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Reflexiones desde Irán

Irán, todavía no me he ido y ya te echo de menos.

Intento recordar y memorizar algunos de los momentos que he vivido durante estas dos semanas, aquí, a las puertas de dejar todo esto atrás. Es una batalla perdida, lo sé, mi memoria va a su aire y elije qué guardar y qué borrar en función de parámetros que desconozco y no controlo.

Hay paises con mezquitas más grandes que las iraníes, hay paises con desiertos más áridos, montañas más altas y restos de antiguos imperios mejor conservados. Hay, quizá, ciudades con bazares más grandes y antiguos que los de Isfahán o Teherán, o con callejuelas estrechas y laberínticas más espectaculares que las de Yazd. Irán tiene todo esto y, además, tiene los y las iraníes. Gente que te para por la calle para preguntarte si todo te va bien o si necesitas algo, que se acerca mientras comes o tomas un te preocupados por si te gusta lo que ves, curiosos de saber la imagen que tienen en el exterior, a menudo avergonzados de sus gobernantes. Un país de gente hospitalaria hasta el punto de parecer sospechosa de acabar pidiendo algo. Pero no, lo hacen porque son así, y cuando te das cuenta te dejas ir y lo disfrutas todavía más ¡Qué poco acostumbrados estamos a un carácter así! Una hospìtalidad que me ha sorprendido y, en algunos momentos, totalmente superado. Gente amable y cariñosa, gente confidente, con ganas de hablar de todo, que ve en el extranjero, creo, una ventana al exterior, una oportunidad para conocer qué hay más allá, alguien con quien hablar claro sin miedo a represalias. Un país maltratado por la prensa internacional, pacífico y tranquilo, ideal para viajar sin prisas y sin haber planificado nada más que las ganas de disfrutar del viaje.

Conversación a la entrada del bazar de Isfahán
Conversación a la entrada del bazar de Isfahán

Sin embargo, no todo son buenas noticias. Irán es un país con las libertades y los derechos humanos profundamente recortados, donde el chador y el pañuelo impuestos por el Islam forman parte del paisaje diario, donde líderes políticos contrarios al gobiernos son encarcelados y torturados. Un país extraño donde no se deja entrar a un acto de la universidad a un extranjero por miedo a que sea un espía español. Un territorio donde la religión manda sobre la política, un país donde el poder real está en Qom (centro religioso del país) y no en Teherán, donde la religión impregna el aire que se respira, sobretodo en las ciudades pequeñas y pueblos. En el Irán de 2014 el valor de una mujer es la mitad que el de un hombre y los homosexuales son condenados a latigazos o, incluso, con la pena de muerte.

Una pareja cogida de la mano buscando un rincón en los jardines donde tener un poco de intimidad. Miradas de deseo que se cruzan en la calle sin ninguna experiencia para convertirlas en palabras. Una pareja se da un beso en la palma de la mano y después se dan la mano, simbolizando un beso. Pequeños gestos que desafían un régimen. Pero ¿dónde está ese Irán del que todo el mundo comenta que 30 años atrás parecía un país europeo?¿Dónde están esas mujeres con bañador y pelo descubierto? En el Irán del 2014 seguro que no. ¿Cómo han llegado hasta aquí? ¿Por qué en el 1979 forzaron una Revolución Islámica que parece que les ha hecho caminar hacia atrás? Preguntas que día a día surgen en conversaciones interesantes, mientras desayuno en un hostal o tomo el te a media tarde. Nadie parece entender porque todo es así y no cambia, ni los extranjeros que me voy encontrando ni los iraníes a los que se lo pregunto: “A los iraníes no los entendemos ni los iraníes”, me dice Alí.

Caminando por el cauce seco del río Zayandeh Rud en Isfahán
Caminando por el cauce seco del río Zayandeh Rud en Isfahán

90%. La cifra se repite allá donde vaya. Kermán, Yazd, Shiraz, en el autobús camino de Teherán o cenando un kebab en Isfahán. 90%. Como si alguien hubiera pregonado ese número y todo el mundo se lo hubiera hecho suyo, así como la frase tétrica que lo sigue: “El 90% de la gente está en contra del gobierno, pero no podemos hacer nada”.

Y cuando la nebulosa era más densa y opaca, cuando menos lo entendía todo, aparece de la mochila el último libro para leer durante el viaje, “El Sha” de Kapuscinski. En “El Sha” se explican las torturas, asesinatos, secuestros y detenciones que sufrió la población durante el reinado del último Sha hasta la abdicación de éste y el estallido de la Revolución Islámica. Poco a poco, a medida que el libro avanza, la nebulosa densa y opaca va haciéndose más transparente, como un ovillo de alambre que va deshaciéndose, como si todo tuviera de pronto una cierta justificación histórica. Los iraníes no eligieron el Islam porque no les gustaba vivir libres y en un país moderno, se refugiaron en el Islam huyendo de una dictadura criminal, encontraron en las mezquitas el único lugar donde poder expresarse en libertad y escucharon en los mensajes de los ayatollah el único discurso contrario a todo un sistema corrupto y represor que los aniquilaba si se mostraban en contra.

Ciudadela de Rayen
Ciudadela de Rayen

He compartido ratos con viajeros empedernidos de los de “lo dejo todo para hacer la vuelta al mundo”, con los que mi viaje se ha ido haciendo cada vez más pequeño, minúsculo. He conversado largamente con iraníes, he paseado por las calles de ciudades de las “Mil y una noches” y he vivido fiestas tradicionales en casa de un iraní fantástico. Mezquitas, bazares, ciudades de la Ruta de la Seda, tumbas de antiguos poetas persas y historias de alfombras voladoras. Tes a media tarde, kebabs de pollo, arroz y cerveza sin alcohol. Y todo esto en dos semanas.

Compra un billete a Irán, deja en casa todo lo que pensabas que sabías del país, habla con tantos iraníes como te sea posible, trata de entender un país con una historia tan larga que te hará sentir pequeño, insignificante. Y sobretodo, no viajes con nada cerrado porqué seguro que algún iraní te invita a su casa y tus planes cambian sin remedio. Ahora que lo pienso, si yo pudiera lo volvería a hacer ahora mismo.

Aeropuerto de Teherán, 13 de marzo de 2014, 3:30 am.