren nocturno hasta Túnez. Y antes tengo que revisar esa rueda, claro. Me voy”, pienso. En la entrada, el chico de los dibujos mira al horizonte, sentado en su silla de plástico, dejando pasar el tiempo. Me repite que los vende para pagarse los estudios. Y lo repite distraído, con la misma desgana que antes, creyéndolo un poco menos. Esta vez le compro uno.

Ksar Ouled Soltane croquis
Dibujo del Ksar Ouled Soltane que le compré al chico

De regreso de Tataouine paro, al fin, a revisar la rueda. Está deshinchada pero no hay pinchazo. Ningún problema. A veces uno se obsesiona tanto con algo que hasta le impide disfrutar del camino como éste se merece. Y cuando te das cuenta ya es demasiado tarde, porqué esa rueda nunca estuvo pinchada y el Ksar Ouled Soltane se merecía algo más que un par de paseos nerviosos y algunas fotos impacientes. Y ahora, algunos años después, en mi mente hay más espacio para esa rueda deshinchada que por haber disfrutado de un lugar maravilloso con calma, como se merecía.

Llego a Gabès 15 minutos antes de las 8. La oficina de alquiler de coches está cerrada, aunque un cartel bien grande en la entrada indica que cierran a las 8. Me desespera pensar en perder un día entero en esta ciudad de la que poco me atrae y en la que no tenía ninguna intención de quedarme. En el interior de la oficina todo está oscuro y sin movimiento. Sin tiempo para blasfemias alguien me toca el brazo y me hace señas para que lo siga mientras me sonríe soltando palabras en árabe. Unos metros más allá me invita a entrar a una peluquería. En el interior, con la cabeza cubierta de espuma de afeitar, un sonriente dependiente de la oficina de coches de alquiler me saluda y me pide que me siente a esperar a que le afeiten la cabeza. “Tranquilo, siéntate y espera un momento. El horario dice que  cerramos a las 8, pero eso en Túnez es relativo”.

Sueños de Kyoto

Pongo el pie en Kyoto imaginando un mundo de samuráis y castillos japoneses, de pequeñas casas de te en callejones estrechos y oscuros, donde el caminar de una geisha atraviesa el tiempo y se desliza entre las sombras traicioneras de las afiladas esquinas del barrio de Gion. Un mundo de jardines perfectos, ambientados con el rumor armónico y bello del agua y del viento, con el sonido de las katanas y los dongs, de las palabras hechas poesía a los oídos curiosos y desafinados del extraño. Sin embargo, anchos e iluminados túneles me transportan al magnífico vestíbulo de la estación de tren, una maravilla arquitectónica moderna de 11 plantas, rodeada de anchas calles llenas de coches y altos edificios rectangulares de ese gris hormigón tan frío y tan de todas partes.

Vestíbulo de la estación de tren Kyoto
Vestíbulo de la estación de tren Kyoto

En el enorme panel electrónico de la estación, bellos símbolos japoneses se mezclan con números carentes de sentido para mi. Una mujer diminuta se acerca sonriendo, lleva una pequeña libreta roja entre las manos arrugadas y frágiles. Un gris oscuro asoma de su sonrisa casi vacía de dientes, pelo descuidado, ojos diminutos de mirada divertida. Tira de mi mochila para llamar mi atención. Parece muy vieja, milenaria, entrañable. Habla nerviosa señalando el panel de la estación, indicándome algo carente de sentido para mi. Trato de irme alegando no entenderla pero me sigue con la mano agarrada a mi mochila unos metros, hasta que desesperada se coloca frente a mi y abre la libreta, señalando una de sus páginas. En bellas letras escritas por manos temblorosas y arrugadas consigo leer:

どういったご用件ですか?// Can I help you?

Riachuelo en la calle Shimbashi en el barrio de Gion
Riachuelo en la calle Shimbashi en el barrio de Gion

Hace frío en la tierra de los cerezos perezosos de primavera, cuyo blanco latente dirige el alma de un país milenario.  De camino al hostal, enormes avenidas rodeadas de centros comerciales y pequeños restaurantes, callejones bulliciosos de estudiantes camino a casa, un tímido riachuelo silencioso entre pequeños palacios de madera, cuyas plantas desafiantes muerden el asfalto más desgastado. Cae la noche cuando llego al río Kama-gawa, las luces de las calles más comerciales se iluminan a la velocidad que oscurecen los callejones estrechos de Gion y Higashiyama. Aquí está la Kyoto de las geishas y los farolillos rojos, la Kyoto de los pequeños restaurantes en callejuelas bañadas por el humo del vapor y la dulzura del sake, la de las casas de te escondidas a los ojos demasiado poco sutiles de los extranjeros. Aquí esta la Kyoto que andaba buscando.

Farolillo en la calle Ponto-cho
Farolillo en la calle Ponto-cho

Yusuke me sirve un sake. Debo reconocer que es el primero que pruebo, y es el primero de los muchos que tomaré con Yusuke durante mi estancia en Kyoto. Vive en el hostal, en la misma habitación compartida en la que duermo yo. Por las mañanas atiende a los turistas y sirve desayunos, por las tardes descansa en la habitación leyendo y viendo series japonesas hasta la noche, cuando baja de nuevo al bar a beber sake y charlar con extraños y con una pequeña comunidad americana que se reúne allí. Las charlas en el bar del hostal serán muy agradables, compartiendo lo vivido con quien ya lo ha visto antes, a veces decepcionado al ver sus reacciones de aburrimiento, a veces feliz de descubrir en ellas una mueca de sorpresa al escuchar encantos sólo visibles para quien camina despreocupado y sin prisa.

Presentes de madera en un templo de Kyoto
Presentes de madera en un templo de Kyoto

El último sake lo tomo en la terraza de la habitación, soñando con el mundo preconcebido que mi mente alberga tras el muro de restaurantes del otro lado del río. Nieva en esta tierra tan alejada de todo lo mío. Nieva en esta ciudad de cuento, en la que siempre soñé estar pero nunca pensé que fuera capaz. Nieva, y ahora mismo nada me parece más bonito que ver nevar en Japón.

Vista desde Ginkaku-ji
Vista desde Ginkaku-ji

Reflexiones desde Irán

Irán, todavía no me he ido y ya te echo de menos.

Intento recordar y memorizar algunos de los momentos que he vivido durante estas dos semanas, aquí, a las puertas de dejar todo esto atrás. Es una batalla perdida, lo sé, mi memoria va a su aire y elije qué guardar y qué borrar en función de parámetros que desconozco y no controlo.

Hay paises con mezquitas más grandes que las iraníes, hay paises con desiertos más áridos, montañas más altas y restos de antiguos imperios mejor conservados. Hay, quizá, ciudades con bazares más grandes y antiguos que los de Isfahán o Teherán, o con callejuelas estrechas y laberínticas más espectaculares que las de Yazd. Irán tiene todo esto y, además, tiene los y las iraníes. Gente que te para por la calle para preguntarte si todo te va bien o si necesitas algo, que se acerca mientras comes o tomas un te preocupados por si te gusta lo que ves, curiosos de saber la imagen que tienen en el exterior, a menudo avergonzados de sus gobernantes. Un país de gente hospitalaria hasta el punto de parecer sospechosa de acabar pidiendo algo. Pero no, lo hacen porque son así, y cuando te das cuenta te dejas ir y lo disfrutas todavía más ¡Qué poco acostumbrados estamos a un carácter así! Una hospìtalidad que me ha sorprendido y, en algunos momentos, totalmente superado. Gente amable y cariñosa, gente confidente, con ganas de hablar de todo, que ve en el extranjero, creo, una ventana al exterior, una oportunidad para conocer qué hay más allá, alguien con quien hablar claro sin miedo a represalias. Un país maltratado por la prensa internacional, pacífico y tranquilo, ideal para viajar sin prisas y sin haber planificado nada más que las ganas de disfrutar del viaje.

Conversación a la entrada del bazar de Isfahán
Conversación a la entrada del bazar de Isfahán

Sin embargo, no todo son buenas noticias. Irán es un país con las libertades y los derechos humanos profundamente recortados, donde el chador y el pañuelo impuestos por el Islam forman parte del paisaje diario, donde líderes políticos contrarios al gobiernos son encarcelados y torturados. Un país extraño donde no se deja entrar a un acto de la universidad a un extranjero por miedo a que sea un espía español. Un territorio donde la religión manda sobre la política, un país donde el poder real está en Qom (centro religioso del país) y no en Teherán, donde la religión impregna el aire que se respira, sobretodo en las ciudades pequeñas y pueblos. En el Irán de 2014 el valor de una mujer es la mitad que el de un hombre y los homosexuales son condenados a latigazos o, incluso, con la pena de muerte.

Una pareja cogida de la mano buscando un rincón en los jardines donde tener un poco de intimidad. Miradas de deseo que se cruzan en la calle sin ninguna experiencia para convertirlas en palabras. Una pareja se da un beso en la palma de la mano y después se dan la mano, simbolizando un beso. Pequeños gestos que desafían un régimen. Pero ¿dónde está ese Irán del que todo el mundo comenta que 30 años atrás parecía un país europeo?¿Dónde están esas mujeres con bañador y pelo descubierto? En el Irán del 2014 seguro que no. ¿Cómo han llegado hasta aquí? ¿Por qué en el 1979 forzaron una Revolución Islámica que parece que les ha hecho caminar hacia atrás? Preguntas que día a día surgen en conversaciones interesantes, mientras desayuno en un hostal o tomo el te a media tarde. Nadie parece entender porque todo es así y no cambia, ni los extranjeros que me voy encontrando ni los iraníes a los que se lo pregunto: “A los iraníes no los entendemos ni los iraníes”, me dice Alí.

Caminando por el cauce seco del río Zayandeh Rud en Isfahán
Caminando por el cauce seco del río Zayandeh Rud en Isfahán

90%. La cifra se repite allá donde vaya. Kermán, Yazd, Shiraz, en el autobús camino de Teherán o cenando un kebab en Isfahán. 90%. Como si alguien hubiera pregonado ese número y todo el mundo se lo hubiera hecho suyo, así como la frase tétrica que lo sigue: “El 90% de la gente está en contra del gobierno, pero no podemos hacer nada”.

Y cuando la nebulosa era más densa y opaca, cuando menos lo entendía todo, aparece de la mochila el último libro para leer durante el viaje, “El Sha” de Kapuscinski. En “El Sha” se explican las torturas, asesinatos, secuestros y detenciones que sufrió la población durante el reinado del último Sha hasta la abdicación de éste y el estallido de la Revolución Islámica. Poco a poco, a medida que el libro avanza, la nebulosa densa y opaca va haciéndose más transparente, como un ovillo de alambre que va deshaciéndose, como si todo tuviera de pronto una cierta justificación histórica. Los iraníes no eligieron el Islam porque no les gustaba vivir libres y en un país moderno, se refugiaron en el Islam huyendo de una dictadura criminal, encontraron en las mezquitas el único lugar donde poder expresarse en libertad y escucharon en los mensajes de los ayatollah el único discurso contrario a todo un sistema corrupto y represor que los aniquilaba si se mostraban en contra.

Ciudadela de Rayen
Ciudadela de Rayen

He compartido ratos con viajeros empedernidos de los de “lo dejo todo para hacer la vuelta al mundo”, con los que mi viaje se ha ido haciendo cada vez más pequeño, minúsculo. He conversado largamente con iraníes, he paseado por las calles de ciudades de las “Mil y una noches” y he vivido fiestas tradicionales en casa de un iraní fantástico. Mezquitas, bazares, ciudades de la Ruta de la Seda, tumbas de antiguos poetas persas y historias de alfombras voladoras. Tes a media tarde, kebabs de pollo, arroz y cerveza sin alcohol. Y todo esto en dos semanas.

Compra un billete a Irán, deja en casa todo lo que pensabas que sabías del país, habla con tantos iraníes como te sea posible, trata de entender un país con una historia tan larga que te hará sentir pequeño, insignificante. Y sobretodo, no viajes con nada cerrado porqué seguro que algún iraní te invita a su casa y tus planes cambian sin remedio. Ahora que lo pienso, si yo pudiera lo volvería a hacer ahora mismo.

Aeropuerto de Teherán, 13 de marzo de 2014, 3:30 am.

Roc Benviure

La Torre de Benviure permanece vigilada desde hace mil años por Roc Benviure, un curioso caballero que quedó atrapado en el siglo X y que el primer domingo de cada mes explica de forma divertida cómo se vivía en su época, por qué se construyó la torre y cómo eran los territorios de Sant Boi durante la reconquista cristiana, diez siglos atrás.

Roc en las escaleras de la Torre de Benviure
Roc en las escaleras de la Torre de Benviure

Roc nos vigila mientras camina en círculos por el tercer piso de la torre, observa a los visitantes que poco a poco vamos sentándonos en las gradas. Son las 11:30 de la mañana y hace un día espléndido de invierno. Cada vez que el escudo y la lanza aparecen se escucha un rumor y algunas risas nerviosas entre el grupo de niños, expectantes para conocer al caballero y ver las armas más de cerca. Finalmente, unos minutos después, decide bajar y presentarse.

La visita, de casi dos horas de duración, transcurre por los tres pisos de la Torre de Benviure, así como por el yacimiento arqueológico de los alrededores, de forma amena y muy agradable. Al final, si se quiere, se puede hacer una pequeña excursión muy recomendable. Es un recorrido histórico muy interesante, lleno de anécdotas y secretos desconocidos por la gran mayoría, de detalles curiosos y momentos divertidos.

Un momento de la visita
Un momento de la visita

La Torre de Benviure fue construía en el siglo X para defender la ciudad de Barcelona de los ataques de las tropas del reino de Al-Andalus. Durante muchos años formó parte, junto con otras torres parecidas, de la llamada Marca Hispánica, la frontera que separaba los territorios cristianes de los reinos musulmanes del sur. La Torre de Benviure estaba situada en el camino real que unía Barcelona y Tarragona, el llamado camino ral, que reseguía viejos caminos romanos y que tuvo una gran importancia para el comercio y las comunicaciones.

El Ayuntamiento restauró la torre junto con el yacimiento arqueológico que hay en los alrededores a principios de 2011, con el objetivo de dar a conocer esta torre de vigía militar a los santboianos y santboianas y, además, explicar cómo se vivía en la época de la reconquista cristiana (siglos X-XII) en Sant Boi.

Roc al pie de la Torre de Benviure
Roc al pie de la Torre de Benviure

Roc nos explica los orígenes de la torre, cómo era este territorio mil años atrás, de qué se vivía, por qué fue importante y qué hacía él allí. Mientras, me llama la atención alguien que en la grada dibuja en un cuaderno. Me acerco. Es Daniel Castro, un santboiano nacido en Uruguay que dibuja de forma fantástica y muestra sus trabajos en el blog Dibujos-Croquis-Apuntes. Quien no lo conozca vale la pena darle una ojeada.

Dibujo de la Torre de Benviure. Autor: Daniel Castro
Dibujo de la Torre de Benviure. Autor: Daniel Castro

Una vez terminada la visita a la Torre de Benviure, Roc nos guía por los caminos de Sant Ramon hasta un tramo original del camino ral, excavado en el 2005. Una pequeña joya escondida para quien no conoce donde está, donde las marcas de las roderas de los carros son aún visibles siglos más tarde, en algún punto entre el camino que sube a Sant Ramon y la carretera de Sant Climent. Un pequeño viaje en el tiempo, una mirada fugaz al pasado de la mano de un caballero del siglo X y de un camino muy bien conservado, nada mejor para imaginar cómo era vivir en el Sant Boi de hace mil años. El punto exacto donde se ve el camino ral original no lo diré, dejo que sea Roc Benviure quien lo muestre a aquellos y aquellas que se animen a hacerle una visita. Os lo agradecerá, y os gustará.

Con Roc Benviure

Con Roc Benviure

Información práctica

Día y hora: Primer domingo de cada mes, de 11:30 a 13:30

Lugar: Torre de Benviure, calle de Can Paulet nº40

Precio: Gratuito

Duración de la visita: entre una hora y media y dos horas

Clica aquí para seguir a Roc Benviure en Facebook

Web del Museo de Sant Boi

El Djem

Las tropas del emir Hasan se refugian del implacable sol en las cercanías del monumental coliseo de El Djem. Cansados y aburridos, observan pacientemente los muros impenetrables de tal maravilla, exageradamente alta y sólida respecto cualquier edificio que hayan encontrado desde la lejana Cartago. Piedra y ceniza, olivos y arena. Todo es calma en esta mañana del año 701. Allí donde gladiadores ganaron la vida y la muerte a merced del capricho de unos pocos 200 años atrás, hoy se refugia la princesa bereber Kahena y su pueblo guerrero. Luchan contra la invasión árabe del norte de África, dejan tras de si campos quemados, batallas, muerte y toda esperanza de victoria.

Coliseo El Djem
Coliseo El Djem

Más de 1300 años después, pongo el pie en la estación de louage de El Djem. Polvo y ruido, decenas de furgonetas mal aparcadas y gritos y empujones en cada rincón: el caos habitual de las estaciones de louage tunecinas. Llego a El Djem casi de casualidad, sin grandes esperanzas de encontrar sorpresas, tras unos días agradables en Kairouan. Al norte de la majestuosidad sobrecogedora del desierto y de la esperanza cinéfila de los oasis, cerca de salares y ciudades sagradas, entre campos de olivos y vías de tren se encuentra el municipio de El Djem, parada obligatoria para aquellos amantes de la arquitectura romana, y muy recomendable para los que, como yo, simplificamos o nos obsesionamos de vez en cuando por vivir un paisaje que, aun siendo sobrecogedor, no merece ocultar las demás bellezas del camino.

Coliseo de El Djem
Coliseo de El Djem

La estación de tren está casi desierta, nadie en las oficinas ni en las puertas, solo un par de chavales fumando sentados con los pies en las vías. Diálogo de besugos y comunicación por señas, algunas risas y gesticulaciones nerviosas, las costumbres primitivas que siempre funcionan. La seguridad de los chavales en las vías está más que justificada, no se espera ningún tren hasta dentro de dos días. Aunque en varias ocasiones me han recomendado viajar en tren por Túnez, ya sea por comodidad o velocidad, no hay duda de que la rigidez de los horarios y la poca frecuencia de paso hacen que viajar en louage o autobús sea mucho más recomendable.

Coliseo El Djem
Coliseo El Djem

Todas las calles llevan al coliseo. Así, al menos, parece haber sido diseñada esta ciudad de casas bajas y blancas, calles abarrotadas de mercados y gente por todas partes. No, no es una ciudad bonita en realidad. La calle principal termina en la entrada del coliseo, una pequeña explanada donde un par de camellos pacientes esperan que algún turista le apetezca pagar por una foto. Ni tan siquiera me miran, ni ellos ni los vendedores ambulantes, quizá tan perezosos que ni la esperanza de vender un collar les anima a levantarse de la silla. Quizá ya me haya mimetizado en bereber y esa camisa y zapatos extraños solo sean una frivolidad de quien ha tenido que emigrar a Europa para ganarse la vida, o quizá no se animen a vender a un solo turista a primera hora de la mañana. Ya vendrán los grupos, deben pensar.

Vista panorámica de la arena de El Djem
Vista panorámica de la arena de El Djem

Es 24 de diciembre por la mañana. Los pocos grupos de turistas que llegan al coliseo lo hacen casi 40 minutos después que yo, por lo que tengo tiempo de disfrutar de esta maravilla con el silencio y tranquilidad que se merece. Aunque más pequeño que el de Roma, este coliseo está mucho mejor conservado. Entrar a la arena por una de las puertas laterales y dejar volar la imaginación, soñar que la estructura desaparecida renace y que los 4 niveles de gradas se llenan de gente famélica de sangre y muerte, el griterío y el olor del miedo, los gladiadores, las fieras y las carreras de carros. Sin duda no tiene el pedigrí de otros templos, pero en pocos lugares uno siente tan de cerca el aliento de la historia.

Detalle de El Djem
Detalle de El Djem

La leyenda cuenta que un túnel secreto unía el coliseo con el mar, 30 Km. al este, por lo que los bereberes pudieron sobrevivir los 4 años de asedio pescando en el mar. No está claro cómo terminó la guerra, hay quien dice que la princesa Kahena fue asesinada por su amante, otros dicen que se suicidó con veneno al ver inminente la derrota. La gente de El Djem incluso sostiene que la princesa vivió más de 120 años y que era muy hermosa. Fuera de leyendas bereberes, quien viaje a Túnez buscando vestigios de las Guerras Púnicas y se decepcione con las pocas ruinas de Cartago, es muy recomendable viajar unas horas al sur, donde la arquitectura romana alcanza su mayor resplandor en el continente africano, donde el ruido de espadas y leones aún resuena en las gradas vacías del coliseo, pronto por la mañana, cuando los camellos y los vendedores ambulantes aún descansan, cuando pisar la arena te transporta en el tiempo a una época de sangre y guerras. Quizá, con suerte, incluso se pueda ver a Kahena y sus tropas bereberes siglos después, encerradas en el coliseo casi 4 años, viajando en ese misterioso túnel que los conectaba con el mar, resistiendo frente a las tropas del emir Hasan, en una de las últimas batallas por el control del norte de África.

Vista panorámica de El Djem (autor: Mahmoud Mensi)
Vista panorámica de El Djem (autor: Mahmoud Mensi)

World Press Photo 2013

Un beetle blanco desafía orgulloso las oscuras calles de la Barcelona hippie. Casi todo es silencio en esta fría madrugada de febrero de 1973. Ella luce sus mejores prendas, un deslumbrante vestido rojo de topos blancos por encima de la rodilla, pelo rubio recogido con clips florales, sonrisa traviesa. Está preciosa. Él quiere pasar por casa para cambiarse la camisa verde y afeitarse la espesa barba. Los pantalones acampanados quizá sirvan también para hoy, piensa. La conversación es animada pese a las horas de viaje, “El último tango en París” se intuye histórica por transgresora y sorprendente. Hablan de la escena de la mantequilla, “eso habría que probarlo no?” pregunta él. Ella le mira y sonríe, “qué guapo está Marlon Brando!”, contesta. El franquismo sigue censurando el cine erótico y el viaje a Perpignan es una buena opción para aquellos ávidos de cine sin fronteras.

40 años después, una vez superada la censura franquista y dejados atrás a José Luís López Vázquez y Alfredo Landa, entre otros, persiguiendo suecas, peregrinamos de nuevo a Perpignan cada septiembre para deleitarnos con el “Visa Pour l’Image”, un maravilloso festival de fotoperiodismo.

World Press Photo 2013
World Press Photo 2013

La cosa va de desgracias disfrazadas de realidad, de eso no hay duda. Conflictos en el Congo, calles destruidas de Aleppo, niños víctimas de la esclavitud en Haití, violencia en las calles de Estambul, mujeres maltratadas en todas partes. Dolor, guerra, muerte. ¿Es el mundo que está hecho un desastre o es que el fotoperiodismo se fija solo en algunas realidades, a veces pecando de forma discreta de cierto morbo?

Perpignan se viste de largo estos días, exposiciones en lugares históricos abiertos para la ocasión, descubrimientos sorprendentes en espacios insospechados, una manera diferentes y original de visitar la ciudad. En el interior, arte en mayúsculas. Y gratis, para quien quiera tomar nota. Es mediodía. Horas de pie viendo tales imágenes cansan las piernas y el espíritu, pero no cierran el estómago. Quizá sea un insensible, quizá esté insensibilizado. Tras años de ver fotografías de guerra y destrucción, uno busca detalles diferenciales que despierten algo en el interior, una breve llamarada de vida y sensibilidad que dure más que el tiempo de visita al lugar, algo que meses después siga apareciendo en la memoria y le influya en su manera de hacer. Y es que una vez admitido el desastre en el que vivimos todo es más dulce y fácil de digerir, y eso es peligroso. El dame más y más o me parecerá poco no suele acabar bien.

World Press Photo 2013
World Press Photo 2013

El Visa Pour l’Image es un estrafalario resumen de lo sucedido en el mundo, un recordatorio de que la actualidad cambia pero los problemas se quedan, una selección de fotografías impactantes que acompañan historias de todas partes. Para los fotoperiodistas, una cita ineludible, para los que disfrutamos de la fotografía, un lugar donde buscar aquella mirada, aquel contraste, aquel asomo de vida en el papel inmóvil, aquella fotografía que permanecerá grabada en nuestra memoria. Para los soñadores, ese festival al que nos gustaría colgar nuestras fotos, esa sala con tus obras, donde poder describir lo que viste, donde poder transmitir tus sensaciones, donde intentar cambiar algo en la mente de todos aquellos y aquellas se que acerquen. O quizá mejor no, mejor disfrutar cada septiembre del festival sin la desesperación del fotógrafo que observa el mundo avanzar sin demasiados cambios. Lo confesaba Don McCullin, triste y harto de la situación tras años de esfuerzos y compromiso, “al fin y al cabo, considero que mis trabajos no habrán servido para nada”.

Iaia, 100 años! Y que sean muchos más

Artista en convertir las cosas cotidianas en preciosa poesía, iaia de manos arrugadas y corazón fuerte, sonrisa infantil y caminar seguro. La iaia de los macarrones y de los yogures de cristal, la de las historias repetitivas y aventuras de guerra, la que soñaba con llegar viva a las Olimpiadas de Barcelona, hoy cumple 100 años.

De pequeño me decía: “Cógeme el brazo, que la iaia está muy viejita y le cuesta caminar”, incluso me hizo guardar un bastón “para cuando la iaia no pueda caminar sola”. Hoy, más de 20 años después, el bastón acumula polvo en el fondo del armario, mientras nosotros disfrutamos, con cierta sorpresa y admiración, como la iaia envejece cada día más risueña, más jeta y más desenfrenada.

Iaia 100 años

Hablar con ella es escuchar historias en blanco y negro, historias de repúblicas, de guerra y de hambre, pero también de esperanza, de lucha y de superación. Es reír escuchando como canta los Segadors y el himno del Barça, o sorprenderte mientras recita algún poema de infancia. Es revivir las historias de Macià y del general Batet, o volver a los bailes de antes de la guerra donde conoció a mi abuelo. Tan pronto te cuenta cómo vivía de pequeña en el Poble Sec como que ahora, que está viejtita, tiene pereza para planchar.

Iaia, te quiero y te admiro como a pocas personas he querido y admirado. Me hace feliz verte reír con tu hija, con tus nietos y bisnietos. Me sabe mal tenerte lejos, pero cuando tengo ganas de hablar contigo sé que solo tengo que llamar. Te sentarás en la silla frente al teléfono, y me contarás cosas de cuando eras pequeña, de la guerra, del “General persiana” o de mis padres. Llorarás un momento recordando a tu hijo y me preguntarás por qué él y no tu, pero cambiaré de tema y hablaremos del iaio y de tu hermano, de Barcelona, de cuando fuiste a París y del Poble Sec. Después de todo esto, es posible que volvamos a empezar.

Iaia, 100 años! Y que sean muchos más

Ni tu eres Virginie Ledoyen ni yo soy Leonardo di Caprio

Albert hace días que sueña con este momento. De hecho, creo que ha cruzado el mundo sólo para esto. La cara de felicidad y las miradas nerviosas me confirman que estamos en el punto más importante del viaje, mientras la barquita llega a la isla y busca entre las rocas la entrada secreta a La Playa. Antes del viaje Albert ha mirado una y otra vez la película, sentado en su sofá, con una sonrisa cada vez que Leonardo di Caprio ve por primera vez esta maravilla indescriptible, este milagro abandonado hasta hace pocos años en una pequeña isla a dos horas de la costa tailandesa.

Ko Phi Phi Leh
Ko Phi Phi Leh

Ya hemos llegado, no hay voltereta en la playa ni tiburones en el agua, ni tan siquiera una francesa preciosa a mi lado, sólo el sonido de la barquita, la sonrisa de Albert y una sensación de felicidad indescriptible. Hacemos el trayecto hasta la arena en silencio, nerviosos. El paisaje es precioso, una playa de agua turquesa y arena blanca, rodeada de gigantes calizos y de selva densa. Ponemos el pie en el agua lentamente, como quien no quiere que llegue nunca el momento, como quien disfruta de cada segundo, como quien no quiere romper el sueño y despertarse.

Ko Phi Phi Leh
Ko Phi Phi Leh

El sonido de las barquitas, amplificado por las rocas, rompe el silencio de vez en cuando, mientras tumbados en la arena blanca miramos al infinito y soplamos de felicidad. Hemos cruzado el mundo para vivir esto, y no nos ha decepcionado. Como siempre en estos casos, conversaciones acerca de dejarlo todo para venir aquí, sueños que una y otra vez se nos aparecen en la vida, tan frecuentes e intensos como rápidos en desaparecer de nuestra mente una vez pisamos de nuevo tierra conocida. Qué cobarde me siento tiempo después, cuando revuelvo en el cerebro buscando esa sensación de libertad y valentía, y sólo encuentro promesas no cumplidas y objetivos a medio camino. Sin embargo, soy feliz sabiendo que en mi interior vive este sentimiento, esta energía imparable, ese Amadeu que aparece cuando le apetece y que cuando lo hace puede con todo y no tiene límites.

Ko Phi Phi Leh
Ko Phi Phi Leh

Sin decirlo en voz alta dejamos que el momento se haga eterno en nuestras cabezas, el tacto de la arena, el sonido de las olas, la roca caliza impasible a nuestros sueños, y somos felices. No, ni tu eres Virginie Ledoney ni yo soy Leonardo di Caprio, pero para nosotros La Playa ha dejado de ser una película para convertirse en un recuerdo dulce, precioso, imborrable.

Información para llegar a Ko Phi Phi Leh

Para llegar a Ko Phi Phi Leh hay que que llegar primero a la isla de Ko Phi Phi. Para hacerlo se debe embarcar un par de horas desde Phuket o Krabi (este último más barato). una vez allí, cualquier embarcación local os lleva por unos 350 bahts (unos 7 euros). El precio suele incluir una buen rato en la playa y una vuelta por otros rincones fantásticos de la isla (muy recomendable!)

1er premio en el Certamen de los Lletraferits Sant Boi: “Mensaje dentro de una botella”

El pasado viernes día 13 de diciembre de 2013 se entregaron los premios del 1er Certamen de relatos breves “Mensaje dentro de una botella”, organizado por la asociación Lletraferits de Sant Boi. Aprovecho para agradecer el trabajo que hacen los lletraferits y para dar las gracias al jurado del concurso por concederme el primer premio!

100 gramos de harina

Las manos temblorosas inspeccionan cada rincón del manuscrito, no se ve ningún mensaje de un náufrago desesperado, ni las coordenadas de un tesoro escondido ni la composición secreta de ninguna bebida, solo una breve descripción de una receta de cocina. Tampoco es el escenario que había soñado, piensa, no hay arena blanca bajo los pies ni bellas palmeras de sombras alargadas, ni tan siquiera las aguas turquesas de los mares caribeños. Está en el jardín de su casa, justo en medio de la ciudad, lejos de playas e islas desiertas.

Se sienta en el sofá con la botella entre las manos, pensativo, un poco atemorizado. Sin demasiado interés lee los ingredientes y las instrucciones para preparar “Marmita a la cántabra”. Cada día me lo pone más complicado, piensa. Hace unos días descubrió un mensaje dentro de una de las botellas del jardín, cerca de la puerta de la calle, en el que había descrita la preparación de un plato típico marroquí. Desde entonces, cada mañana un nuevo mensaje, una nueva receta. Es un juego, supuso, así que se dedicó a cocinar cada día el plato que descubría. Ahora, sin embargo, ya no quiere jugar más, quiere saber quien entra cada mañana en su jardín para dejar un mensaje, quien le ha propuesto este juego oscuro y por qué.

Debería llamar a la policía, piensa mientras desayuna. Debe ser un ladrón, o un asesino en serie, o el de la tienda de comida. Quizá no sea el único que está en peligro, quizá el autor de los escritos quiera sobrealimentarle por alguna razón extraña, o sea su propia madre que le obliga a aprender a cocinar. Quizá debería llamar a la policía, si. O quizá, más bien, habrá un día en el que dejará de despertarse sonámbulo a medianoche, dejará de copiar alguna de las recetas del libro del fondo del armario y de introducirla en la botella del jardín. Quizá entonces dejará de tener miedo de una vez por todas, quizá entonces dejará de jugar consigo mismo.

Entrega del premios del concurso organizado por los Lletraferits de Sant Boi
Entrega del premios del concurso organizado por los Lletraferits de Sant Boi

p.d. gracias Natàlia por recoger el premio!!

Sarajevo y la Guerra de los Balcanes: el túnel de la vida

El sol despunta entre las montañas de Sarajevo. La noche ha sido larga y muy fría, como si la ciudad no quisiera despertarse otro día, como si ya tuviera suficiente y prefiriese quedarse a oscuras, cuando los tanques descansan y reina un delicado silencio solo roto por el viento helado entrando por las rendijas de las casas.  Los inviernos en Sarajevo son terribles. Un cuadro antiguo quema en la chimenea de una casa abandonada, mientras una familia se acerca al calor y se acurruca entre mantas sucias. El niño pequeño quizá no sobreviva una noche más. Los dueños de la casa se fueron cuando cedió una parte del techo, y ahora la nieve cae directamente al comedor, a pocos centímetros de la madre que se esfuerza para dar calor a su hijo. La noche ha sido larga y muy fría, y para la señora Sidi Kola también agotadora. Por su jardín no ha parado de entrar y salir gente, y a todos ellos les ofrece un trozo de pan y un vaso de agua. Soldados, familias, trabajadores, heridos, todo el mundo utiliza la noche para entrar o salir a la ciudad a través de su jardín. La familia Kola es conocida en toda la ciudad. Viven muy cerca del aeropuerto internacional de Sarajevo, pero al otro lado de la ciudad, en la zona libre. El ejército serbio controla todas las montañas de los alrededores de la ciudad excepto el aeropuerto, en manos de los cascos azules, así que no se puede entrar ni salir de la ciudad sin pasar por un control serbio.

Sitio de Sarajevo
Sitio de Sarajevo

Un hombre aparece cojo y con la ropa sangrando, tiene un tiro en la pierna y necesita asistencia urgente. Sida Kola lo guía a través del jardín hasta la salida de su casa. Le da un trozo de pan y vuelve adentro. En Sarajevo no hay material médico y el hospital está medio destruido, pero este hombre salvará la pierna y la vida. Ya hace unos meses que se acabó la construcción del túnel de Sarajevo, un pasillo subterráneo de unos 800 metros de longitud, que atraviesa la pista central del aeropuerto, uniendo la ciudad con la Bosnia libre. Aún está oscuro, el hombre herido sube a un camión con las los luces apagados que marcha silenciosamente hacia el hospital de Butmir, desaparece en la esquina y silencio. Ni rastro de tiro o gritos. Se ha salvado.

"Túnel de la vida" a Sarajevo
“Túnel de la vida” a Sarajevo

El túnel de Sarajevo se construyó por la necesidad de burlar el bloqueo y llevar artículos de primera necesidad a la ciudad y armas al ejército que luchaba contra el sitio. Hasta entonces, los francotiradores serbios que controlaban el aeropuerto eran los encargados de matar a todo aquel que lo intentara. El túnel fue construido por voluntarios con la supervisión del ejército bosnio durante 6 meses, en turnos de 8 horas, en condiciones infrahumanas y bajo el riesgo constante de ser descubiertos y asesinados. En los inicios, unas 4000 personas atravesaban diariamente el túnel entre Butmir y Dobrinja, cargando material, medicinas, armas y gasolina en bolsas y mochilas. Después se instalaron raíles que permitieron transportar miles de personas y toneladas de material entre las dos bandas cada día. Se podía tardar hasta dos horas en caminar los 800 metros del túnel, en una atmósfera asfixiante y con las piernas bajo el agua hasta las rodillas. De esta forma, el túnel salvó miles de vidas, llevó electricidad y teléfono a la ciudad y permitió contrarrestar el sitio de la ciudad incluso con el embargo de armas. En las peores situaciones el ser humano es capaz de hacer cosas maravillosas. Yo lo tengo claro, el 30 de junio de 1993, a las 21:00, finalizaba una obra de ingeniería humana en plena guerra, un túnel para la esperanza, el túnel de la vida.

“Mientra la tierra gire y nade un pez, hay vida todavía”

                                                                                                        J.S.

Otros artículos relacionados

· Sarajevo y la Guerra de los Balcanes: el sitio de Sarajevo

· La Guerra de los Balcanes 20 años después