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Mónaco desde el mar

Huele a costillas de cerdo al punto acompañadas de pimientos escalibados recién hechos. Desde la cubierta oxidada y triste del barco observo la ciudad acercarse sin prisa. Es muy pronto por la mañana y el frío viento de febrero agita testarudo un barco que, según cuenta su capitán, tuvo un pasado mucho más glorioso navegando por los caudalosos ríos africanos. En el paseo marítimo de Mónaco algunas luces perezosas se resisten a dejar de alumbrar una ciudad que sueña más que vive. El escenario es menos glamuroso de lo que se podría pensar. Altos edificios rectangulares que recuerdan más a los de alguna ciudad del extrarradio que no a la gran meca europea del lujo y del glamour, edificios amontonados que se tapan los unos a los otros. Jardines confinados en las azoteas que tratan de sobrevivir al enjambre de coches y turistas que se pasean, ávidos de observar vidas ajenas más lujosas que las suyas, como turistas de safari, fotografiando coches, casas y tiendas. En las montañas que rodean la ciudad, algunas casas más lujosas que bonitas disfrutan de unas vistas privilegiadas del Mediterráneo. Vista desde el mar, Mónaco es menos Mónaco de lo que pretende ser.

Mónaco desde el mar
Mónaco desde el mar

Mis sospechas se cumplen. No hay costillas de cerdo ni pimientos escalibados para comer. Tras casi dos semanas en este barco, el olor de cubierta de primera hora de la mañana nunca coincide con el la comida. Aun así, el cocinero prepara una comida excelente que compartimos con la tripulación, entre tablas de quesos que bailan por las mesas a modo de postre e historias marineras del pasado teñidas con un punto de nostalgia.

Un yate navega lento y harmonioso frente a la costa. De color blanco y con las ventanillas negras, es de un lujo que salta a la vista. Se pasea frente a la ciudad sin rumbo fijo aparente, como si quisiera mostrarse para que todo el mundo pudiera admirarlo. En popa descansa un pequeño helicóptero. De vez en cuando lo veo despegar y perderse entre los edificios de la ciudad unos minutos, antes de regresar y aterrizar suavemente de nuevo sobre el yate. Cerca suyo, algunos yates más pequeños, unos alumnos practicando windsurf, un hombre con una tabla de surf motorizada que avanza de pie y con gran dignidad frente al paseo marítimo, un velero de competición en horas bajas.

Esta mañana nos sorprende la majestuosidad de un crucero que acaba de llegar a la ciudad. Es blanco y azul. Domina el paisaje con orgullo y soberbia frente a los pequeños barcos que navegamos cerca suyo. Varias embarcaciones cargadas de pasajeros aparecen disgregadas y se dirigen hacia al puerto. Son pequeñas nueces de color naranja pálido, asfixiantes e incómodas, cargadas de turistas deseosos de contemplar de primera mano la leyenda de la ciudad de los sueños. ¡Qué paradoja, visitar la ciudad más lujosa de Europa en un crucero y llegar en estas viejas y claustrofóbicas nueces naranjas!

Puerto de Mónaco
Puerto de Mónaco

Tras dos semanas de trabajo regresamos a casa. Los motores despiertan de un corto letargo e iniciamos el viaje de vuelta dirección sur por la preciosa Costa Azul. Desde cubierta observo alejarse la ciudad. Sus yates de lujo, sus pequeños coches veloces y sus enormes edificios van difuminándose en una costa que no merece una ciudad así. La fachada menos conocida del Museo Oceanográfico domina el escenario, solemne, como si solo quisiera mostrar su cara más preciosa a quien tenga la oportunidad de contemplarla desde el mar. No hay hotel en Mónaco, ni el más caro ni el más lujoso, que pueda ofrecer las vistas que he disfrutado yo estos días desde el barco. En cubierta huele a unas deliciosas sardinas a la plancha con ajo y perejil que estoy seguro que no comeré. Me consuela saber que en unas horas sabré con qué delicia me sorprende el cocinero por última vez.

Museo Oceanográfico
Museo Oceanográfico