Historias de Londres

Llueve y hace frío en Londres. Un hombre toca Imagine con una flauta travesera en una esquina de Oxford Street. Nadie parece escucharlo ni siquiera darse cuenta de que existe. Quizá tocar Imagine en Londres esté ya demasiado visto aunque a mí me suena como si Serrat tocará Mediterráneo solo para mí.

En el vestíbulo de la estación de Victoria centenares de personas se entrecruzan en todas direcciones siguiendo su propio camino en el anonimato de la ciudad. Un chico y una chica que no se ven desde hace mucho tiempo se encuentran de pronto, cara a cara, por sorpresa, y sin decirse nada se enredan en un fuerte y duradero abrazo. Y allí quedan, quietos, en mitad del vestíbulo de la estación, rodeados de decenas de personas a su alrededor que caminan a toda velocidad mientras los miran ávidos de vivir alguna vez un encuentro similar.

Big Ben
Vista del Big Ben

Entre decenas de restaurantes iraquíes y sirios encuentro el típico pub británico que buscaba. Para no ser menos pido fish & chips acompañado de una (creo que al final han sido dos, o tres) pintas de cerveza. Durante la cena veo las noticias de la CNN. Tras hablar durante 10 minutos sobre la crisis del ébola y dar la sensación de que aquí no va a quedar nadie de pie, el presentador explica que en España ha habido una manifestación y una recogida masiva de firmas para salvar al perro de una afectada. Termina la noticia con media sonrisa y un irónico “Sorprendente”.

Un hombre toca una batería improvisada con cubos de plástico y unos viejos platos en el suelo. Suena impresionante. Un grupo de chicos bailan frente a él, como si hubieran elevado su cuerpo a otra dimensión y no existiera nada más que esa música que les impulsa irremediablemente a bailar. ¡Y cómo bailan! Me paro un rato a envidiarlos desde una esquina, pero tengo frío y me voy al hotel.

Por la mañana me espera el clásico y poco saludable English breakfast acompañado de un enorme café con leche muy caliente. Hace muy buen día. Por la ventana del restaurante veo Hyde Park de un color verde intenso como nunca antes lo había visto. Me quedaría algunos días más en esta ciudad.

……

En realidad estoy parado en las escaleras de una estación de metro. Hace una hora que deambulo entre túneles y estaciones subterráneas, pero desde hace un rato estoy quieto en mitad de la escalera. Los convoyes llegan y se van (qué frecuencia oiga), pero aquí ni avanzamos ni retrocedemos. Hace más de una hora y media que debería estar en el hotel, pero aquí sigo apretado entre dos italianos que hablan de fútbol y un señor inglés bastante nervioso. Hace mucho calor. De fondo suena la canción de Titanic tocada con un viejo violín muy desafinado (hasta yo me he dado cuenta). No es Imagine tocado con una flauta travesera en una esquina de Oxford Street, pero a mi me sirve. Ahora que lo pienso, no estoy seguro si todo lo que he vivido hoy ha sido real o lo acabo de soñar.

El tesoro de Safi

19:00. Cafetería Bahía. Plaza de la Independencia de Safi

Bebo los últimos sorbos de té con menta, con mucho azúcar y muy caliente, bajo la sombra calurosa de una sombrilla con derecho a jubilarse. Las sillas de esta cafetería, encaradas hacia la plaza, permiten ser espectador de lujo del bullicio de gente, paraditas y coches que cada tarde aparece puntual en las calles alrededor de la antigua medina de Safi. Aquí hay un poco de todo, ropa, zapatos, trastos para casa, utensilios sin utilidad aparente, juguetes, teléfonos…todo aliñado con esa música marroquí que me provoca indicios de epilepsia proveniente de las paraditas de cd’s piratas y con vendedores con micro gritando sus ofertas cada cual más alto.

Mercado de Safi
Mercado de Safi

Unos metros más allá, el tesoro de Safi. Camino el centenar de metros que separan el café Bahía de los acantilados de la ciudad, donde el mar aparece de golpe, inmenso y posesivo, salvaje. Por el camino me encuentro con alguno de mis nuevos amigos, el viejo marinero que cada día quiere venderme trastos cada vez más raros, el alto y seco que me sigue en silencio hasta que, por alguna razón desconocida, decide marcharse sin avisar, el viejo hippie que me invitó a tomar té a su casa para mostrarme las fotos de su viaje a Lanjarón, o cualquiera del grupo que siempre andan por esta zona haciendo algo y caminando hacia algún lado. Algún día les seguiré yo, a ver qué pasa.

Acantilados de Safi
Acantilados de Safi

Busco un lugar donde sentarme cerca del acantilado, donde pueda ver las olas del Atlántico golpear testarudas las paredes inestables de roca. Como más bravo y ruidoso esté, más atracción y respeto me provoca. Unos metros más allá, una fila de pequeños restaurantes mantienen todo el día encendidas unas viejas y eclécticas barbacoas donde cocinar el pescado fresco que llega, puntual, dos veces al día. Y justo detrás, poco antes de la entrada principal de la antigua medina, un castillo construido por los portugueses en el siglo XVI, en pleno proceso de derrumbe por el retroceso imparable del acantilado, como si el mar hubiera decidido borrar de Safi cualquier símbolo de colonización europea.

Puesta de sol en Safi
Puesta de sol en Safi

Un grupo de chicas con hijab negro observan el horizonte en silencio, un par de amigos andan por el paseo cogidos de la mano mirando de reojo a las muchachas, un matrimonio carga dos bolsas llenas de naranjas, ella con burka violeta y él con cara de pocos amigos, el vendedor de palomitas busca clientes con cara de aburrimiento. La vida detiene su velocidad al ocaso en Safi, y se muestra relajada y dulce. El ajetreo de coches, gritos y ruido de la Plaza de la Independencia parece detenerse en seco aquí, agachar la cabeza y sumarse en un respeto silencioso y amable a quien asiste a contemplar una de las puestas de sol más bonitas que recuerdo.

Puesta de sol desde el acantilado de Safi
Puesta de sol desde el acantilado de Safi

El sol desaparece perezoso en el vacío del horizonte. Huele a mar y a sardinas a la brasa. Quizá me anime a comer algunas, o quizá siga mi paseo hasta la medina, o más allá. No tengo prisa. Es aquí y ahora cuando Safi más me gusta.

Y alrededor, quizá.

Silencio en el vacío abrumador de la multitud. Templos y más templos, demasiado iguales para mi. Demasiados. Mucha gente en todas partes. Un murmuro de cámaras se dispara en cada instante, allá donde mire, allá donde esté. Recuerdos de susurros imposibles, de hutongs solitarios, de quien sabe que mira pero no ve. Más gente. Poemas sin rima ni sentido, saltos de alegría poco alegres, miradas tiernas y cómplices. Sorprenderse de lo que se es cuando no se está, energía entre paredes de impotencia. Salir y pintar. O gritar.

Y más gente.

Ciudad prohibida Beijing
Ciudad prohibida de Beijing, China (Autora: Natàlia Gascon)

 

Ksar Ouled Soltane

Llego a Ksar Ouled Soltane por la tarde, tras un largo día de coche. Me he despertado en Ksar Ghilane, un bonito oasis en el desierto, y tengo la intención de desayunar mañana en Túnez capital. El camino hasta aquí ha sido precioso: la salida del sol entre las dunas de arena fina del desierto, horas solitarias de carretera entre arbustos secos y arena rojiza, de vez en cuando acompañado por camellos que cruzan sin prisas o, incluso, por personas caminando sin un rumbo claro para quien no entiende los secretos del desierto. Matmata, Medenine y Tataouine, ciudades en las que apenas paro para descansar o tomar un te observando el habitual caos tunecino de cualquier ciudad.

De camino a Ksar Ouled Soltane ando preocupado por dos cosas: llegar a tiempo para devolver el coche de alquiler en Gabès antes de las 8 y por una de las ruedas del coche que parece deshinchada. La verdad, no se me ocurre nada peor que pinchar una rueda aquí, entre paisajes sin movimiento ni tiempo para encontrarlo. Y así, distraído pensando en qué hacer si nada sale bien, llego sin darme cuenta a un pequeño grupo de casas blancas que rodean el minarete de una sencilla mezquita. “Aquí debe ser”, pienso, más por la ausencia de otro grupo de casas similares en muchos kilómetros a la redonda que por la impresión de haber llegado a algún sitio importante. A la derecha de la carretera, casi de casualidad, encuentro el Ksar, humilde, sin indicación alguna ni parafernalias turísticas.

Es finales de diciembre y por aquí no hay nadie más que un chico aburrido sentado en una silla de plástico y dos hombres tomando el te en una esquina de la calle, bajo la sombra de un balcón, en silencio. El chico se acerca con dibujos del Ksar pintados con acuarela. Me explica que con lo que gana vendiéndolos se paga los estudios. Lo dice distraído, con cierta desgana, como si ni él mismo se lo creyese.

Ksar Ouled Soltane
Ksar Ouled Soltane

Los Ksar son graneros fortificados bereberes en los que  los diferentes graneros, llamados gorfas, se distribuyen en patios y suelen tener más de un piso. Suelen estar ubicados en emplazamientos defensivos naturales ya que uno de los objetivos era proteger la cosecha de cereal. Bien pensado. Dado el clima del sur de Túnez y las condiciones en las que vivían los bereberes, una buena cosecha bien merecía ser defendida. Cerca de Tataouine hay un buen número de Ksar visitables, algunos reconstruidos y otros sólo sombras de lo que fueron. El Ksar Ouled Soltane es el más bien restaurado y famoso, ya sea por su belleza o por haber sido la residencia de Anakin Skywalker en alguna de las películas de Star Wars.

Ksar Ouled Soltane
Ksar Ouled Soltane

Doy un paseo sin demasiada calma, tomo algunas fotografías, pienso en la rueda y en si pincharé en el camino de regreso. Me siento en una de las escaleras. Maldita rueda. Pasa un rato, doy otro vuelta, tomo alguna fotografía y me vuelvo a sentar. Cae el sol en Tataouine, y aún tengo camino que recorrer. “En Gabès debo devolver el coche y tomar el tren nocturno hasta Túnez. Y antes tengo que revisar esa rueda, claro. Me voy”, pienso. En la entrada, el chico de los dibujos mira al horizonte, sentado en su silla de plástico, dejando pasar el tiempo. Me repite que los vende para pagarse los estudios. Y lo repite distraído, con la misma desgana que antes, creyéndolo un poco menos. Esta vez le compro uno.

Ksar Ouled Soltane croquis
Dibujo del Ksar Ouled Soltane que le compré al chico

De regreso de Tataouine paro, al fin, a revisar la rueda. Está deshinchada pero no hay pinchazo. Ningún problema. A veces uno se obsesiona tanto con algo que hasta le impide disfrutar del camino como éste se merece. Y cuando te das cuenta ya es demasiado tarde, porqué esa rueda nunca estuvo pinchada y el Ksar Ouled Soltane se merecía algo más que un par de paseos nerviosos y algunas fotos impacientes. Y ahora, algunos años después, en mi mente hay más espacio para esa rueda deshinchada que por haber disfrutado de un lugar maravilloso con calma, como se merecía.

Llego a Gabès 15 minutos antes de las 8. La oficina de alquiler de coches está cerrada, aunque un cartel bien grande en la entrada indica que cierran a las 8. Me desespera pensar en perder un día entero en esta ciudad de la que poco me atrae y en la que no tenía ninguna intención de quedarme. En el interior de la oficina todo está oscuro y sin movimiento. Sin tiempo para blasfemias alguien me toca el brazo y me hace señas para que lo siga mientras me sonríe soltando palabras en árabe. Unos metros más allá me invita a entrar a una peluquería. En el interior, con la cabeza cubierta de espuma de afeitar, un sonriente dependiente de la oficina de coches de alquiler me saluda y me pide que me siente a esperar a que le afeiten la cabeza. “Tranquilo, siéntate y espera un momento. El horario dice que  cerramos a las 8, pero eso en Túnez es relativo”.

Reflexiones desde Irán

Irán, todavía no me he ido y ya te echo de menos.

Intento recordar y memorizar algunos de los momentos que he vivido durante estas dos semanas, aquí, a las puertas de dejar todo esto atrás. Es una batalla perdida, lo sé, mi memoria va a su aire y elije qué guardar y qué borrar en función de parámetros que desconozco y no controlo.

Hay paises con mezquitas más grandes que las iraníes, hay paises con desiertos más áridos, montañas más altas y restos de antiguos imperios mejor conservados. Hay, quizá, ciudades con bazares más grandes y antiguos que los de Isfahán o Teherán, o con callejuelas estrechas y laberínticas más espectaculares que las de Yazd. Irán tiene todo esto y, además, tiene los y las iraníes. Gente que te para por la calle para preguntarte si todo te va bien o si necesitas algo, que se acerca mientras comes o tomas un te preocupados por si te gusta lo que ves, curiosos de saber la imagen que tienen en el exterior, a menudo avergonzados de sus gobernantes. Un país de gente hospitalaria hasta el punto de parecer sospechosa de acabar pidiendo algo. Pero no, lo hacen porque son así, y cuando te das cuenta te dejas ir y lo disfrutas todavía más ¡Qué poco acostumbrados estamos a un carácter así! Una hospìtalidad que me ha sorprendido y, en algunos momentos, totalmente superado. Gente amable y cariñosa, gente confidente, con ganas de hablar de todo, que ve en el extranjero, creo, una ventana al exterior, una oportunidad para conocer qué hay más allá, alguien con quien hablar claro sin miedo a represalias. Un país maltratado por la prensa internacional, pacífico y tranquilo, ideal para viajar sin prisas y sin haber planificado nada más que las ganas de disfrutar del viaje.

Conversación a la entrada del bazar de Isfahán
Conversación a la entrada del bazar de Isfahán

Sin embargo, no todo son buenas noticias. Irán es un país con las libertades y los derechos humanos profundamente recortados, donde el chador y el pañuelo impuestos por el Islam forman parte del paisaje diario, donde líderes políticos contrarios al gobiernos son encarcelados y torturados. Un país extraño donde no se deja entrar a un acto de la universidad a un extranjero por miedo a que sea un espía español. Un territorio donde la religión manda sobre la política, un país donde el poder real está en Qom (centro religioso del país) y no en Teherán, donde la religión impregna el aire que se respira, sobretodo en las ciudades pequeñas y pueblos. En el Irán de 2014 el valor de una mujer es la mitad que el de un hombre y los homosexuales son condenados a latigazos o, incluso, con la pena de muerte.

Una pareja cogida de la mano buscando un rincón en los jardines donde tener un poco de intimidad. Miradas de deseo que se cruzan en la calle sin ninguna experiencia para convertirlas en palabras. Una pareja se da un beso en la palma de la mano y después se dan la mano, simbolizando un beso. Pequeños gestos que desafían un régimen. Pero ¿dónde está ese Irán del que todo el mundo comenta que 30 años atrás parecía un país europeo?¿Dónde están esas mujeres con bañador y pelo descubierto? En el Irán del 2014 seguro que no. ¿Cómo han llegado hasta aquí? ¿Por qué en el 1979 forzaron una Revolución Islámica que parece que les ha hecho caminar hacia atrás? Preguntas que día a día surgen en conversaciones interesantes, mientras desayuno en un hostal o tomo el te a media tarde. Nadie parece entender porque todo es así y no cambia, ni los extranjeros que me voy encontrando ni los iraníes a los que se lo pregunto: “A los iraníes no los entendemos ni los iraníes”, me dice Alí.

Caminando por el cauce seco del río Zayandeh Rud en Isfahán
Caminando por el cauce seco del río Zayandeh Rud en Isfahán

90%. La cifra se repite allá donde vaya. Kermán, Yazd, Shiraz, en el autobús camino de Teherán o cenando un kebab en Isfahán. 90%. Como si alguien hubiera pregonado ese número y todo el mundo se lo hubiera hecho suyo, así como la frase tétrica que lo sigue: “El 90% de la gente está en contra del gobierno, pero no podemos hacer nada”.

Y cuando la nebulosa era más densa y opaca, cuando menos lo entendía todo, aparece de la mochila el último libro para leer durante el viaje, “El Sha” de Kapuscinski. En “El Sha” se explican las torturas, asesinatos, secuestros y detenciones que sufrió la población durante el reinado del último Sha hasta la abdicación de éste y el estallido de la Revolución Islámica. Poco a poco, a medida que el libro avanza, la nebulosa densa y opaca va haciéndose más transparente, como un ovillo de alambre que va deshaciéndose, como si todo tuviera de pronto una cierta justificación histórica. Los iraníes no eligieron el Islam porque no les gustaba vivir libres y en un país moderno, se refugiaron en el Islam huyendo de una dictadura criminal, encontraron en las mezquitas el único lugar donde poder expresarse en libertad y escucharon en los mensajes de los ayatollah el único discurso contrario a todo un sistema corrupto y represor que los aniquilaba si se mostraban en contra.

Ciudadela de Rayen
Ciudadela de Rayen

He compartido ratos con viajeros empedernidos de los de “lo dejo todo para hacer la vuelta al mundo”, con los que mi viaje se ha ido haciendo cada vez más pequeño, minúsculo. He conversado largamente con iraníes, he paseado por las calles de ciudades de las “Mil y una noches” y he vivido fiestas tradicionales en casa de un iraní fantástico. Mezquitas, bazares, ciudades de la Ruta de la Seda, tumbas de antiguos poetas persas y historias de alfombras voladoras. Tes a media tarde, kebabs de pollo, arroz y cerveza sin alcohol. Y todo esto en dos semanas.

Compra un billete a Irán, deja en casa todo lo que pensabas que sabías del país, habla con tantos iraníes como te sea posible, trata de entender un país con una historia tan larga que te hará sentir pequeño, insignificante. Y sobretodo, no viajes con nada cerrado porqué seguro que algún iraní te invita a su casa y tus planes cambian sin remedio. Ahora que lo pienso, si yo pudiera lo volvería a hacer ahora mismo.

Aeropuerto de Teherán, 13 de marzo de 2014, 3:30 am.

Roc Benviure

La Torre de Benviure permanece vigilada desde hace mil años por Roc Benviure, un curioso caballero que quedó atrapado en el siglo X y que el primer domingo de cada mes explica de forma divertida cómo se vivía en su época, por qué se construyó la torre y cómo eran los territorios de Sant Boi durante la reconquista cristiana, diez siglos atrás.

Roc en las escaleras de la Torre de Benviure
Roc en las escaleras de la Torre de Benviure

Roc nos vigila mientras camina en círculos por el tercer piso de la torre, observa a los visitantes que poco a poco vamos sentándonos en las gradas. Son las 11:30 de la mañana y hace un día espléndido de invierno. Cada vez que el escudo y la lanza aparecen se escucha un rumor y algunas risas nerviosas entre el grupo de niños, expectantes para conocer al caballero y ver las armas más de cerca. Finalmente, unos minutos después, decide bajar y presentarse.

La visita, de casi dos horas de duración, transcurre por los tres pisos de la Torre de Benviure, así como por el yacimiento arqueológico de los alrededores, de forma amena y muy agradable. Al final, si se quiere, se puede hacer una pequeña excursión muy recomendable. Es un recorrido histórico muy interesante, lleno de anécdotas y secretos desconocidos por la gran mayoría, de detalles curiosos y momentos divertidos.

Un momento de la visita
Un momento de la visita

La Torre de Benviure fue construía en el siglo X para defender la ciudad de Barcelona de los ataques de las tropas del reino de Al-Andalus. Durante muchos años formó parte, junto con otras torres parecidas, de la llamada Marca Hispánica, la frontera que separaba los territorios cristianes de los reinos musulmanes del sur. La Torre de Benviure estaba situada en el camino real que unía Barcelona y Tarragona, el llamado camino ral, que reseguía viejos caminos romanos y que tuvo una gran importancia para el comercio y las comunicaciones.

El Ayuntamiento restauró la torre junto con el yacimiento arqueológico que hay en los alrededores a principios de 2011, con el objetivo de dar a conocer esta torre de vigía militar a los santboianos y santboianas y, además, explicar cómo se vivía en la época de la reconquista cristiana (siglos X-XII) en Sant Boi.

Roc al pie de la Torre de Benviure
Roc al pie de la Torre de Benviure

Roc nos explica los orígenes de la torre, cómo era este territorio mil años atrás, de qué se vivía, por qué fue importante y qué hacía él allí. Mientras, me llama la atención alguien que en la grada dibuja en un cuaderno. Me acerco. Es Daniel Castro, un santboiano nacido en Uruguay que dibuja de forma fantástica y muestra sus trabajos en el blog Dibujos-Croquis-Apuntes. Quien no lo conozca vale la pena darle una ojeada.

Dibujo de la Torre de Benviure. Autor: Daniel Castro
Dibujo de la Torre de Benviure. Autor: Daniel Castro

Una vez terminada la visita a la Torre de Benviure, Roc nos guía por los caminos de Sant Ramon hasta un tramo original del camino ral, excavado en el 2005. Una pequeña joya escondida para quien no conoce donde está, donde las marcas de las roderas de los carros son aún visibles siglos más tarde, en algún punto entre el camino que sube a Sant Ramon y la carretera de Sant Climent. Un pequeño viaje en el tiempo, una mirada fugaz al pasado de la mano de un caballero del siglo X y de un camino muy bien conservado, nada mejor para imaginar cómo era vivir en el Sant Boi de hace mil años. El punto exacto donde se ve el camino ral original no lo diré, dejo que sea Roc Benviure quien lo muestre a aquellos y aquellas que se animen a hacerle una visita. Os lo agradecerá, y os gustará.

Con Roc Benviure

Con Roc Benviure

Información práctica

Día y hora: Primer domingo de cada mes, de 11:30 a 13:30

Lugar: Torre de Benviure, calle de Can Paulet nº40

Precio: Gratuito

Duración de la visita: entre una hora y media y dos horas

Clica aquí para seguir a Roc Benviure en Facebook

Web del Museo de Sant Boi

El Djem

Las tropas del emir Hasan se refugian del implacable sol en las cercanías del monumental coliseo de El Djem. Cansados y aburridos, observan pacientemente los muros impenetrables de tal maravilla, exageradamente alta y sólida respecto cualquier edificio que hayan encontrado desde la lejana Cartago. Piedra y ceniza, olivos y arena. Todo es calma en esta mañana del año 701. Allí donde gladiadores ganaron la vida y la muerte a merced del capricho de unos pocos 200 años atrás, hoy se refugia la princesa bereber Kahena y su pueblo guerrero. Luchan contra la invasión árabe del norte de África, dejan tras de si campos quemados, batallas, muerte y toda esperanza de victoria.

Coliseo El Djem
Coliseo El Djem

Más de 1300 años después, pongo el pie en la estación de louage de El Djem. Polvo y ruido, decenas de furgonetas mal aparcadas y gritos y empujones en cada rincón: el caos habitual de las estaciones de louage tunecinas. Llego a El Djem casi de casualidad, sin grandes esperanzas de encontrar sorpresas, tras unos días agradables en Kairouan. Al norte de la majestuosidad sobrecogedora del desierto y de la esperanza cinéfila de los oasis, cerca de salares y ciudades sagradas, entre campos de olivos y vías de tren se encuentra el municipio de El Djem, parada obligatoria para aquellos amantes de la arquitectura romana, y muy recomendable para los que, como yo, simplificamos o nos obsesionamos de vez en cuando por vivir un paisaje que, aun siendo sobrecogedor, no merece ocultar las demás bellezas del camino.

Coliseo de El Djem
Coliseo de El Djem

La estación de tren está casi desierta, nadie en las oficinas ni en las puertas, solo un par de chavales fumando sentados con los pies en las vías. Diálogo de besugos y comunicación por señas, algunas risas y gesticulaciones nerviosas, las costumbres primitivas que siempre funcionan. La seguridad de los chavales en las vías está más que justificada, no se espera ningún tren hasta dentro de dos días. Aunque en varias ocasiones me han recomendado viajar en tren por Túnez, ya sea por comodidad o velocidad, no hay duda de que la rigidez de los horarios y la poca frecuencia de paso hacen que viajar en louage o autobús sea mucho más recomendable.

Coliseo El Djem
Coliseo El Djem

Todas las calles llevan al coliseo. Así, al menos, parece haber sido diseñada esta ciudad de casas bajas y blancas, calles abarrotadas de mercados y gente por todas partes. No, no es una ciudad bonita en realidad. La calle principal termina en la entrada del coliseo, una pequeña explanada donde un par de camellos pacientes esperan que algún turista le apetezca pagar por una foto. Ni tan siquiera me miran, ni ellos ni los vendedores ambulantes, quizá tan perezosos que ni la esperanza de vender un collar les anima a levantarse de la silla. Quizá ya me haya mimetizado en bereber y esa camisa y zapatos extraños solo sean una frivolidad de quien ha tenido que emigrar a Europa para ganarse la vida, o quizá no se animen a vender a un solo turista a primera hora de la mañana. Ya vendrán los grupos, deben pensar.

Vista panorámica de la arena de El Djem
Vista panorámica de la arena de El Djem

Es 24 de diciembre por la mañana. Los pocos grupos de turistas que llegan al coliseo lo hacen casi 40 minutos después que yo, por lo que tengo tiempo de disfrutar de esta maravilla con el silencio y tranquilidad que se merece. Aunque más pequeño que el de Roma, este coliseo está mucho mejor conservado. Entrar a la arena por una de las puertas laterales y dejar volar la imaginación, soñar que la estructura desaparecida renace y que los 4 niveles de gradas se llenan de gente famélica de sangre y muerte, el griterío y el olor del miedo, los gladiadores, las fieras y las carreras de carros. Sin duda no tiene el pedigrí de otros templos, pero en pocos lugares uno siente tan de cerca el aliento de la historia.

Detalle de El Djem
Detalle de El Djem

La leyenda cuenta que un túnel secreto unía el coliseo con el mar, 30 Km. al este, por lo que los bereberes pudieron sobrevivir los 4 años de asedio pescando en el mar. No está claro cómo terminó la guerra, hay quien dice que la princesa Kahena fue asesinada por su amante, otros dicen que se suicidó con veneno al ver inminente la derrota. La gente de El Djem incluso sostiene que la princesa vivió más de 120 años y que era muy hermosa. Fuera de leyendas bereberes, quien viaje a Túnez buscando vestigios de las Guerras Púnicas y se decepcione con las pocas ruinas de Cartago, es muy recomendable viajar unas horas al sur, donde la arquitectura romana alcanza su mayor resplandor en el continente africano, donde el ruido de espadas y leones aún resuena en las gradas vacías del coliseo, pronto por la mañana, cuando los camellos y los vendedores ambulantes aún descansan, cuando pisar la arena te transporta en el tiempo a una época de sangre y guerras. Quizá, con suerte, incluso se pueda ver a Kahena y sus tropas bereberes siglos después, encerradas en el coliseo casi 4 años, viajando en ese misterioso túnel que los conectaba con el mar, resistiendo frente a las tropas del emir Hasan, en una de las últimas batallas por el control del norte de África.

Vista panorámica de El Djem (autor: Mahmoud Mensi)
Vista panorámica de El Djem (autor: Mahmoud Mensi)

World Press Photo 2013

Un beetle blanco desafía orgulloso las oscuras calles de la Barcelona hippie. Casi todo es silencio en esta fría madrugada de febrero de 1973. Ella luce sus mejores prendas, un deslumbrante vestido rojo de topos blancos por encima de la rodilla, pelo rubio recogido con clips florales, sonrisa traviesa. Está preciosa. Él quiere pasar por casa para cambiarse la camisa verde y afeitarse la espesa barba. Los pantalones acampanados quizá sirvan también para hoy, piensa. La conversación es animada pese a las horas de viaje, “El último tango en París” se intuye histórica por transgresora y sorprendente. Hablan de la escena de la mantequilla, “eso habría que probarlo no?” pregunta él. Ella le mira y sonríe, “qué guapo está Marlon Brando!”, contesta. El franquismo sigue censurando el cine erótico y el viaje a Perpignan es una buena opción para aquellos ávidos de cine sin fronteras.

40 años después, una vez superada la censura franquista y dejados atrás a José Luís López Vázquez y Alfredo Landa, entre otros, persiguiendo suecas, peregrinamos de nuevo a Perpignan cada septiembre para deleitarnos con el “Visa Pour l’Image”, un maravilloso festival de fotoperiodismo.

World Press Photo 2013
World Press Photo 2013

La cosa va de desgracias disfrazadas de realidad, de eso no hay duda. Conflictos en el Congo, calles destruidas de Aleppo, niños víctimas de la esclavitud en Haití, violencia en las calles de Estambul, mujeres maltratadas en todas partes. Dolor, guerra, muerte. ¿Es el mundo que está hecho un desastre o es que el fotoperiodismo se fija solo en algunas realidades, a veces pecando de forma discreta de cierto morbo?

Perpignan se viste de largo estos días, exposiciones en lugares históricos abiertos para la ocasión, descubrimientos sorprendentes en espacios insospechados, una manera diferentes y original de visitar la ciudad. En el interior, arte en mayúsculas. Y gratis, para quien quiera tomar nota. Es mediodía. Horas de pie viendo tales imágenes cansan las piernas y el espíritu, pero no cierran el estómago. Quizá sea un insensible, quizá esté insensibilizado. Tras años de ver fotografías de guerra y destrucción, uno busca detalles diferenciales que despierten algo en el interior, una breve llamarada de vida y sensibilidad que dure más que el tiempo de visita al lugar, algo que meses después siga apareciendo en la memoria y le influya en su manera de hacer. Y es que una vez admitido el desastre en el que vivimos todo es más dulce y fácil de digerir, y eso es peligroso. El dame más y más o me parecerá poco no suele acabar bien.

World Press Photo 2013
World Press Photo 2013

El Visa Pour l’Image es un estrafalario resumen de lo sucedido en el mundo, un recordatorio de que la actualidad cambia pero los problemas se quedan, una selección de fotografías impactantes que acompañan historias de todas partes. Para los fotoperiodistas, una cita ineludible, para los que disfrutamos de la fotografía, un lugar donde buscar aquella mirada, aquel contraste, aquel asomo de vida en el papel inmóvil, aquella fotografía que permanecerá grabada en nuestra memoria. Para los soñadores, ese festival al que nos gustaría colgar nuestras fotos, esa sala con tus obras, donde poder describir lo que viste, donde poder transmitir tus sensaciones, donde intentar cambiar algo en la mente de todos aquellos y aquellas se que acerquen. O quizá mejor no, mejor disfrutar cada septiembre del festival sin la desesperación del fotógrafo que observa el mundo avanzar sin demasiados cambios. Lo confesaba Don McCullin, triste y harto de la situación tras años de esfuerzos y compromiso, “al fin y al cabo, considero que mis trabajos no habrán servido para nada”.

Iaia, 100 años! Y que sean muchos más

Artista en convertir las cosas cotidianas en preciosa poesía, iaia de manos arrugadas y corazón fuerte, sonrisa infantil y caminar seguro. La iaia de los macarrones y de los yogures de cristal, la de las historias repetitivas y aventuras de guerra, la que soñaba con llegar viva a las Olimpiadas de Barcelona, hoy cumple 100 años.

De pequeño me decía: “Cógeme el brazo, que la iaia está muy viejita y le cuesta caminar”, incluso me hizo guardar un bastón “para cuando la iaia no pueda caminar sola”. Hoy, más de 20 años después, el bastón acumula polvo en el fondo del armario, mientras nosotros disfrutamos, con cierta sorpresa y admiración, como la iaia envejece cada día más risueña, más jeta y más desenfrenada.

Iaia 100 años

Hablar con ella es escuchar historias en blanco y negro, historias de repúblicas, de guerra y de hambre, pero también de esperanza, de lucha y de superación. Es reír escuchando como canta los Segadors y el himno del Barça, o sorprenderte mientras recita algún poema de infancia. Es revivir las historias de Macià y del general Batet, o volver a los bailes de antes de la guerra donde conoció a mi abuelo. Tan pronto te cuenta cómo vivía de pequeña en el Poble Sec como que ahora, que está viejtita, tiene pereza para planchar.

Iaia, te quiero y te admiro como a pocas personas he querido y admirado. Me hace feliz verte reír con tu hija, con tus nietos y bisnietos. Me sabe mal tenerte lejos, pero cuando tengo ganas de hablar contigo sé que solo tengo que llamar. Te sentarás en la silla frente al teléfono, y me contarás cosas de cuando eras pequeña, de la guerra, del “General persiana” o de mis padres. Llorarás un momento recordando a tu hijo y me preguntarás por qué él y no tu, pero cambiaré de tema y hablaremos del iaio y de tu hermano, de Barcelona, de cuando fuiste a París y del Poble Sec. Después de todo esto, es posible que volvamos a empezar.

Iaia, 100 años! Y que sean muchos más

Ni tu eres Virginie Ledoyen ni yo soy Leonardo di Caprio

Albert hace días que sueña con este momento. De hecho, creo que ha cruzado el mundo sólo para esto. La cara de felicidad y las miradas nerviosas me confirman que estamos en el punto más importante del viaje, mientras la barquita llega a la isla y busca entre las rocas la entrada secreta a La Playa. Antes del viaje Albert ha mirado una y otra vez la película, sentado en su sofá, con una sonrisa cada vez que Leonardo di Caprio ve por primera vez esta maravilla indescriptible, este milagro abandonado hasta hace pocos años en una pequeña isla a dos horas de la costa tailandesa.

Ko Phi Phi Leh
Ko Phi Phi Leh

Ya hemos llegado, no hay voltereta en la playa ni tiburones en el agua, ni tan siquiera una francesa preciosa a mi lado, sólo el sonido de la barquita, la sonrisa de Albert y una sensación de felicidad indescriptible. Hacemos el trayecto hasta la arena en silencio, nerviosos. El paisaje es precioso, una playa de agua turquesa y arena blanca, rodeada de gigantes calizos y de selva densa. Ponemos el pie en el agua lentamente, como quien no quiere que llegue nunca el momento, como quien disfruta de cada segundo, como quien no quiere romper el sueño y despertarse.

Ko Phi Phi Leh
Ko Phi Phi Leh

El sonido de las barquitas, amplificado por las rocas, rompe el silencio de vez en cuando, mientras tumbados en la arena blanca miramos al infinito y soplamos de felicidad. Hemos cruzado el mundo para vivir esto, y no nos ha decepcionado. Como siempre en estos casos, conversaciones acerca de dejarlo todo para venir aquí, sueños que una y otra vez se nos aparecen en la vida, tan frecuentes e intensos como rápidos en desaparecer de nuestra mente una vez pisamos de nuevo tierra conocida. Qué cobarde me siento tiempo después, cuando revuelvo en el cerebro buscando esa sensación de libertad y valentía, y sólo encuentro promesas no cumplidas y objetivos a medio camino. Sin embargo, soy feliz sabiendo que en mi interior vive este sentimiento, esta energía imparable, ese Amadeu que aparece cuando le apetece y que cuando lo hace puede con todo y no tiene límites.

Ko Phi Phi Leh
Ko Phi Phi Leh

Sin decirlo en voz alta dejamos que el momento se haga eterno en nuestras cabezas, el tacto de la arena, el sonido de las olas, la roca caliza impasible a nuestros sueños, y somos felices. No, ni tu eres Virginie Ledoney ni yo soy Leonardo di Caprio, pero para nosotros La Playa ha dejado de ser una película para convertirse en un recuerdo dulce, precioso, imborrable.

Información para llegar a Ko Phi Phi Leh

Para llegar a Ko Phi Phi Leh hay que que llegar primero a la isla de Ko Phi Phi. Para hacerlo se debe embarcar un par de horas desde Phuket o Krabi (este último más barato). una vez allí, cualquier embarcación local os lleva por unos 350 bahts (unos 7 euros). El precio suele incluir una buen rato en la playa y una vuelta por otros rincones fantásticos de la isla (muy recomendable!)