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Yazd y el zoroastrismo

Este artículo está incluido en el número 39 de la Revista Magellan, correspondiente al mes de noviembre de 2018.

Un oasis en el desierto

Por el laberinto de callejuelas estrechas del centro de Yazd solo se escucha el eco de mis pasos. El adobe de las casas es viejo y desgastado, como si la gloriosa historia de esta ciudad del desierto se resquebrajara sin remedio. El viento, llegado desde lo más profundo de las montañas, agita con suavidad los chadores negros, verdes y marrones tendidos en lo alto de algunas casas. Venir a Yazd ha sido todo un acierto. En el centro de este inmenso revoltijo de plazoletas, bazares y callejones destacan, imponentes, los minaretes cubiertos de azulejos verdes y azules de la Mezquita del Viernes apuntando hacia el cielo. A su alrededor, un mar de cúpulas de colores y torres del viento, usadas durante siglos para refrigerar los edificios.

Cúpula y minaretes de la Mezquita del Viernes

La ciudad está situada en el extremo occidental del vasto desierto de Lut (‘El desierto del vacío’, en persa), un universo seco y desalmado que domina el este de Irán y el lugar en el que se ha registrado la máxima temperatura sobre la superficie de la Tierra: setenta y un grados centígrados. Pero aquí hay mucho más que sol, viejos ladrillos de barro y estupendas mezquitas: la ciudad acoge a la mayor comunidad de zoroastrianos del país. Sus fieles son los seguidores de la milenaria religión del Imperio Persa, testarudos supervivientes tras siglos de persecución y marginación. Yazd merece ser visitada; no solo para descubrir los vestigios de esta vieja religión de esplendoroso pasado, o para perderse entre sus callejuelas repletas de historia. A Yazd hay que visitarla porque es la ciudad más bonita de Irán.

“Buenos pensamientos, buenas palabras, buenas acciones”

Se conocen muy pocos detalles acerca de los orígenes de Zoroastro (o Zaratustra): hay quien afirma que nació en Azerbaiyán, otros aseguran que lo hizo en Afganistán; la tradición cuenta que vivió en el siglo VI a. C. aunque algunos historiadores lo sitúan entre los siglos XIII a XI a. C.

Pese a la dificultad en ubicar con precisión el personaje en el contexto histórico de Oriente Medio, se tiene constancia de que promulgó a modo de profeta una intensa reforma de las religiones existentes que desembocó en el nacimiento del zoroastrismo. El nuevo movimiento se convirtió rápidamente en una de las religiones con más seguidores de Asia occidental, siendo finalmente adoptada por la dinastía aqueménide durante la época dorada del Imperio Persa.

Chadores negros en una tienda del centro de Yazd
Chadores negros en una tienda del centro de Yazd

El zoroastrismo es una religión monoteísta cuyo principal Dios es Ahura Mazda, el Creador, el Sostenedor y Promotor del Cosmos. Los principios y maneras de actuar se recogen en un libro, el Avesta, y se basan en la promoción de la buena conducta de las personas en vida para alcanzar el paraíso una vez mueran. Para sus seguidores, existe un dualismo moral implícito en cada persona, dos conductas opuestas que representan el bien y el mal y que conviven en cada uno de los seres humanos. Ambas conductas se complementan y son el resultado de la elección que hacemos en cada momento: quién obre según el bien alcanzará el paraíso; por el contrario, quién acceda al infierno verá que este, a diferencia del cristiano, es frío y oscuro como la noche. Claro que ¿cómo va a estar el infierno representado por fuego si para el zoroastrismo el fuego es sagrado?

Yazd es el epicentro del zoroastrismo iraní. Aquí se erige el Templo del Fuego, lugar sagrado en el que los fieles aseguran que la llama que se resguarda en el interior arde desde el siglo V d. C. En lo alto de la fachada, la figura de un anciano de larga barba dentro de un disco amarillo con grandes alas azuladas da la bienvenida a quienes visiten el templo. Es el «faravahar», el símbolo zoroastriano más conocido, que también puede encontrarse en Persépolis y en otras muchas construcciones del antiguo Imperio Persa. Como en todos los monumentos emblemáticos y templos zoroastrianos, frente al edificio hay un estanque. Sirve para duplicar la imagen, como muestra evidente del dualismo omnipresente que rige la vida de sus fieles. Esta obsesión por el dualismo inspiró siglos más tarde a los musulmanes chiitas que vivían en Persia: por ello las mezquitas chiíes tienen siempre un número par de minaretes, al contrario de las suníes, que en su gran mayoría tienen número impar (una excepción es la Mezquita Azul de Estambul, cuya arquitectura tiene influencias persas).

Patio principal de la Mezquita del Viernes
Patio principal de la Mezquita del Viernes

En lo alto de unos montículos alejados de la ciudad se erigen las Torres del Silencio (o Torres de los Silenciados, según diversos autores), estructuras circulares usadas durante siglos por los zoroastrianos para dejar los cuerpos de los muertos para que fueran devorados por los carroñeros. Era un ritual muy útil para evitar la contaminación de ríos y acuíferos: los buitres arrancaban la carne de los cuerpos y dejaban solo los huesos que, bajo el imponente sol del desierto, se calcinaban con facilidad y eran arrojados a un pozo abierto en el centro de la torre.

A día de hoy, estas estructuras han sido muchas veces engullidas por las grandes ciudades, clausuradas por motivos de higiene y malos olores o abandonadas y destruidas por el paso del tiempo. En Irán, este ritual fue prohibido en la década de 1970 por motivos sanitarios. En la India, sin embargo, todavía sigue practicándose en algunas zonas, aunque el brusco descenso del número de buitres pone en riesgo este ritual milenario.

Mujeres vestidas con chador en el centro de Yazd
Mujeres vestidas con chador en el centro de Yazd

La invasión árabe de Persia en el siglo VII d. C. impuso el islam como religión oficial. El zoroastrismo pasó a ser una creencia secundaria que, pese a la marginación de sus seguidores, consiguió mantenerse viva, sobre todo entre las montañas del desierto y en ciudades como Yazd o Kermán. Muchos zoroastrianos huyeron del país, refugiándose en Afganistán, Pakistán, Sri Lanka o la India, donde constituyeron comunidades formadas por miles de seguidores, algunas de las cuales siguen activas en la actualidad.

Somos muy poco conscientes de la influencia que el zoroastrismo ha tenido en las religiones posteriores y, por lo tanto, en nuestras costumbres y en la manera que tenemos de vivir y entender el mundo. Algunas creencias, como el monoteísmo y la existencia de un paraíso y un infierno al cual iremos tras nuestra muerte en función de nuestros actos, datan de centenares de años antes del nacimiento del cristianismo. Cielo e infierno, vida y muerte, bien y mal. Esta dualidad viene de muy lejos. Michael Axworthy en su libro Irán. Una historia desde Zoroastro hasta hoy indica: “En comparación con personajes como Jesucristo, Mahoma e incluso Moisés, la figura de Zoroastro resulta mucho más difusa. Es muy poco lo que sabemos de su vida. […]. Sin embargo, la importancia de Zoroastro como fundador del movimiento religioso que lleva su nombre en nada desmerece la de los profetas antes mencionados”.

Yazd al atardecer
Yazd al atardecer

Ruta 61. La ruta del blues

Ruta 61

La música de una banda callejera ambienta los alrededores del centro de la ciudad. El cálido sonido del saxo acompaña el cantante, cuya voz grave y descuidada interpreta un blues cargado de melancolía y belleza. Algunos curiosos se dejan cautivar y paran a escuchar el espectáculo, olvidando por unos minutos las obligaciones, las prisas y el lugar al que se dirigían.

El sonido transporta a los campos de algodón y azúcar que cubren el sur de Luisiana, a los clubs modernos del centro de Chicago y al Memphis de los años 60. Es la música nacida entre esclavos, la que acompañaba a Martin Luther King en su lucha por la igualdad y la que sonaba en el autobús en el que Rosa Parks cambió la historia al desafiar al mundo. Es el blues melancólico y apenado que resuena en el corazón de Estados Unidos.

La mejor manera de vivir ese espíritu es recorriendo la Ruta 61, que discurre desde la Minnesota fronteriza con Canadá a la húmeda y calurosa Luisiana por el interior del país en paralelo al río Mississippi. Ambos comparten un baile harmónico y sutil, cargado de historia, bajo el hipnótico sonido de viejas y arrugadas melodías.

El metro de Chicago ha aparecido en infinidad de películas y series

Chicago ofrece lo que uno viene buscando aunque en realidad nunca haya sido consciente de qué se trataba. Pese a no estar situada en plena Ruta 61, la ciudad siempre ha sido un lugar de huida y de gran influencia para los sureños. Quizá por eso vive una explosión permanente de creatividad y vida, asegura distracción y largos paseos por sus parques y avenidas. Las vías del metro elevadas en las cinéfilas calles del Loop, el centro cargado de rascacielos y el aroma de una ciudad cosmopolita que recibe al viajero con los brazos abiertos. Hay algo atractivo en todo eso, algo acogedor que invita a no marcharse, a seguir un tiempo más explorando sus entrañas, descubriendo su periferia rica de energía y modernidad. A Chicago se la echa de menos.

En algunas plantaciones se muestra cómo era la vida de los esclavos durante la etapa de esclavitud. Luisiana

Más al sur el escenario cambia. Las calles asfaltadas y saturadas del rugido de coches, gente y prisas se transforman en agradables e infinitos campos de maíz, en pequeñas carreteras que atraviesan el silencio de un paisaje que discurre con suavidad en dirección a Memphis. Los pueblos son pequeños, de casas de madera con porches repletos de balancines y banderas patrióticas. A su alrededor, jardines bien cuidados por hombres subidos a máquinas cortacésped. La vida se intuye tranquila y relajada, como si el tiempo avanzara más despacio y no quisiera despegarse de todo esto. Por las tardes, los autobuses escolares amarillos inundan las carreteras mientras a lo lejos, en el interior de los campos y las inmensas fincas, los tractores aprovechan las últimas horas de sol. En los alrededores de San Luis, los granjeros se reúnen anualmente para comparar el tamaño de las calabazas. En verano, las ferias de ganado y los mercados de hortalizas ecológicas se suceden con gran éxito de público en cada pueblo cercano a Springfield.

Los campos de algodón salpican el paisaje del estado de Luisiana

El Mississippi acaricia con delicadeza estas tierras, imperturbable en su camino hacia lugares lejanos. Pequeñas embarcaciones de recreo comparten espacio con largos barcos cargados de mercancías. De vez en cuando un ferri perezoso ahorra kilómetros a quien necesite cruzar el río y no tenga prisa ni impaciencia. En su particular viaje en paralelo, la Ruta 61 atraviesa sin premura pero sin mirar atrás todo este paisaje encantador, ofreciendo la posibilidad al viajero de contemplar el interior de un país a veces solo conocido por sus enormes y frenéticas ciudades.

Al llegar a Memphis uno se transforma. La ciudad da la bienvenida con el orgullo de edificios altos y rectangulares que, sin embargo, no consiguen impresionar a quien todavía saborea el cada vez más dulce recuerdo de su paso por Chicago. Aquí se aprende con mayor detalle la importancia que estos caminos han tenido en la reciente historia del país y, por qué no decirlo, de una buena parte del mundo. Tras la Guerra Civil, la Ruta 61 y la navegación por el Mississippi fueron la vía que miles de esclavos afroamericanos utilizaron para huir del terrible sur camino a un norte que se prometía más comprensivo. Su música, nacida en las plantaciones como una exquisita mezcla de sus orígenes africanos, la melancolía de su espiritualidad y la necesidad de narrar su desafortunada vida viajó con todos ellos hacia el norte, influyendo poco a poco a todo un país y haciéndose universal. Sin embargo el conflicto racial no terminó entonces. Años después, pese a la abolición de la esclavitud, la igualdad era impensable en un país en el que blancos y negros convivían segregados. Unos, propietarios, con estudios y todas las ventajas sociales. Otros, renegados a trabajar como servicio en las casas o en los campos, se organizaron en una lucha cada vez menos discreta y más ambiciosa hacia la igualdad.

Mansión principal de la plantación Oak Alley. Luisiana

Memphis fue uno de los epicentros de esa reivindicación y su espíritu sigue muy presente en la ciudad. Durante el día hay que dejarse impregnar por el pasado del lugar, viajar hasta esa época no muy lejana de lucha y desobediencia. Medio siglo después, todavía resuena, seco y triste, el disparo que mató a Martin Luther King en el balcón de un motel convertido ahora en el imprescindible Museo Nacional de los Derechos Civiles. En él se documenta el papel que la esclavitud de origen africano tuvo durante la construcción y crecimiento del país. Es también un emotivo homenaje a todos aquellos que, como el famoso reverendo y Rosa Parks, entre muchos otros, lucharon en favor de una causa que todavía, tantos años después, parece no haberse superado.

Pero Memphis es mucho más que desigualdad y disturbios. Es también rock and roll y blues, es el ritmo incansable de las caderas de Elvis Prestley y el baile frenético frente al piano de Jerry Lee Lewis. La ciudad se presta a ser disfrutada como antaño, como si pese a su aspecto moderno no dejara descansar el espíritu en blanco y negro que la hizo crecer y crear una fama que sobrepasó el estado y el propio país. La voz grave y profunda de Johnny Cash y la guitarra de Carl Perkins en los estudios de grabación Sun Records, Graceland, la casa de Elvis Prestley o el Museo del Rock y el Soul dan buena fe de ello.

Concierto en un bar en Beale Street. Memphis

Por la noche, en la mítica Beale street, el sonido en directo de grupos llegados de todos los rincones del país resuena en cada esquina. No hay local sin música ni cerveza, no faltan los sombreros de vaquero, las camisas de cuadros ni las botas de cowboy. Aquí, tras un día de amargos recuerdos teñidos de negro y vistazos a un pasado espléndido, la música parece calmar los monstruos y relajar un poco el espíritu. Definitivamente, el mundo no sería el mismo si Memphis no hubiera existido.

El viaje cobra una nueva dimensión cuando se dejan atrás los últimos edificios de la ciudad. El zigzagueo del camino se vuelve más intenso a medida que la Ruta 61 se acerca al sur, al origen de tantas cosas, como si el peso de todo lo que sucedió en estas tierras nunca hubiera desaparecido y se notara en cada paso, en cada kilómetro. En Vicksburg y Natchez hay barrios repletos de inmensas casas señoriales, vestigios de un pasado elegante y frondoso que merece la pena descubrir sin prisa. En las afueras de las ciudades la vida sigue su ritmo tranquilo. Aquí la música cobra otro significado y el blues es su mayor embajador. Es la reunión con los amigos para cantar, es el baile tras la dura jornada de trabajo en los campos inmortales, es el ritmo, el disfrute y las risas, el encuentro de aquellos que al escuchar el sonido de la banda despiertan con el fogonazo de la vida. Así nació el blues aquí, en el húmedo sur, entre los esclavos negros afroamericanos en su fugaz y escurridizo tiempo libre. Y así se vive el blues todavía, en los pequeños pueblos y en las ciudades, en los bares de Clarksdale, Greenville o Woodville.

Las casas de madera con porches repletos de balancines y banderas patrióticas. Entre San Luís y Memphis

Durante el día, los campos de algodón y azúcar saturan la vista de un bello paisaje verde de puntos blancos que esconden uno pasado de esclavitud, lucha y guerra. Algunas plantaciones muestran con orgullo añejo sus preciosas casas a quien muestre interés en conocer cómo era la vida de la clase alta hace algo más de un siglo. En otras, sin embargo, los barracones de madera de los esclavos, todavía en pie, rinden un pequeño homenaje a las miles de vidas anónimas que nunca serán suficientemente recordadas. Así vivían y así se muestra, con la crudeza de quien pasea su goce y alegría donde otros dejaron su vida. El sur de Estados Unidos no engaña, es lo que siempre ha sido y nunca ha pretendido dejar de ser, es la tradición del alma, el mestizaje y la diversidad. Es el calor y la humedad, el sudor en la espalda, los preciosos colores del otoño a orillas del Mississippi.

Al final de la Ruta 61, cuando el río se ensancha todavía más y recorre los últimos meandros antes de desembocar con suavidad en el Atlántico, una gran maravilla deslumbra al viajero. El sonido del jazz y del góspel, el aroma del vudú y la belleza de las casas de colores y balcones metálicos. Es Nueva Orleans y la alegría desbordante de su gente. En 2005 el huracán Katrina no consiguió destruir una ciudad acostumbrada a sobrevivir en uno de los lugares menos adecuados del mundo, y desde entonces los colores alegres y llamativos de las casas rehabilitadas asombran en cualquier barrio de la ciudad. Quizá por eso Nueva Orleans nunca descansa, como si consciente del riesgo permanente a sufrir otro huracán devastador aprovechara cada segundo, cada instante, decidida a exprimir hasta el último suspiro de vida.

Nueva Orleans
Las casas de colores y los balcones metálicos son característicos de Nueva Orleans

El bluesman termina la canción. Tras algunos aplausos, el improvisado público regresa a sus prisas y obligaciones. El saxofonista guarda el instrumento en la funda y recoge las pocas monedas escondidas en el viejo sombrero del suelo. Ya no hay música. El silencio urbano envuelve de nuevo las callejuelas del centro de la ciudad. Sin embargo, el recuerdo de ese blues sigue presente en todos los que han viajado durante unos minutos con él, como si ese maravilloso camino por el interior de Estados Unidos fuera algo más que paisaje y ciudades, como si en el fondo, la Ruta 61 fuera el camino que todos ellos, de algún modo, han recorrido alguna vez.

Este relato obtuvo el II Premio del I Concurso de Relatos de Viajes de la Revista Magellan.

Sueños de Kyoto

Pongo el pie en Kyoto imaginando un mundo de samuráis y castillos japoneses, de pequeñas casas de te en callejones estrechos y oscuros, donde el caminar de una geisha atraviesa el tiempo y se desliza entre las sombras traicioneras de las afiladas esquinas del barrio de Gion. Un mundo de jardines perfectos, ambientados con el rumor armónico y bello del agua y del viento, con el sonido de las katanas y los dongs, de las palabras hechas poesía a los oídos curiosos y desafinados del extraño. Sin embargo, anchos e iluminados túneles me transportan al magnífico vestíbulo de la estación de tren, una maravilla arquitectónica moderna de 11 plantas, rodeada de anchas calles llenas de coches y altos edificios rectangulares de ese gris hormigón tan frío y tan de todas partes.

Vestíbulo de la estación de tren Kyoto
Vestíbulo de la estación de tren Kyoto

En el enorme panel electrónico de la estación, bellos símbolos japoneses se mezclan con números carentes de sentido para mi. Una mujer diminuta se acerca sonriendo, lleva una pequeña libreta roja entre las manos arrugadas y frágiles. Un gris oscuro asoma de su sonrisa casi vacía de dientes, pelo descuidado, ojos diminutos de mirada divertida. Tira de mi mochila para llamar mi atención. Parece muy vieja, milenaria, entrañable. Habla nerviosa señalando el panel de la estación, indicándome algo carente de sentido para mi. Trato de irme alegando no entenderla pero me sigue con la mano agarrada a mi mochila unos metros, hasta que desesperada se coloca frente a mi y abre la libreta, señalando una de sus páginas. En bellas letras escritas por manos temblorosas y arrugadas consigo leer:

どういったご用件ですか?// Can I help you?

Riachuelo en la calle Shimbashi en el barrio de Gion
Riachuelo en la calle Shimbashi en el barrio de Gion

Hace frío en la tierra de los cerezos perezosos de primavera, cuyo blanco latente dirige el alma de un país milenario.  De camino al hostal, enormes avenidas rodeadas de centros comerciales y pequeños restaurantes, callejones bulliciosos de estudiantes camino a casa, un tímido riachuelo silencioso entre pequeños palacios de madera, cuyas plantas desafiantes muerden el asfalto más desgastado. Cae la noche cuando llego al río Kama-gawa, las luces de las calles más comerciales se iluminan a la velocidad que oscurecen los callejones estrechos de Gion y Higashiyama. Aquí está la Kyoto de las geishas y los farolillos rojos, la Kyoto de los pequeños restaurantes en callejuelas bañadas por el humo del vapor y la dulzura del sake, la de las casas de te escondidas a los ojos demasiado poco sutiles de los extranjeros. Aquí esta la Kyoto que andaba buscando.

Farolillo en la calle Ponto-cho
Farolillo en la calle Ponto-cho

Yusuke me sirve un sake. Debo reconocer que es el primero que pruebo, y es el primero de los muchos que tomaré con Yusuke durante mi estancia en Kyoto. Vive en el hostal, en la misma habitación compartida en la que duermo yo. Por las mañanas atiende a los turistas y sirve desayunos, por las tardes descansa en la habitación leyendo y viendo series japonesas hasta la noche, cuando baja de nuevo al bar a beber sake y charlar con extraños y con una pequeña comunidad americana que se reúne allí. Las charlas en el bar del hostal serán muy agradables, compartiendo lo vivido con quien ya lo ha visto antes, a veces decepcionado al ver sus reacciones de aburrimiento, a veces feliz de descubrir en ellas una mueca de sorpresa al escuchar encantos sólo visibles para quien camina despreocupado y sin prisa.

Presentes de madera en un templo de Kyoto
Presentes de madera en un templo de Kyoto

El último sake lo tomo en la terraza de la habitación, soñando con el mundo preconcebido que mi mente alberga tras el muro de restaurantes del otro lado del río. Nieva en esta tierra tan alejada de todo lo mío. Nieva en esta ciudad de cuento, en la que siempre soñé estar pero nunca pensé que fuera capaz. Nieva, y ahora mismo nada me parece más bonito que ver nevar en Japón.

Vista desde Ginkaku-ji
Vista desde Ginkaku-ji