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Ruta 61. La ruta del blues

La música de una banda callejera ambienta los alrededores del centro de la ciudad. El cálido sonido del saxo acompaña el cantante, cuya voz grave y descuidada interpreta un blues cargado de melancolía y belleza. Algunos curiosos se dejan cautivar y paran a escuchar el espectáculo, olvidando por unos minutos las obligaciones, las prisas y el lugar al que se dirigían.

El sonido transporta a los campos de algodón y azúcar que cubren el sur de Luisiana, a los clubs modernos del centro de Chicago y al Memphis de los años 60. Es la música nacida entre esclavos, la que acompañaba a Martin Luther King en su lucha por la igualdad y la que sonaba en el autobús en el que Rosa Parks cambió la historia al desafiar al mundo. Es el blues melancólico y apenado que resuena en el corazón de Estados Unidos.

La mejor manera de vivir ese espíritu es recorriendo la Ruta 61, que discurre desde la Minnesota fronteriza con Canadá a la húmeda y calurosa Luisiana por el interior del país en paralelo al río Mississippi. Ambos comparten un baile harmónico y sutil, cargado de historia, bajo el hipnótico sonido de viejas y arrugadas melodías.

Chicago ofrece lo que uno viene buscando aunque en realidad nunca haya sido consciente de qué se trataba. Pese a no estar situada en plena Ruta 61, la ciudad siempre ha sido un lugar de huida y de gran influencia para los sureños. Quizá por eso vive una explosión permanente de creatividad y vida, asegura distracción y largos paseos por sus parques y avenidas. Las vías del metro elevadas en las cinéfilas calles del Loop, el centro cargado de rascacielos y el aroma de una ciudad cosmopolita que recibe al viajero con los brazos abiertos. Hay algo atractivo en todo eso, algo acogedor que invita a no marcharse, a seguir un tiempo más explorando sus entrañas, descubriendo su periferia rica de energía y modernidad. A Chicago se la echa de menos.

Más al sur el escenario cambia. Las calles asfaltadas y saturadas del rugido de coches, gente y prisas se transforman en agradables e infinitos campos de maíz, en pequeñas carreteras que atraviesan el silencio de un paisaje que discurre con suavidad en dirección a Memphis. Los pueblos son pequeños, de casas de madera con porches repletos de balancines y banderas patrióticas. A su alrededor, jardines bien cuidados por hombres subidos a máquinas cortacésped. La vida se intuye tranquila y relajada, como si el tiempo avanzara más despacio y no quisiera despegarse de todo esto. Por las tardes, los autobuses escolares amarillos inundan las carreteras mientras a lo lejos, en el interior de los campos y las inmensas fincas, los tractores aprovechan las últimas horas de sol. En los alrededores de San Luis, los granjeros se reúnen anualmente para comparar el tamaño de las calabazas. En verano, las ferias de ganado y los mercados de hortalizas ecológicas se suceden con gran éxito de público en cada pueblo cercano a Springfield.

El Mississippi acaricia con delicadeza estas tierras, imperturbable en su camino hacia lugares lejanos. Pequeñas embarcaciones de recreo comparten espacio con largos barcos cargados de mercancías. De vez en cuando un ferri perezoso ahorra kilómetros a quien necesite cruzar el río y no tenga prisa ni impaciencia. En su particular viaje en paralelo, la Ruta 61 atraviesa sin premura pero sin mirar atrás todo este paisaje encantador, ofreciendo la posibilidad al viajero de contemplar el interior de un país a veces solo conocido por sus enormes y frenéticas ciudades.

Al llegar a Memphis uno se transforma. La ciudad da la bienvenida con el orgullo de edificios altos y rectangulares que, sin embargo, no consiguen impresionar a quien todavía saborea el cada vez más dulce recuerdo de su paso por Chicago. Aquí se aprende con mayor detalle la importancia que estos caminos han tenido en la reciente historia del país y, por qué no decirlo, de una buena parte del mundo. Tras la Guerra Civil, la Ruta 61 y la navegación por el Mississippi fueron la vía que miles de esclavos afroamericanos utilizaron para huir del terrible sur camino a un norte que se prometía más comprensivo. Su música, nacida en las plantaciones como una exquisita mezcla de sus orígenes africanos, la melancolía de su espiritualidad y la necesidad de narrar su desafortunada vida viajó con todos ellos hacia el norte, influyendo poco a poco a todo un país y haciéndose universal. Sin embargo el conflicto racial no terminó entonces. Años después, pese a la abolición de la esclavitud, la igualdad era impensable en un país en el que blancos y negros convivían segregados. Unos, propietarios, con estudios y todas las ventajas sociales. Otros, renegados a trabajar como servicio en las casas o en los campos, se organizaron en una lucha cada vez menos discreta y más ambiciosa hacia la igualdad.

Memphis fue uno de los epicentros de esa reivindicación y su espíritu sigue muy presente en la ciudad. Durante el día hay que dejarse impregnar por el pasado del lugar, viajar hasta esa época no muy lejana de lucha y desobediencia. Medio siglo después, todavía resuena, seco y triste, el disparo que mató a Martin Luther King en el balcón de un motel convertido ahora en el imprescindible Museo Nacional de los Derechos Civiles. En él se documenta el papel que la esclavitud de origen africano tuvo durante la construcción y crecimiento del país. Es también un emotivo homenaje a todos aquellos que, como el famoso reverendo y Rosa Parks, entre muchos otros, lucharon en favor de una causa que todavía, tantos años después, parece no haberse superado.

Pero Memphis es mucho más que desigualdad y disturbios. Es también rock and roll y blues, es el ritmo incansable de las caderas de Elvis Prestley y el baile frenético frente al piano de Jerry Lee Lewis. La ciudad se presta a ser disfrutada como antaño, como si pese a su aspecto moderno no dejara descansar el espíritu en blanco y negro que la hizo crecer y crear una fama que sobrepasó el estado y el propio país. La voz grave y profunda de Johnny Cash y la guitarra de Carl Perkins en los estudios de grabación Sun Records, Graceland, la casa de Elvis Prestley o el Museo del Rock y el Soul dan buena fe de ello.

Por la noche, en la mítica Beale street, el sonido en directo de grupos llegados de todos los rincones del país resuena en cada esquina. No hay local sin música ni cerveza, no faltan los sombreros de vaquero, las camisas de cuadros ni las botas de cowboy. Aquí, tras un día de amargos recuerdos teñidos de negro y vistazos a un pasado espléndido, la música parece calmar los monstruos y relajar un poco el espíritu. Definitivamente, el mundo no sería el mismo si Memphis no hubiera existido.

El viaje cobra una nueva dimensión cuando se dejan atrás los últimos edificios de la ciudad. El zigzagueo del camino se vuelve más intenso a medida que la Ruta 61 se acerca al sur, al origen de tantas cosas, como si el peso de todo lo que sucedió en estas tierras nunca hubiera desaparecido y se notara en cada paso, en cada kilómetro. En Vicksburg y Natchez hay barrios repletos de inmensas casas señoriales, vestigios de un pasado elegante y frondoso que merece la pena descubrir sin prisa. En las afueras de las ciudades la vida sigue su ritmo tranquilo. Aquí la música cobra otro significado y el blues es su mayor embajador. Es la reunión con los amigos para cantar, es el baile tras la dura jornada de trabajo en los campos inmortales, es el ritmo, el disfrute y las risas, el encuentro de aquellos que al escuchar el sonido de la banda despiertan con el fogonazo de la vida. Así nació el blues aquí, en el húmedo sur, entre los esclavos negros afroamericanos en su fugaz y escurridizo tiempo libre. Y así se vive el blues todavía, en los pequeños pueblos y en las ciudades, en los bares de Clarksdale, Greenville o Woodville.

Durante el día, los campos de algodón y azúcar saturan la vista de un bello paisaje verde de puntos blancos que esconden uno pasado de esclavitud, lucha y guerra. Algunas plantaciones muestran con orgullo añejo sus preciosas casas a quien muestre interés en conocer cómo era la vida de la clase alta hace algo más de un siglo. En otras, sin embargo, los barracones de madera de los esclavos, todavía en pie, rinden un pequeño homenaje a las miles de vidas anónimas que nunca serán suficientemente recordadas. Así vivían y así se muestra, con la crudeza de quien pasea su goce y alegría donde otros dejaron su vida. El sur de Estados Unidos no engaña, es lo que siempre ha sido y nunca ha pretendido dejar de ser, es la tradición del alma, el mestizaje y la diversidad. Es el calor y la humedad, el sudor en la espalda, los preciosos colores del otoño a orillas del Mississippi.

Al final de la Ruta 61, cuando el río se ensancha todavía más y recorre los últimos meandros antes de desembocar con suavidad en el Atlántico, una gran maravilla deslumbra al viajero. El sonido del jazz y del góspel, el aroma del vudú y la belleza de las casas de colores y balcones metálicos. Es Nueva Orleans y la alegría desbordante de su gente. En 2005 el huracán Katrina no consiguió destruir una ciudad acostumbrada a sobrevivir en uno de los lugares menos adecuados del mundo, y desde entonces los colores alegres y llamativos de las casas rehabilitadas asombran en cualquier barrio de la ciudad. Quizá por eso Nueva Orleans nunca descansa, como si consciente del riesgo permanente a sufrir otro huracán devastador aprovechara cada segundo, cada instante, decidida a exprimir hasta el último suspiro de vida.

El bluesman termina la canción. Tras algunos aplausos, el improvisado público regresa a sus prisas y obligaciones. El saxofonista guarda el instrumento en la funda y recoge las pocas monedas escondidas en el viejo sombrero del suelo. Ya no hay música. El silencio urbano envuelve de nuevo las callejuelas del centro de la ciudad. Sin embargo, el recuerdo de ese blues sigue presente en todos los que han viajado durante unos minutos con él, como si ese maravilloso camino por el interior de Estados Unidos fuera algo más que paisaje y ciudades, como si en el fondo, la Ruta 61 fuera el camino que todos ellos, de algún modo, han recorrido alguna vez.

Este relato obtuvo el II Premio del I Concurso de Relatos de Viajes de la Revista Magellan.