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Across the universe o cuando una canción te levanta del asiento pero no te deja bailar

Hoy he vuelta a escucharla después de mucho tiempo. No la he buscado claro, las mejores canciones no se piden, simplemente suenan. Estaba escondida en una de esas listas aleatorias que me acompañan durante horas y horas como música de fondo sin que les preste demasiada atención. Al escucharla ha sido como si de pronto se encendiera una lucecita en algún rincón olvidado del cerebro, como si algo empezara a bailar allí dentro. Es extraño. Hacía años que no me acordaba de ella. De hecho, creo que no era consciente de lo que esa canción significaba para mí hasta hoy. Escuchar Across the Universe de The Beatles ha sido como volver a ser aquel niño sentado en el asiento trasero de un viejo Seat en uno de esos interminables viajes de mi infancia camino a Santander.

“Words are flowing out like endless rain into a paper cup,

They slither while they pass, they slip away across the universe.

Pools of sorrow, waves of joy are drifting through my opened mind,

Possessing and caressing me.”

“No hay nada más seco que los Monegros”, pensaba siempre que los atravesábamos. Bujaraloz 46km leo en un cartel. Resopla mi padre al volante. Mi madre duerme hace rato; Laura también, tumbada a mi lado entre bolsas, maletas y los cojines de mi cama puestos allí para la ocasión. Cuando no había cinturones atrás los viajes eran menos seguros pero mucho más cómodos. Laura se ha dormido al salir de casa y se despertará para comer antes de volver a la oscuridad del sueño. Para ella un viaje a Santander es como echarse una siesta.

“Images of broken light which dance before me like a million eyes,

They call me on and on across the universe,

Thoughts meander like a restless wind inside a letter box,

They tumble blindly as they make their way across the universe.”

Me gusta recordar esos momentos. Entonces no lo sabía, claro, todavía faltaban algunos años para descubrir lo importantes que han sido para mí. Compartía el aburrimiento de las horas de autopista con mi padre. El atareado hombre trabajador tenía paciencia y ganas de hablar con su hijo. “¿Querrás ir a jugar al tenis algún día? ¿Te animas en septiembre con el inglés? ¿Me pasas el bocadillo?” A veces me pregunto si en esas charlas fue cuando realmente nos conocimos. También aprendí a hablar, prisionero en una celda de cuatro ruedas a toda velocidad junto a una madre logopeda:

— Habla con el estómago, no con la garganta —decía ella cansada de mis afonías.

— ¿Cómo voy a hablar con el estómago? —respondía yo sin entender nada.

— Vuelve a intentarlo —decía mientras se ponía la mano sobre sus costillas —nota la voz aquí.

Y claro, tras tantas horas dentro de ese coche, al final aprendí.

“Sounds of laughter, shades of life are ringing,

Through my open ears inciting and inviting me,

Limitless undying love,

Which shines around me like a million suns,

And calls me on and on across the universe.”

Cantabria y los Monegros

Ya cansados, al fin llegamos al verde. Qué bonita es Cantabria. Sigue siéndolo todavía, veinticinco años después de esos viajes, cuando el marrón del desierto desaparece de la retina y solo el viento más puro y fresco acaricia las mejillas. Echo de menos aquellos tiempos. Ojalá hubiera abrazado más a mis padres desde el asiento trasero, ojalá esas conversaciones rodadas del secarral más aburrido nunca hubieran terminado. Bujaraloz 46km decía la señal, y Across the Universe seguía sonando por la radio, una y otra vez, para terminar con esa estrofa tan preciosa y cálida en la voz de Lennon como hermosa profecía de final insospechado.

“Jai guru deva, om

Nothing’s gonna change my world

Nothing’s gonna change my world

Nothing’s gonna change my world

Nothing’s gonna change my world”