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El Djem

Las tropas del emir Hasan se refugian del implacable sol en las cercanías del monumental coliseo de El Djem. Cansados y aburridos, observan pacientemente los muros impenetrables de tal maravilla, exageradamente alta y sólida respecto cualquier edificio que hayan encontrado desde la lejana Cartago. Piedra y ceniza, olivos y arena. Todo es calma en esta mañana del año 701. Allí donde gladiadores ganaron la vida y la muerte a merced del capricho de unos pocos 200 años atrás, hoy se refugia la princesa bereber Kahena y su pueblo guerrero. Luchan contra la invasión árabe del norte de África, dejan tras de si campos quemados, batallas, muerte y toda esperanza de victoria.

Coliseo El Djem
Coliseo El Djem

Más de 1300 años después, pongo el pie en la estación de louage de El Djem. Polvo y ruido, decenas de furgonetas mal aparcadas y gritos y empujones en cada rincón: el caos habitual de las estaciones de louage tunecinas. Llego a El Djem casi de casualidad, sin grandes esperanzas de encontrar sorpresas, tras unos días agradables en Kairouan. Al norte de la majestuosidad sobrecogedora del desierto y de la esperanza cinéfila de los oasis, cerca de salares y ciudades sagradas, entre campos de olivos y vías de tren se encuentra el municipio de El Djem, parada obligatoria para aquellos amantes de la arquitectura romana, y muy recomendable para los que, como yo, simplificamos o nos obsesionamos de vez en cuando por vivir un paisaje que, aun siendo sobrecogedor, no merece ocultar las demás bellezas del camino.

Coliseo de El Djem
Coliseo de El Djem

La estación de tren está casi desierta, nadie en las oficinas ni en las puertas, solo un par de chavales fumando sentados con los pies en las vías. Diálogo de besugos y comunicación por señas, algunas risas y gesticulaciones nerviosas, las costumbres primitivas que siempre funcionan. La seguridad de los chavales en las vías está más que justificada, no se espera ningún tren hasta dentro de dos días. Aunque en varias ocasiones me han recomendado viajar en tren por Túnez, ya sea por comodidad o velocidad, no hay duda de que la rigidez de los horarios y la poca frecuencia de paso hacen que viajar en louage o autobús sea mucho más recomendable.

Coliseo El Djem
Coliseo El Djem

Todas las calles llevan al coliseo. Así, al menos, parece haber sido diseñada esta ciudad de casas bajas y blancas, calles abarrotadas de mercados y gente por todas partes. No, no es una ciudad bonita en realidad. La calle principal termina en la entrada del coliseo, una pequeña explanada donde un par de camellos pacientes esperan que algún turista le apetezca pagar por una foto. Ni tan siquiera me miran, ni ellos ni los vendedores ambulantes, quizá tan perezosos que ni la esperanza de vender un collar les anima a levantarse de la silla. Quizá ya me haya mimetizado en bereber y esa camisa y zapatos extraños solo sean una frivolidad de quien ha tenido que emigrar a Europa para ganarse la vida, o quizá no se animen a vender a un solo turista a primera hora de la mañana. Ya vendrán los grupos, deben pensar.

Vista panorámica de la arena de El Djem
Vista panorámica de la arena de El Djem

Es 24 de diciembre por la mañana. Los pocos grupos de turistas que llegan al coliseo lo hacen casi 40 minutos después que yo, por lo que tengo tiempo de disfrutar de esta maravilla con el silencio y tranquilidad que se merece. Aunque más pequeño que el de Roma, este coliseo está mucho mejor conservado. Entrar a la arena por una de las puertas laterales y dejar volar la imaginación, soñar que la estructura desaparecida renace y que los 4 niveles de gradas se llenan de gente famélica de sangre y muerte, el griterío y el olor del miedo, los gladiadores, las fieras y las carreras de carros. Sin duda no tiene el pedigrí de otros templos, pero en pocos lugares uno siente tan de cerca el aliento de la historia.

Detalle de El Djem
Detalle de El Djem

La leyenda cuenta que un túnel secreto unía el coliseo con el mar, 30 Km. al este, por lo que los bereberes pudieron sobrevivir los 4 años de asedio pescando en el mar. No está claro cómo terminó la guerra, hay quien dice que la princesa Kahena fue asesinada por su amante, otros dicen que se suicidó con veneno al ver inminente la derrota. La gente de El Djem incluso sostiene que la princesa vivió más de 120 años y que era muy hermosa. Fuera de leyendas bereberes, quien viaje a Túnez buscando vestigios de las Guerras Púnicas y se decepcione con las pocas ruinas de Cartago, es muy recomendable viajar unas horas al sur, donde la arquitectura romana alcanza su mayor resplandor en el continente africano, donde el ruido de espadas y leones aún resuena en las gradas vacías del coliseo, pronto por la mañana, cuando los camellos y los vendedores ambulantes aún descansan, cuando pisar la arena te transporta en el tiempo a una época de sangre y guerras. Quizá, con suerte, incluso se pueda ver a Kahena y sus tropas bereberes siglos después, encerradas en el coliseo casi 4 años, viajando en ese misterioso túnel que los conectaba con el mar, resistiendo frente a las tropas del emir Hasan, en una de las últimas batallas por el control del norte de África.

Vista panorámica de El Djem (autor: Mahmoud Mensi)
Vista panorámica de El Djem (autor: Mahmoud Mensi)

Descubriendo Guissona y el Castell de les Sitges en la Segarra

Todo es silencio en esta mañana fría de finales de primavera. Caminamos embobados gozando de las puertas antiguas y de los balcones floridos de la calle Sant Magí camino de Santa Maria, imponente y serena en el centro del pueblo. Se respira tranquilidad y calma en las callejuelas estrechas y sinuosas del centro del pueblo. Gemma de Solà nos habla de Guissona y se la hace suya. Camina por la vieja ciudad medieval con la confianza de quien camina por suelo familiar. Nos habla de comercios y de casas señoriales, de historias antiguas y modernas, del mercado romano, de las fuentes de Guissona y de como se vive en un pueblo a menudo conocido sólo por la cooperativa Bon Àrea y por su baja tasa de paro, pero que muestra con orgullo su patrimonio envidiable a quien se aventure a descubrirlo.

Arcada en la plaza Major de Guissona
Arcada en la plaza Major de Guissona
Fachada en la plaza Major de Guissona
Fachada en la plaza Major de Guissona

Una mujer sale de la pastelería de la plaza Mayor con un pastel envuelto entre sus manos, se cruza con un hombre viejo que camina pausado bajo la arcada observando un grupo de jóvenes con curiosidad. Se saludan con un “buen día” y prosigue cada uno su camino. Una pareja aparece por la calle de la Font hablando en voz baja. Dos niños cruzan la plaza en bicicleta y desaparecen a toda velocidad. La terraza del bar de la esquina espera paciente la llegada de algún cliente. Observo la escena mientras busco la luz y el ángulo adecuados para fotografiar el teatro de Cal Eril sin demasiado éxito, así que le doy la espalda y me uno al grupo. “Alabado sea Dios / Por dignidad / Por cultura / Hablad Bien” dice la inscripción en una de las fachadas de la plaza. Maravilloso ejemplo de los esfuerzos de la Liga Contra el Mal Hablar para erradicar la blasfemia y promover las buenas palabras entre el pueblo llano. Esfuerzos, no hace falta decirlo, malogrados y respuestos con el delicioso ingenio popular a través de la famosa frase “Hablar bien por favor, que no cuesta una puta mierda“. (clica aquí para más info).

Inscripción en la plaza Major de Guissona
Inscripción en la plaza Major de Guissona

Judith y Ramón no piensan volver a vivir en Barcelona. Sin demasiado esfuerzo enumeran algunas de las ventajas de vivir en Guissona respecto la gran ciudad. Los escucho con la atención de quien sabe que razón no les falta, lejos de querer convencer a quien habla con convicción mostrando una sonrisa de seguridad en sus palabras. Además, pienso, no tienen mala cara. Ahora, lejos de tráfico, humo y prisas, sirven una comida excelente en el Celler de Guissona, un bonito rincón donde uno se encuentra cómodo solo entrar. La comida es digna de la mejor de las sobremesas, bien aliñada con una buena conversación y una cata de cerveza artesana Segarreta.

Resuenan los pasos de las tropas romanas caminando por la CardoMaximus de la ciudad romana de Iesso. Estamos en pleno Imperio Romano, época en la que los romanos dominan todo el Mediterraneo. Al noreste de la Hispania Tarraconensis, Iesso se erije como una de las ciudades más importantes de la región, protegida por una sólida muralla y de una extensión casi el doble que la Barcino de la época. En las termas, los generales discuten de estrategias bélicas y cierran acuerdos de comercio entre piscina de agua caliente y agua fría. En los edificios de los alrededores se acumulan los cereales y las ámforas llenas de vino. En las fuentes de la ciudad se reunen los ciudadanos para recoger el agua de los ríos Sió y Llobregós.

Restos romanos de Iesso en Guissona
Restos romanos de Iesso en Guissona

Hoy en día, en el yacimiento arqueológico de Iesso se pueden visitar los restos arqueológicos y el Museo de Guissona, donde queda explicada la historia y funcionamiento de la ciudad durante la época romana. Josep Ros nos guía por el yacimiento y nos muestra las calles y casas, las termas y los restos de la muralla y de las calles de Iesso, buena parte de las cuales permanecen impasibles bajo los cimientos de la actual Guissona esperando para ser excavadas algún día.

Termas romanas de Iesso en Guissona
Termas romanas de Iesso en Guissona

Cae el sol en la Segarra. Lo observamos des de lo alto de la torre del Castell de les Sitges, como hicieran las tropas cristianas de Arnau Mir de Tost en plena Reconquista durante la Alta Edad Media. Observamos en silencio la escena, mientras Jaume Moya (Camins de Sikarra) nos habla de épocas de reyes y castillos, de guerras con caballos y flechas, de fortalezas militares y residencias aristocráticas. Son palabras dichas con pasión y energía, por alguien que durante 35 años vivió en el Eixample de Barcelona y que ha encontrado en la Segarra, por lo que parece, su sitio.

Castillo de les Sitges (Segarra)
Castillo de les Sitges (Segarra)

El castillo es fabuloso y está en muy buen estado. Disfrutamos de sus rincones con tranquilidad, recorremos salas y dormitorios, comedores, la bodega y el patio, escuchamos historias de fantamas y de batallas pasadas, de señores feudales, vasallos y luchas territoriales. Uno sale de una experiencia así con ganas de visitar todos los castillos de la comarca, fascinado por la pasión con la que Jaume no habla, sorprendido por el patrimonio de un territorio orgulloso de sí mismo.

A veces sales de casa y, al girar la esquina, lo que ves es completamente diferentes a lo que recordabas o habías imaginado que habría. No era la primera vez que visitaba Guissona y la Segarra, pero nunca había disfrutado la visita con tanta intensidad. No, no era la primera vez que visitaba Guissona y la Segarra, y seguro que no será la última.

Cae el sol en la Segarra. Lo observamos desde lo alto de la torre del Castell de les Sitges
Cae el sol en la Segarra. Lo observamos desde lo alto de la torre del Castell de les Sitges

p.d. Muchas gracias a la gente de bcnTB por la fantástica experiencia en Guissona. Fue mi primer blogtrip y fue un placer compartirlo con gente tan apasionada por los viajes. Ya que estamos, un poco de publicidad de los blogs de mis compañeros de viaje:

· VerdenVoyage

· Meridiano180

· Un Mundo de Experiencias

· Escapada Rural

· Pepe Pont

· The Backpack Traveller