Regreso triunfal de Jomeini tras su exilio

La Revolución Islámica de 1979

No fue una revolución religiosa. Al menos no lo fue al principio. Los miles de iraníes que se jugaron la vida durante meses para derrocar al sah no veían en el islam la solución a sus problemas; las mujeres no deseaban vestir con chador ni era voluntad del pueblo construir más mezquitas. Sin embargo, pese a todo eso, la lucha por la democracia y la libertad del pueblo iraní fue bautizada como Revolución Islámica y acabó siendo liderada por un ayatolá que regresaba del exilio.

En aquellos años no había partidos políticos ni sindicatos legales contrarios al sah. Solo existía un partido, el Rastakhiz, que respondía a las órdenes del monarca. Nadie que no estuviera en prisión o en el exilio podía liderar un movimiento latente que durante años se fue cociendo en los comedores de las casas y en los pasillos del bazar. Por ese motivo no había una cabeza que cortar, había miles: los trabajadores de las fábricas, los estudiantes, los obreros, los abogados, los científicos, los jueces, los profesores. Todos protestaban. Y a cada protesta que se organizaba, el régimen respondía con golpes, tortura y muerte.

Protestas contra el régimen del sah (Teherán 1978)
Protestas contra el régimen del sah (Teherán 1978)

Las mezquitas y las tradiciones musulmanas también tuvieron un papel crucial. Las convocatorias religiosas eran legales por lo que en los templos había libertad de reunión y expresión; poderse congregar sin peligro de ser detenido por ello era, en el Irán de finales de la década de 1970, un lujo que había que aprovechar. El mulá ponía voz a las demandas que en la vida pública no estaba permitido expresar; hablaba por quienes no podían hacerlo y decía lo que muchos querían escuchar.

Existe la tradición islámica de recordar a los fallecidos pasados cuarenta días de su muerte. A cada protesta que acabara con víctimas mortales (y esto era muy habitual) había una concentración llena de rabia y dolor cuarenta días después. Si esta concluía también con muertos, entonces cuarenta días más tarde la manifestación era todavía más multitudinaria. De esta manera, las protestas se sucedieron por las grandes ciudades como si una bola de nieve cargada de muerte y dolor avanzara sin control: Qom, Teherán, Tabriz, Yazd, Mashad, Isfahán…el país entero se había levantado y protestaba. ¿Y el ejército? Respondió con contundencia.

Un día sucedió algo importante. Los cánticos de “Muerte el sah” y demás proclamas contrarias a la monarquía fueron acompañados de consignas a favor de Jomeini. Otro día, en otra manifestación, aparecieron imágenes suyas. Al día siguiente ya era el líder de la revolución. En octubre de 1978 el ayatolá abandonó Irak para refugiarse a las afueras de París. Desde allí organizó la transición y su regreso a Irán con la ayuda de Europa y Estados Unidos. ¿Por qué Jomeini? En Irán sabían que no era la persona más adecuada, pero no había otra. El clérigo consiguió que diferentes ideologías apoyaran su regreso. Unos lo veían como una solución provisional, otros como un mal necesario para alcanzar un futuro estado socialista. Incluso los comunistas de la Tudeh, después de un intenso debate interno, vieron con buenos ojos su retorno. Por otro lado, la comunidad internacional no aceptaba la situación de represión y violencia que se vivía en Irán. El sah estaba perdido, todo el mundo lo sabía excepto él. La dinastía Pahlevi se tambaleaba y había que preparar la sucesión. Para Estados Unidos y Europa, en plena Guerra Fría contra el comunismo soviético, Jomeini también era una alternativa aceptable: confiaban que el anticomunismo del religioso evitaría que la revolución cayese en manos de los comunistas y, de rebote, de la URSS. Nazanín Armanian y Martha Zein relatan en Irán. La Revolución Constante: “Su libertad para agitar a la ciudadanía iraní es ilimitada. Los mulás reciben sus sermones y discursos grabados en cintas de cassette. En ellas escuchan las razones para luchar contra el sah y contra Occidente: la corrupción moral y el libertinaje que generan […], el saqueo a los recursos del país, y el apoyo que ambos prestan a Israel. Si los teléfonos, panfletos y pintadas sobre los muros de las ciudades eran la herramienta para organizar las manifestaciones de la juventud universitaria por todo el país, aquellas cintas permitían que ciertos mensajes llegaran a los oídos de quienes no sabían leer ni escribir, los que residían en los pueblos más remotos del país y a quienes se les hacía llegar a través de los coches y los camioneros”.

Protestas pidiendo la abdicación del sah y el regreso de Jomeini (Teherán 1978)
Protestas pidiendo la abdicación del sah y el regreso de Jomeini (Teherán 1978)

Todo estaba decidido. La situación para el monarca era insostenible. Tras meses de manifestaciones y luchas, de torturas, presiones y más de un paso en falso, el sah y Farah Diba abandonaron Irán para siempre el 16 de enero de 1979. Al día siguiente, el periódico El País informaba de la noticia de la siguiente manera: “Visiblemente quebrantado, y en medio de una estruendosa manifestación de júbilo de su pueblo, el sha Mohammed Reza Pahlevi abandonó ayer Irán en dirección a Egipto, desde donde, probablemente, continuará el viaje a Estados Unidos en los próximos días. Mientras los ayatollahs y la multitud festejaban en la ciudad la partida del monarca y lo que se considera el fin de la corta dinastía Pahlevi, en el sur de Irán se registraba un terremoto de gran magnitud (7,1 en la escala de Richter). Hasta el último momento, cuando algunos oficiales de su guardia le besaban los pies en el aeropuerto, el sha insistió en que salía del país para tomarse unas «vacaciones»”. Dos días más tarde, el mismo periódico atribuía al presidente francés, Valery Giscard d’Estaing, la siguiente afirmación: “El sha supo ser Franco, pero no ha sabido ser Juan Carlos”.

Jomeini aterrizó en Teherán el día 1 de febrero de 1979. Tras 2.500 años de monarquía, el clérigo regresaba del exilio para convertir a Irán en una República Islámica. Lo que ha sucedido desde entonces nada tiene que ver con lo que en ese momento de júbilo y celebración se esperaba. Jomeini no cumplió muchas de sus promesas, ni con los propios iraníes (y mucho menos con las iraníes) ni con aquellos países que confiaban que con su regreso mantendrían el control sobre la región. En palabras del fotógrafo iraní Kaveh Kazemi en la revista 5W: “Había pasado solo un mes desde la victoria de la Revolución, pero ya se hablaba de imponer el uso obligatorio del hiyab. Por aquel entonces se había empezado a alejar a algunas mujeres de puestos de responsabilidad, por ejemplo en el sistema judicial, y todas las empleadas gubernamentales tenían que cubrirse. Aquel 8 de marzo varios miles de mujeres se reunieron frente a la oficina del primer ministro y empezaron a agitar pañuelos en señal de protesta. La Policía las miraba desde la distancia. Ese día quedó en evidencia lo que iba a ser este sistema islámico. Gradualmente la situación fue cambiando: llegó la imposición del velo, el uso del roupush —o gabardina— con el que tenían que cubrirse, la prohibición de usar esmalte de uñas para ellas o camisas de manga corta para ellos. Si se bebía alcohol se recibían latigazos”.

Regreso triunfal de Jomeini tras su exilio
Regreso triunfal de Jomeini tras su exilio

Bibliografía:

  • Abrahamien, E. (1982). Iran between two revolutions. Princeton University Press.
  • Armanian, N & Zein, M. (2008). El Islam sin Velo. Ed. Del bronce.
  • Armanian, N & Zein, M. (2012). Irán, la Revolución constante. Flor del viento.
  • Axworthy, M. (2010). Irán. Una historia desde Zoroastro hasta hoy. Turner.
  • Esfandiary, S. (2004). El Palacio de las Soledades. Ed. Martínez Roca.
  • Gómez, C. & Kazemi, K. (2017). Los primeros años de la República Islámica de Irán. Revista 5W.
  • Hemeroteca El País.
  • Kapuścińksy, R. (2006). El Sha o la desmesura del poder. Ed. Anagrama.
  • Kavanagh, A. (2010). Irán por dentro. Ed. Jose J. de Olañeta.

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